Capítulo 41 Dudas
Era un perfume diferente a los que solía percibir en palacio. Más suave. Más íntimo.
Mónica intentó soltarse, pero él la sujetaba con firmeza.
—Suéltame —dijo en un susurro.
Hassan bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados alrededor de la muñeca de Mónica. Entonces pareció darse cuenta de lo cerca que estaban y aflojó la mano.
La cantante se acomodó la blusa y se volvió lentamente hasta quedar frente a él. Lo observó, sin decir nada, intentando entender qué acababa de pasar. Algo en él había cambiado. Ya no veía rabia en sus ojos o, al menos, no solo rabia.
—¿Qué te pasa? —preguntó, acariciándose la muñecas doloridas.
—Nada.
—No parece.
Él apartó los ojos primero y volvió al otro lado de la mesa.
—Vuelva a sentarse —dijo.
El usted había vuelto. Mónica lo notó de inmediato. Se sentó y miró el plato sin ver realmente lo que había en él. El hambre que había sentido al llegar había desaparecido completamente, pero las velas seguían ardiendo en el silencio de la noche y el valle al fondo seguía oscuro.
Hassan comía con una naturalidad que resultaba casi ofensiva dadas las circunstancias, como si los últimos dos minutos no hubieran ocurrido.
Mónica lo observó durante un momento mientras jugueteaba con un trozo de comida. Le molestaba aquella tranquilidad, que él pareciera tener siempre el control. Y, sobre todo, le molestaba que una parte de ella siguiera intentando descifrar qué había visto en sus ojos.
—¿No vas a decir nada? —preguntó finalmente.
Él levantó la mirada.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo que acaba de pasar.
—Usted intentó golpearme y yo reaccioné.
—De una manera bastante intimidante.
—No era mi intención intimidarla, —contestó, tomando un sorbo de agua.
—Claro…
—No me provoque —agregó sin levantar la vista del plato—. Otros, por menos, han acabado bajo tierra.
Ella tardó un segundo en responder.
—Podría desaparecerme ahora, si quisiera —dijo finalmente—. Como a Sara. Aquí no hay testigos.
Hassan dejó los cubiertos sobre el plato con un movimiento lento y deliberado. Levantó la vista hacia ella. Y Mónica vio en sus ojos algo que no esperaba ver. No era rabia ni frialdad. Era algo más hondo y oscuro que todo eso.
—Sí —dijo Hassan con calma—. Podría hacerlo. Y en este momento lo desearía, por entrometerse en lo que no le atañe.
Mónica sostuvo su mirada sin moverse. Con el corazón latiendo más rápido de lo que estaba dispuesta a reconocer pero sin apartar los ojos de él. Después tomó el cuchillo que descansaba junto a su plato y lo dejó sobre la mesa, entre los dos.
Hassan miró el cubierto y después a ella. Extendió la mano y tomó el cuchillo entre los dedos con satisfacción. Lo sostuvo un momento, pasando el pulgar por el filo.
—Es el cuchillo de la mantequilla —dijo, dejándolo sobre la mesa y se levantó—Es suficiente por hoy, señora.
Mónica lo vio rodear la mesa hacia el coche sin mirar atrás, con esa postura suya recta e inamovible que no cambiaba nunca. Se quedó sola en la terraza mirando el cuchillo de la mantequilla sobre el mantel blanco y no supo si había sido valiente o simplemente estúpida.