Sin Perdón

Capítulo 42 La propuesta

La alberca reflejaba el cielo de la tarde cuando Hassan salió al jardín.

La vio antes de que ella lo viera a él. Estaba sentada en el borde de piedra con los pies descalzos rozando el agua y el teléfono pegado a la oreja, con esa postura relajada que solo adoptaba cuando creía que nadie la observaba. El pelo suelto. La espalda ligeramente curvada. Una versión de Mónica que el palacio raramente veía.

Hassan se detuvo a cierta distancia y esperó.

—Estoy bien, mamá. De verdad —una pausa—Que sí. Me tratan como a una reina.

Otra pausa más larga. Hassan no pudo escuchar la respuesta de Patricia pero imaginó que no era de las que se conformaban con respuestas fáciles.

—Mamá, que sí. —Una risa breve, casi involuntaria—. Que no me invento nada.

Hassan avanzó despacio por el sendero de piedra. Mónica lo vio cuando ya estaba cerca y algo cambió en su expresión, esa compostura que se reajustaba sola en cuanto tenía público.

—Tengo que dejarte —dijo al teléfono—. Luego te llamo.

Colgó y levantó la vista hacia él.

—¿Cuánto llevas ahí?

—Lo suficiente.

Mónica bajó la vista hacia el agua.

—¿Qué quieres?

Hassan se sentó a su lado en el borde de la alberca, algo que ninguno de los dos había planeado y que ocurrió con una naturalidad que a Mónica le resultó más desconcertante que cualquier gesto calculado.

—El Consejo ha tomado una decisión sobre tu propuesta.

Mónica no se movió pero Hassan notó cómo su cuerpo se tensaba levemente.

—¿Y?

—La han aceptado.

Ella lo miró.

—Con condiciones.

—Con condiciones —confirmó él—. Habrá un censor. Vestuario, letras, puesta en escena. Todo supervisado antes de cada actuación.

Mónica abrió la boca. Hassan continuó antes de que pudiera hablar.

—Sé lo que vas a decir.

—Entonces ya sabes que no puedo aceptar eso.

—Puedes y te diré por qué. —Se giró hacia ella—. Nunca en la historia de Al-Zahara ha habido música en un escenario oficial. Nunca. Lo que el Consejo acaba de aprobar no tiene precedente… Jamás estarás tan cerca de poder actuar aquí como lo estás ahora mismo.

Mónica lo miró durante un momento largo.

El agua de la alberca reflejaba las últimas luces de la tarde entre los dos.

—Un censor —repitió ella despacio, como si estuviera sopesando el peso exacto de esas dos palabras.

—Uno —confirmó Hassan.

—Que supervisará mis letras.

—Y el vestuario. Y la puesta en escena.

Mónica miró el agua. Después miró sus propios pies rozando la superficie. Después lo miró a él.

—¿Sabes lo que significa supervisar las letras de alguien?

—Sé lo que significa para ti —dijo Hassan—. Por eso te lo estoy diciendo yo y no Karim.

Eso la descolocó.

—Dame veinticuatro horas —dijo finalmente.

Hassan asintió.

Se quedaron un momento en silencio junto a la alberca, con el agua quieta entre ellos y el jardín llenándose despacio de la luz dorada del atardecer.

—¿Cómo está tu madre? —preguntó Hassan.

Mónica lo miró con una expresión de sorpresa.

—Bien —dijo—. Preocupada.

—¿Por qué?

—Porque sabe que jamás habría elegido estar aquí libremente.

Hassan se quedó mirando el agua unos instantes antes de contestar. —Eso ya lo sé.

—Entonces no entiendo por qué me preguntas por mi madre.

Hassan giró la cabeza hacia ella.

—Porque quiero saber qué piensa de todo esto.

—¿De mi matrimonio?

—De la situación.

Mónica soltó una pequeña risa.

—Es lo mismo.

—No para mí.

—¿Cuál es la diferencia?

Hassan tardó unos segundos en responder.

—Que un matrimonio puede ser una obligación. Lo que ocurra después depende de nosotros.

Monica se quedó callada apenas un instante, pensando en sus palabras. Después se humedeció los labios y lo buscó con la mirada

—¿Me estás proponiendo una tregua, Hassan Albora?

—Va a necesitar un aliado, si de verdad quiere ponerle música a este país.

La cantante levantó la vista sorprendida.—¿Un aliado? Me cuesta creerlo.

—Solo quiero saber si su talento es tan excepcional como dicen.

—No he dicho que vaya a aceptar.

—Es un reto y no me negará que le atraen los retos. Acabará aceptando, al igual que aceptó estar casada conmigo.

Mónica se levantó del borde de la alberca y se secó los pies con la toalla.

—Ni siquiera hay músicos en Al-Zahara.

—Pues eso…—contestó el Rey antes de que se marchara— un reto a su altura, señora.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.