A la mañana siguiente, Mónica pidió que le llevaran café a la terraza.
Había dormido poco y mal. Cada vez que conseguía cerrar los ojos, alguna imagen regresaba para obligarla a empezar de nuevo: Óscar en el umbral de aquella habitación, el beso y sus palabras de arrepentimiento; la conversación con Hassan junto a la alberca; la calma irritante con la que había hablado de su futuro, como si ya estuviera escrito.
Acabará aceptando.
Mónica había odiado aquella seguridad. Lo peor era que, en algún rincón de sí misma, empezaba a comprender de dónde procedía.
No podía renunciar a la música.
No de verdad.
Podía soportar un tiempo de silencio. Podía esconderse, desaparecer de los escenarios, incluso convencerse durante unas semanas de que aquella vida había quedado atrás. Pero sabía que, tarde o temprano, la necesidad de cantar volvería a encontrarla.
Y Hassan lo sabía.
Aquello era lo que más le molestaba.
Cuando Nadia apareció con el desayuno, Mónica ya estaba sentada frente a la mesa de la terraza. El café humeaba junto a su mano y, alrededor, había desplegado una docena de documentos.
Nadia dejó la bandeja y miró los papeles.
—¿Qué es eso?
—Nada.
La joven inclinó ligeramente la cabeza.
—Parece mucho para ser nada.
Mónica levantó la mirada.
—¿Dónde está Hassan?
—En el ala administrativa.
—Quiero hablar con él.
Nadia asintió.
—Le avisaré.
—Ahora.
La muchacha hizo una pequeña reverencia antes de desaparecer por la puerta.
Mónica volvió a los documentos.
Llevaba horas dándole vueltas a la propuesta de Hassan. Era, sin lugar a dudas, un desafío.
Un país sin músicos. Sin escenarios. Sin conciertos. Un lugar donde la música siempre había sido algo prohibido y donde una mujer como ella, acostumbrada a usar su voz como altavoz social, podía convertirse en alguien mucho más incómodo que una simple cantante.
Podía convertirse en un símbolo.
La idea le parecía absurda. Y precisamente por eso quería hacerlo. Pero no permitiría que un censor se colocara entre ella y el público para decidir qué podía cantar, qué podía decir o hasta dónde podía llegar con su propia imagen.
Si iba a entrar en aquel juego, lo haría bajo sus propias reglas.
Y no pensaba convertirse en un instrumento de Hassan ni tampoco en el de su Consejo.
_____
Hassan estaba terminando una reunión cuando Nadia apareció en la puerta.
—Majestad.
Karim levantó los ojos de los documentos.
Hassan no dijo nada.
—La señora quiere hablar con usted.
El rey dejó lentamente el documento que estaba leyendo sobre la mesa.
—¿Ahora?
—Sí.
Karim miró a Nadia.
—¿Es urgente?
La joven negó con la cabeza.
—No lo sé.
Hassan se recostó un instante en el respaldo.
Después se puso en pie.
—Dígale que espere.
Nadia hizo una pequeña reverencia y abandonó la sala.
Cuando la puerta se cerró, Karim esperó unos segundos.
—¿Va a verla?
—Sí.
—La reunión todavía no ha terminado.
Hassan lo miró.
—Entonces termínela usted.
Karim sostuvo su mirada.
—Majestad...
—¿Algún problema?
Karim guardó silencio.
No había nada que discutir cuando Hassan utilizaba aquel tono.
El rey salió de la sala sin añadir una palabra.
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Hassan encontró a Mónica en la terraza.
Se acercó por detrás mientras ella revisaba los documentos. Se detuvo a su lado y echó un vistazo a las hojas extendidas sobre la mesa.
—Supongo que ha tomado una decisión.
Mónica no levantó la cabeza.
—Sí.
—¿Va a aceptar?
Ella dejó el papel que tenía entre las manos.
—Voy a actuar.
Una leve satisfacción apareció en el rostro de Hassan.
—Lo sabía.
—No he terminado.
Hassan tomó asiento frente a ella.
—La escucho.
Mónica deslizó uno de los documentos hacia él.
—No voy a aceptar un censor que decida qué puedo cantar, qué puedo decir o cómo debo vestirme.
Hassan bajó los ojos hacia el documento.
—Eso forma parte de las condiciones establecidas por el Consejo.
—Entonces tendrás que cambiarlas.
Hassan levantó lentamente la mirada y durante unos segundos no dijo nada.
—¿Me está dando una orden?
Mónica se reclinó en la silla.
—Te estoy planteando un reto.
Aquello pareció divertirlo.
No fue una sonrisa completa, apenas una alteración mínima en la expresión de sus ojos.
—Ya veo.
—Me dijiste que necesitaba un aliado.
—Y lo necesita.
—Entonces demuestra que lo eres.
Hassan la observó con atención.
No había en Mónica el menor rastro de la mujer que, unas horas antes, había estado tratando de comprender qué lugar ocupaba en aquel palacio.
Ahora parecía haber encontrado uno.
Y era precisamente el lugar que él menos había previsto.
—Quiero un concierto —continuó ella—. Uno de verdad. No una representación diseñada por el Consejo para demostrar al mundo que Al-Zahara está cambiando. Quiero subir a un escenario y cantar sin que nadie decida por mí qué puedo decir.
—Será difícil.
—Lo sé.
—El Consejo no lo aceptará fácilmente.
—Entonces tendrás que convencerlo.
Hassan se levantó despacio.
—Tiene mucha confianza en mis capacidades.
Mónica apartó la mirada hacia los papeles.
—Tú tienes mucha confianza en las mías.
Él se quedó quieto.
—Eso es cierto.
Mónica tomó la taza de café y bebió un pequeño sorbo.
Después volvió a mirarlo.
—Tienes veinticuatro horas.
Hassan arqueó una ceja.
—¿Para qué?
—Para decirme si eres realmente mi aliado.
Esta vez no hubo sonrisa.
Había sido él quien había puesto aquel desafío delante de ella.
Había pensado que sería Mónica quien tendría que demostrar que estaba preparada para entrar en su mundo.
Ahora empezaba a comprender que quizá era él quien tendría que demostrar que estaba dispuesto a cambiar algo del suyo.
Y eso resultaba considerablemente más peligroso.