Sin Perdón

Capítulo 45 El precio de un aliado

La sala del Consejo olía a café frío y papel.
Hassan entró antes que nadie, como solía hacer cuando ya tenía decidido lo que iba a defender. Karim lo siguió dos pasos por detrás, con la carpeta roja bajo el brazo y esa quietud suya que no revelaba si estaba de acuerdo o no.
Los consejeros fueron llegando uno a uno. Mansur, el último, se sentó con la parsimonia de quien sabe que va a tener la última palabra.
—Su Majestad quiere hablar del concierto —dijo, sin que nadie se lo preguntara.
—Así es.
—Entonces hablemos del concierto.
Hassan no se sentó de inmediato. Permaneció de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de su silla, mirando a los doce hombres que tenía delante.
—La Reina Consorte no aceptará un censor.
Un murmullo recorrió la mesa. Mansur ni siquiera parpadeó.
—Eso ya lo sabíamos, Majestad. Lo que no sabíamos es que usted iba a venir aquí a comunicárnoslo como si fuera un hecho consumado.
—Porque lo es.
—Entonces no hay nada que discutir.
—Hay mucho que discutir —dijo Hassan—. Empezando por lo que ustedes prefieren no ver.
Se acercó a la pantalla que dominaba la sala y la encendió. Las mismas imágenes de siempre: las calles, las pancartas, el humo. Pero esta vez añadió algo nuevo. Un vídeo, grabado por uno de los guardias con el teléfono, sin que nadie se lo hubiera pedido. La plaza del sur. Doscientas personas en silencio, escuchando a una mujer cantar.
—Esto —dijo Hassan— ocurrió sin permiso de nadie. Y en lugar de un levantamiento, tuvimos aplausos.
—Tuvimos suerte —corrigió Mansur.
—Tuvimos algo que este país llevaba años sin tener. Gente mirando hacia el palacio sin rabia.
Karim, desde su sitio, no dijo nada. Pero anotó algo en su libreta con una letra pequeña y apretada.
—Un concierto sin supervisión es un precedente peligroso, Majestad —añadió Mansur.
—Un concierto con supervisión es una mentira —respondió Hassan—. Y este país ya ha tenido suficientes.
—¿Y qué propone exactamente?
Hassan tomó aire. Karim levantó apenas la vista de su libreta, como si supiera lo que iba a decir antes de que lo dijera.
—Ningún censor sobre las letras ni el vestuario. —Hizo una pausa—. A cambio, el Consejo tendrá voz sobre la fecha, el lugar y el aforo. Y yo mismo respondo personalmente ante ustedes de cualquier consecuencia.
Mansur entrecerró los ojos.
—Personalmente.
—Personalmente.
—Eso es mucho que arriesgar por una canción.
—Es mucho que arriesgar por un país que necesita creer en algo que no sea el miedo —contestó Hassan—. Si sale mal, la responsabilidad es mía. Si sale bien, la reconstrucción del sur habrá tenido más ayuda de la que ustedes le han dado en un año.
Nadie respondió de inmediato.
Karim cerró la libreta despacio, con el gesto de quien ha visto suficientes negociaciones para saber cuándo una está a punto de ganarse por cansancio del contrario y no por convicción.
Mansur miró a los demás consejeros. Ninguno dijo nada, lo cual, en aquella sala, equivalía casi a un sí.
—Que quede constancia —dijo finalmente— de que el Consejo advirtió del riesgo.
—Quedará constancia —dijo Hassan.
—Entonces, adelante.
Hassan asintió una sola vez y se dirigió hacia la puerta sin más ceremonia.
Encontró a Mónica en la biblioteca, sentada junto a la ventana con uno de los cuadernos de partituras abierto sobre el regazo, aunque no estaba escribiendo nada. Tenía la vista perdida en el jardín.
—El Consejo ha decidido —dijo Hassan desde la puerta.
Mónica levantó la cabeza.
—¿Y bien?
—Sin censor.
Por un momento ella no dijo nada. Lo miró como si esperara que la frase tuviera trampa, algún matiz oculto que él fuera a añadir a continuación.
—¿Sin condiciones?
—Con condiciones —admitió Hassan—. El Consejo decide fecha, lugar y aforo. Y yo respondo personalmente de lo que ocurra.
—¿Personalmente?
—Personalmente.
Mónica cerró el cuaderno despacio.
—¿Por qué has hecho eso?
—Porque era lo que había que ofrecer para que aceptaran.
—Podrías haber cedido en otra cosa.
—Podría —dijo él—. Pero usted no habría aceptado un censor a cambio de nada. Y yo prefiero cargar con el riesgo antes que ver cómo alguien decide lo que puede salir de su boca.
Mónica se quedó mirándolo. Algo en su expresión empezó a cambiar, despacio, como quien suelta un peso que llevaba sosteniendo tanto tiempo que ya había olvidado que pesaba.
Y entonces sonrió.
No fue la sonrisa que él había visto en los escenarios, ensayada y perfecta, ni la irónica que usaba para desarmar a un consejero. Fue una sonrisa pequeña, casi involuntaria, la de alguien a quien acaban de sorprender sin que le diera tiempo a prepararse para ello.
Hassan sintió que algo se detenía en él.
No supo nombrarlo. No era la satisfacción de haber ganado una negociación, ni el alivio de haber cumplido su palabra. Era otra cosa, más incómoda, que no encajaba con la manera en que había aprendido a manejarse en todas las salas de aquel palacio.
Apartó la vista hacia el jardín, buscando algo en lo que fijar los ojos que no fuera ella.
—Tiene el concierto —dijo, con una formalidad que le costó más de lo que hubiera querido reconocer—. Organícelo como considere oportuno.
Mónica lo observó un instante más, todavía con aquella sonrisa que ninguno de los dos mencionó.
—Gracias, Hassan.
Fue la primera vez que le daba las gracias por algo sin que sonara a ironía.
Él asintió, incapaz de encontrar una respuesta que estuviera a la altura de aquello, y salió de la biblioteca con un paso más rápido del habitual, como si necesitara poner distancia entre él y lo que acababa de sentir.
No vio a Óscar en el corredor.
Pero Óscar los había visto a los dos, desde el hueco de la puerta entreabierta, con la carpeta de su despacho todavía bajo el brazo.
Vio la sonrisa de Mónica.
Y vio, sobre todo, la manera en que Hassan había salido de aquella sala. No con el paso de un rey que acaba de ganar una negociación política.
Sino con el de un hombre que acababa de perder algo que ni siquiera sabía que estaba en juego.
Óscar se quedó allí un momento más, con la mandíbula tensa, antes de darse la vuelta y alejarse en dirección contraria.




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