El salón de música no existía como tal en ningún plano de palacio. Karim había tenido que improvisarlo en una de las antiguas salas de recepción del ala este, vacía desde hacía años, con el suelo de mármol frío y nada dentro salvo un piano cubierto de una funda que probablemente nadie había levantado en décadas.
—No hay banda —dijo Mónica, recorriendo la sala con los brazos cruzados—. No hay técnicos de sonido. No hay un solo instrumento en todo el país, salvo esto. —Señaló el piano con la barbilla—. Y dudo que nadie sepa afinarlo.
—No hay músicos, señora —confirmó Karim, sin levantar la vista de sus notas—. Nunca los ha habido. No hay conservatorios, ni orquestas, ni una sola generación que haya crecido escuchando algo más que el silencio y la llamada a la oración.
Mónica se quedó parada en mitad de la sala, midiendo por primera vez de verdad el tamaño de lo que había aceptado.
—Entonces voy a necesitar que traigan a mi equipo desde Barcelona.
—Eso tendrá que aprobarlo el Consejo.
—Entonces apruébalo tú primero y preséntaselo como un hecho. Es lo que hace Hassan.
Karim la miró con algo parecido a la sorpresa, y después, casi sin querer, con algo parecido a una sonrisa.
—Empieza a entender cómo funciona esto.
—Empiezo a hartarme de tener que entenderlo.
Karim anotó algo en su libreta y no dijo nada más, pero cuando salió de la sala media hora después, caminaba con el paso de un hombre que ha revisado sus cálculos y ha encontrado que necesita rehacerlos.
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Samira lo encontró en el despacho, de pie frente a la ventana, con las manos cruzadas a la espalda y la mirada perdida en algo que no era el jardín.
—El Consejo ha cedido —dijo ella, sentándose sin que nadie se lo ofreciera—. Toda la capital habla de ello.
—Lo sé.
—También habla de la forma en que saliste de la biblioteca ayer.
Hassan no se giró.
—No sé a qué te refieres.
—Claro que lo sabes.
Samira dejó pasar un silencio breve, el tiempo justo para que él entendiera que no iba a insistir dos veces con lo mismo.
—Te he visto ceder cosas a lo largo de tu vida, Hassan. Territorios. Tratados. Hasta orgullo, cuando ha hecho falta. Nunca te había visto salir de una habitación como si acabaras de perder algo que no sabías que tenías.
—Fue una negociación política.
—Fue una sonrisa —dijo Samira, sin alzar la voz—. Y tú no sabes qué hacer con ella.
Hassan se giró por fin. No dijo nada, lo cual, viniendo de él, era casi una confirmación.
—No te estoy pidiendo que no sientas nada —continuó su madre—. Te estoy pidiendo que midas lo que estás dejando entrar. Esa mujer ha movido a un país entero con una canción que ni siquiera cantó pensando en nosotros. Imagina lo que puede mover si un día decide que ya no quiere quedarse.
—Ha cumplido su palabra hasta ahora.
—Y el inspector sigue en este palacio, mirándola como si el anillo que lleva en el dedo fuera un error temporal. —Samira se levantó despacio—. No te digo que la apartes de ti, hijo. Te digo que no cierres los ojos ante lo que aún no se ha resuelto, solo por una sonrisa.
Se retiró sin esperar respuesta, como hacía siempre que consideraba que ya había dicho suficiente.
Hassan se quedó solo, con la advertencia de su madre instalada en un lugar del pecho, y con una certeza incómoda que no pensaba compartir con nadie: Óscar seguía siendo un problema sin resolver, y él lo sabía perfectamente. Solo había decidido, por ahora, que había cosas que le importaban más.
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Óscar cerró la puerta del pequeño despacho que Karim le había asignado en el ala norte y marcó un número que llevaba días memorizado sin atreverse a usar.
—Damián.
—¿Todavía sigues ahí? —La voz de su cuñado sonaba lejana, con el ruido de fondo de una comisaría—. Raquel me pregunta cada dos días si sabes algo de cuándo vuelves.
—Necesito que muevas algo por mí. Algo que no puede salir de ti ni de nadie que puedas rastrear hasta este número.
Un silencio breve.
—Óscar…
—El expediente completo de la muerte de la reina. No el que está en los archivos oficiales de aquí, esos ya los tengo. El que puedan tener nuestros contactos en Interior, si es que alguna vez compartieron algo con los de aquí en su día.
—¿Por qué iba a haber algo así?
—Porque un país no encubre una muerte sin que en algún archivo, en algún sitio, quede un cabo suelto. Y yo necesito ese cabo.
—¿Esto es por el caso o es por Mónica?
Óscar no respondió de inmediato.
—Es por los dos —dijo finalmente—. Y no tengo tiempo de discutir cuál pesa más.
Damián suspiró al otro lado de la línea.
—Te voy a conseguir lo que pueda. Pero si esto explota, Óscar, explota en tu cara. Estás jugando en un país que no es el tuyo, con reglas que no controlas.
—Ya lo sé.
Óscar miró hacia la puerta cerrada, hacia el pasillo que llevaba, varias plantas más allá, hasta donde sabía que en ese mismo momento Mónica estaba peleando entre micrófonos y amplificadores.