El convoy de furgonetas negras entró por la puerta principal de palacio a media mañana, y durante unos minutos el patio de armas de Al-Zahara pareció, por primera vez en su historia, el aparcamiento de un festival.
Los guardias no supieron muy bien cómo colocarse. Nadie les había explicado cómo se escoltaba a un técnico de sonido con un flight case al hombro, ni qué hacer con las cajas de cables que un chico de veintitantos descargaba silbando una canción que, en cualquier otro lugar del país, le habría costado una noche en un calabozo.
Mónica salió a recibirlos antes de que Nadia pudiera anunciarla.
—¡Iñigo!
Su representante bajó de la furgoneta con el mismo maletín de siempre y una expresión que oscilaba entre el alivio de encontrarla bien y el desconcierto absoluto ante el lugar en el que la encontraba.
—Madre mía —dijo, mirando las columnas, los guardias, las banderas negras con las cinco esferas ondeando sobre la fachada—. Esto no es un palacio. Es una ciudad.
—Bienvenido a mi nueva vida.
—Pues vaya cambio de aires. —La abrazó, y por encima de su hombro siguió mirando alrededor con los ojos como platos—. ¿Todo esto es tuyo ahora?
—Nada de esto es mío.
Iñigo bajó la voz.
—¿Y él?
Mónica no respondió de inmediato, y ese silencio dijo más de lo que ella hubiera querido.
—Luego hablamos —dijo, y lo condujo hacia el interior, seguida por el resto del equipo, que avanzaba entre los guardias como quien atraviesa un decorado que todavía no se cree del todo real.
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El salón de recepción del ala este llevaba tres días convirtiéndose, pieza a pieza, en algo parecido a un escenario. Cuando la banda montó el primer equipo de sonido y probó los primeros acordes, el efecto en el servicio de palacio fue instantáneo.
Dos doncellas que pasaban por el corredor se detuvieron en seco, como si el sonido las hubiera atravesado físicamente. Uno de los guardias apostados en la puerta giró la cabeza con una brusquedad que delataba que llevaba toda la vida sin escuchar nada parecido, y no supo si debía impedirlo.
Nadia, que había entrado a supervisar que todo estuviera en orden, se quedó inmóvil en el umbral cuando la banda arrancó con el primer tema completo, con Mónica al frente, dando indicaciones con la mano, deteniéndose, corrigiendo, volviendo a empezar.
No aplaudió. No dijo nada. Se quedó allí, con las manos entrelazadas sobre el vestido, mirando algo que no tenía cabida en ninguna de las categorías que conocía.
Iñigo se acercó a Mónica durante una pausa, cuando el batería salió a fumar y el resto del equipo revisaba cables.
—Oye —dijo, en voz baja—, la gente de aquí te mira como si estuvieras haciendo magia negra.
—Es la primera vez que oyen algo así.
—¿La primera vez en su vida?
—La primera vez en la historia del país.
Iñigo se quedó callado un momento, procesando eso con una cara que Mónica reconoció: la misma que ponía cuando un contrato tenía una cláusula que no encajaba con nada que hubiera visto antes.
—Mónica.
—¿Qué?
—¿Estás bien?
—Estoy montando un concierto en un país donde la música es delito. Define "bien".
—No me refiero a eso.
Ella lo miró.
—¿A qué te refieres?
Iñigo bajó todavía más la voz, aunque no había nadie cerca.
—A él. Al rey.
—Es mi marido, Iñigo. Legalmente.
—Ya sé lo que es legalmente. —Hizo una pausa—. Te pregunto qué es de verdad.
Mónica no respondió enseguida. Se quedó mirando el escenario improvisado, los cables, el piano todavía cubierto en una esquina que nadie había tocado.
—No lo sé —dijo finalmente, y fue la primera vez que lo decía en voz alta, incluso para sí misma—. Y eso es lo que más me preocupa.
Iñigo no insistió. La conocía demasiado bien para saber que aquello, viniendo de ella, era mucho más de lo que parecía.
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Hassan llegó al ala este sin anunciarse, algo que rara vez hacía en su propio palacio.
Se quedó en el corredor, junto a la puerta entreabierta, sin que nadie dentro reparara en su presencia. Desde allí veía a Mónica de espaldas, con el pelo recogido de cualquier manera, dando indicaciones a un hombre que manejaba una mesa llena de luces y controles, deteniéndose para cantar un fragmento ella misma cuando las palabras no bastaban para explicar lo que quería.
No era la mujer que discutía con el Consejo. No era la que le sostenía la mirada en su despacho ni la que se apoyaba en él, herida, en la Guardia Central.
Era otra persona. Alguien que él no había visto todavía, y que por lo visto solo existía cuando nadie del palacio la estaba observando.
Se quedó allí más tiempo del que pretendía.
Cuando Karim lo encontró, quince minutos después, seguía en el mismo sitio.
—Majestad.
Hassan no se giró de inmediato.
—¿Algo urgente?
—No, Majestad. Le buscaba porque no sabía dónde estaba.
—Aquí estoy.
Karim siguió su mirada hacia el interior de la sala, hacia Mónica, que en ese momento reía por algo que había dicho uno de los músicos, con una naturalidad que Karim no recordaba haberle visto nunca en palacio.
No dijo nada más. Tampoco hacía falta.
—Vámonos —dijo Hassan finalmente, apartándose de la puerta con un movimiento demasiado rápido, como si acabara de darse cuenta de cuánto tiempo llevaba mirando.
Karim lo siguió por el corredor sin comentar nada, aunque llevaba suficientes años junto a Hassan Albora para reconocer, en el paso apresurado de su rey, algo que se parecía mucho a un hombre huyendo de una habitación antes de que la habitación le pidiera explicaciones.
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El mensaje de Damián llegó esa misma tarde, cifrado en un archivo que Óscar tuvo que abrir tres veces antes de conseguir descifrarlo con el programa que su cuñado le había enseñado a usar años atrás, en otra vida, cuando ninguno de los dos imaginaba que algún día lo necesitaría para esto.
No era el expediente completo.
Era un nombre. Un solo nombre, subrayado en un documento parcial que Damián había conseguido de un contacto en Interior que, según explicaba en un mensaje aparte, "no quiso dar mucho más porque el caso, oficialmente, ni siquiera existe".
Doctora Amina Farsi.
Debajo, una nota manuscrita, casi ilegible, que alguien había añadido al margen del documento antes de que este desapareciera de los archivos oficiales: presente en el momento de la muerte. Trasladada. Sin constancia posterior.
Óscar leyó la frase tres veces.
No era la prueba que esperaba. No demostraba nada todavía. Pero era el primer nombre real en semanas de vueltas en círculos, y los nombres, en su experiencia, siempre acababan llevando a alguna parte.
Se quedó mirando la pantalla un rato largo, con el ruido lejano de un ensayo musical colándose por algún corredor de aquel palacio que cada día le resultaba más ajeno.
Después borró el mensaje, guardó el nombre donde nadie pudiera encontrarlo salvo él, y empezó a pensar en cómo iba a encontrar a una doctora a la que, según todos los registros oficiales, alguien se había encargado de borrar del mapa.