Faltaban tres semanas y a Mónica ya le temblaban las manos cuando cogía el bolígrafo.
Llevaba toda la vida sobre escenarios, había cantado para cuarenta mil personas sin que le fallara el pulso, y sin embargo aquella noche, sola en el salón de música con un cuaderno en blanco delante, sentía que todo podía torcerse en cualquier momento. No era el miedo escénico de siempre. Era otra cosa. Era la responsabilidad que sentía sobre sus hombros. Por todo lo que esa gente esperaba de ella.
Todo debía estar cuidado al milímetro. La iluminación, los músicos, los técnicos, el vestuario y lo más importante, su voz.
Un país entero que nunca había visto un concierto iba a verla a ella primero. No habría comparación posible, ni referencia previa con la que medirla. Solo ella, sola, decidiendo sin querer cómo sería la primera vez de todo un pueblo.
Y si algo no soportaba Mónica, incluso después de veinte años de carrera, era la idea de no estar a la altura de un escenario.
Escribió tres canciones nuevas esa semana, pero ninguna le convencía lo suficiente como para abrir el concierto. La apertura debía ser especial. Cálida y potente a la vez y no le importaba pasarse las madrugadas en vela hasta dar con la fórmula perfecta.
Hassan tampoco conseguía dormir bien desde que se había fijado la fecha.
Karim lo notó antes de que él mismo quisiera reconocerlo: las reuniones que se alargaban sin necesidad, las decisiones que tardaba más de lo habitual en tomar, la manera en que revisaba una y otra vez los informes de seguridad del anfiteatro como si esperase encontrar algo que llevaba días sin aparecer.
—Los accesos están controlados, Majestad —le dijo Karim, por tercera vez esa semana—. El perímetro, revisado. No hay nada más que comprobar.
—Revísalo otra vez.
Karim no respondió de inmediato. Cerró la carpeta despacio.
—Con el debido respeto, Majestad, no es el perímetro lo que le quita el sueño.
Hassan levantó la vista.
—Explícate.
—Teme lo que la Reina pueda hacer en ese escenario—Karim hizo una pausa, midiendo si continuar—. Las consecuencias para la Corona y para Al-Zahara.
Hassan no lo negó. Se quedó mirando el mapa del anfiteatro extendido sobre la mesa, con las líneas de seguridad marcadas en rojo, incapaz de encontrar en aquel papel la respuesta a lo único que de verdad le preocupaba: que había cedido el control de algo, por primera vez en su vida, sin saber qué iba a recibir a cambio.
—Puedes retirarte, Karim.
El consejero se retiró sin insistir. Sabía reconocer cuándo una conversación había terminado, aunque el asunto, evidentemente, no.
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Nadia entró en la habitación de Mónica con dos doncellas y una hilera de vestidos que no se parecían a ninguno de los que había llevado hasta entonces.
—Su Majestad, esto es todo lo que he podido encontrar —dijo, colgándolos con cuidado en el armario abierto—. Son diseños del sur. Bordados a mano, como los que se hacían antes de que la capital importara la moda de fuera.
Mónica se acercó despacio. Pasó los dedos por uno de ellos, un tono crema, bordado en hilo dorado con el mismo patrón geométrico que había visto repetirse en la Cúpula, en los tapices, en las banderas.
—Es muy suave. ¿Tú sabes coser?
Nadia la miró con sorpresa.
—Si, señora.
—Bien, porque no creo que sepa moverme con esta falda tan voluptuosa. Necesito que sea ligera, pero sin perder su esencia.
La mujer inspeccionó el vestido y después miró a Monica de los pies a la cabeza.
—El Rey se pondrá muy feliz al verla…
No acabó la frase, como si hubiese intuido que el comentario no iba a ser bien recibido.
Mónica se quedó mirando el vestido un rato largo.
No pensaba en Hassan, ni en el Consejo ni en Mansur, ni en las cláusulas de ningún acuerdo. Pensaba en la anciana del mercado con la cabeza abierta, en la mujer que le había apretado la mano en el sur agradeciéndole el agua o en las doscientas personas de la plaza cantando una melodía que no habían escuchado nunca.
Pensaba en que, si aquella noche iba a ser la primera vez que ese país viera un concierto, no quería que lo viera como algo que venía de fuera para imponerse sobre ellos.
Quería que lo sintieran suyo.
—¿También querrá un velo, señora?
Monica alzó una ceja.
—No. No nos emocionemos. Con el vestido será suficiente.
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Hassan la encontró la tarde del concierto en el patio interior, con el vestido puesto por primera vez, mientras Nadia le ajustaba el último pliegue del bordado.
Se detuvo en seco.
No era la mujer que había conocido en el aeropuerto, vestida de blazer gris y gafas de sol, desafiando a Karim antes incluso de saludarlo. Tampoco era la que había firmado el acuerdo sin ni siquiera leerlo.
—¿Qué te parece? —preguntó Mónica, al verlo allí parado, con una vulnerabilidad que rara vez dejaba asomar en su voz.
Hassan tardó en responder.
—Esta noche —dijo finalmente.
—¿Qué?
Brilla más que las estrellas, pensó pero no se atrevió a decirlo en voz alta.
—Le deseo suerte.
Mónica se miró las manos, alisando el bordado dorado sobre la falda.
—Gracias —susurró—. Nos queda el último ensayo. Te veo allí, supongo.
Hassan asintió —En primera fila, Majestad.