Sin Perdón

Capítulo 49. La noche del anfiteatro

El anfiteatro de piedra llevaba siglos vacío.
Karim lo había elegido por eso mismo: una ruina semiolvidada a las afueras de la capital, construida generaciones atrás, con gradas de piedra desgastada que la arena del desierto había ido cubriendo poco a poco hasta que alguien, hacía dos semanas, ordenó despejarlas.
Esa noche, bajo la luna llena, las gradas estaban llenas.
La gente llegaba en grupos, con los niños de la mano, mirando a su alrededor con la misma cautela con la que se entra en un lugar del que no se sabe muy bien qué esperar. Nadie sabía cómo comportarse. Algunos se sentaban en silencio, casi con recogimiento, como si aquello fuera una ceremonia religiosa. Otros hablaban en susurros, señalando el escenario improvisado, los cables, las luces que nadie había visto nunca encendidas de esa manera contra la noche.
En una de las gradas laterales, apartada del bullicio, Leila observaba todo con los brazos cruzados y una expresión que no terminaba de decidir si era curiosidad o envidia.
Más abajo, cerca de la salida, Óscar se apoyaba contra una columna de piedra con las manos en los bolsillos, fingiendo mirar el escenario mientras en realidad no dejaba de mirar hacia el palco reservado a la familia real, todavía vacío.

En backstage, en una carpa levantada detrás del anfiteatro, Mónica se miraba al espejo por última vez.
El vestido color crema le caía ligero, tal y como había pedido, con el bordado dorado brillando cada vez que se movía. Nadia le colocó el último mechón en su sitio y dio un paso atrás.
—Está lista, señora.
Antes de salir, se detuvo un instante junto a la lona de la entrada. Se agachó y apoyó la palma de la mano contra la tierra, un gesto que había repetido después de cada concierto desde los veintidós años.
Esta vez lo hizo antes de empezar como una manera de pedir permiso, quizás. O de prometerle a aquel escenario, tan distinto a todos los que había pisado antes, que iba a estar a la altura.

Salió cuando las luces se apagaron y un único foco la encontró en el centro del escenario.
El público, que hasta entonces había mantenido ese murmullo nervioso, se calló de golpe.
Mónica dejó que el silencio se asentara antes de acercarse al micrófono.
—Sé que esto es nuevo para ustedes —dijo, y su voz, amplificada, llenó cada grada de piedra sin esfuerzo—. Para mí también lo es. Nunca había cantado para un público que no supiera qué esperar.
Una risa breve recorrió las primeras filas.
—Todo lo que se recaude esta noche irá al sur —continuó—. A la reconstrucción. Al agua, a las casas, a las escuelas que la tormenta se llevó. No canto esta noche para que me aplaudan. Canto para que el sur tenga lo que necesita, y porque creo que este país se merece saber que la música no destruye nada. Solo cuenta la verdad de una manera distinta.
El público quedó en silencio. Un silencio denso y cálido.
Entonces empezó a cantar.

El palco real se llenó minutos después de que ella empezara. Hassan entró en silencio, con Samira a su lado y Karim un paso por detrás, y se sentó justo cuando Mónica alcanzaba el estribillo de la primera canción, la que había terminado de escribir esa misma semana.
Desde donde estaba, Hassan podía ver el anfiteatro entero: las gradas llenas, los rostros vueltos hacia el escenario con una expresión que él no recordaba haber visto nunca en su gente. No era la calma obediente del protocolo, ni el respeto medido con el que solían recibirlo a él. Era otra cosa. Algo que se le escapaba de las manos y que, por primera vez en mucho tiempo, no le molestó no poder controlar.
Cantó durante más de una hora.
Hacia el final, cuando las primeras notas de Sin alas empezaron a sonar, un murmullo recorrió las gradas del sur, donde varias personas reconocieron la melodía casi al instante y empezaron a tararearla con ella, torpes pero seguros, como quien recupera algo que llevaba tiempo esperando poder cantar en voz alta.
Cuando la última nota se apagó, no hubo aplausos inmediatos.
Hubo silencio.
Un silencio que se sostuvo durante varios segundos, tan completo que Mónica, en el centro del escenario, sintió por primera vez en toda su carrera la tentación de dudar de sí misma.
Y entonces, alguien en las gradas del fondo se puso en pie.
Después otro. Y otro más.
El aplauso estalló como algo que llevaba generaciones conteniéndose, y con él, entre las voces, empezaron a distinguirse las primeras palabras sueltas que pronto se convirtieron en un solo grito repetido por cientos de gargantas.
—¡Viva la Reina! ¡Viva!

Hassan se levantó del palco antes de que Karim pudiera decir nada.
Bajó los escalones de piedra con un paso que no tenía nada de ceremonial, atravesando el pasillo entre las gradas mientras el público seguía coreando su nombre, o el de ella, ya nadie distinguía muy bien cuál de los dos.
Sabía lo que aquel gesto iba a costarle. Sabía que Mansur lo tendría en boca antes del amanecer, que el Consejo hablaría de precedentes y de debilidad, que en algún despacho de aquel palacio alguien empezaría a escribir ya el argumento que usaría en su contra. Lo sabía con la misma claridad con la que sabía cualquier otra decisión política que hubiera tomado en veinte años de reinado.
Y aun así subió al escenario.
El público enmudeció de golpe cuando lo vio aparecer, cuando entendió lo que estaba a punto de ocurrir. Mónica se giró hacia él, todavía con el micrófono en la mano, sin comprender del todo lo que estaba pasando.
Hassan se detuvo frente a ella.
Y se arrodilló.
No fue un gesto medido ni una reverencia protocolaria de las que había hecho miles de veces ante embajadores y gobernadores. Fue lento, deliberado, con la cabeza inclinada y las manos relajadas sobre la rodilla, como quien rinde algo que no tiene intención de recuperar.
El anfiteatro entero contuvo el aliento.
Mónica se quedó inmóvil un segundo, dos, sintiendo cientos de ojos puestos en ella, en él, en aquella imagen que ya nadie iba a olvidar. Y en algún lugar de su cabeza, incluso mientras el corazón le latía con una fuerza que no supo nombrar, una voz fría y acostumbrada a los focos calculó automáticamente cuántas portadas ocuparía aquello al día siguiente, cuánto tiempo tardarían los titulares en preguntarse si había sido real o ensayado.
Se inclinó hacia él y lo tomó de los brazos, obligándolo a levantarse.
—Levántate —susurró, solo para él, con las mejillas ardiendo—. Levántate, Hassan.
Él se incorporó despacio, sin apartar los ojos de ella, y por un instante, en medio de aquel rugido de voces que no daba señales de apagarse, ninguno de los dos dijo nada más.

Desde su asiento en la grada lateral, Mansur observaba la escena sin aplaudir.
A su lado, otro de los consejeros conservadores tenía la mandíbula tan tensa que parecía a punto de fracturarse.
—Que quede constancia —dijo Mansur, en voz baja, sin que nadie más que su vecino pudiera oírlo— de que esta noche el Rey se ha arrodillado ante una extranjera delante de todo su pueblo.
No aplaudió cuando lo hicieron los demás.
Se limitó a observar, con la misma paciencia con la que llevaba semanas esperando el momento exacto para actuar, sabiendo que por fin acababa de encontrarlo.
Más abajo, cerca de la salida, Óscar seguía apoyado contra la misma columna de piedra, con los brazos cruzados y una expresión que no tenía nada que ver con el entusiasmo de las gradas.
En su bolsillo, doblado varias veces, seguía el nombre de una mujer a la que nadie más parecía estar buscando.
Amina Fars




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