Mónica despertó antes de abrir los ojos del todo.
Fue una sensación extraña, la de saberse observada antes incluso de abrir los ojos, y cuando por fin separó los párpados lo encontró allí, a apenas un palmo de su cara, con los ojos abiertos y esa quietud de quién lleva un rato despierto.
Estaban en el centro de la cama.
No supo en qué momento habían dejado de ocupar cada uno su extremo, ese territorio que ambos habían defendido con tanto cuidado desde la primera noche en aquella habitación. Su mano descansaba cerca de la de Hassan, casi rozándola. Las piernas de él, bajo la sábana, habían invadido el espacio que durante meses había sido exclusivamente suyo.
—Buenos días —dijo Hassan, en voz baja, sin apartar la mirada.
—Llevas mucho ahí mirando —dijo ella, con la voz todavía espesa de sueño.
—Puede.
—¿Por qué?
Hassan tardó en responder, y en ese silencio Mónica sintió que el corazón le latía de una manera que no tenía nada que ver con el miedo al que estaba acostumbrada.
—Porque anoche —dijo él finalmente— hice algo delante de todo mi pueblo que nunca había hecho delante de nadie. Y esta mañana quería comprobar si seguía siendo real.
Ella no dijo nada.
Sólo pensaba en ese hombre firmando la muerte de su mujer o mucho peor, dejándola morir. Y, ahora, esa reverencia ante ella, frente a su pueblo, para cubrir las portadas con jugosos titulares. Se preguntaba si también ella correría la suerte de Sara, el día que ya no le sirviera.
Y sin embargo, lo que más la aterraba era estar allí, con la luz de la mañana entrando tibia por la ventana, sintiendo la cercanía de su cuerpo y deshaciendo cualquier argumento razonable para salir de ahí.
—Tengo que levantarme —dijo, apartándose demasiado rápido, con un movimiento que no tenía nada de la elegancia con la que solía moverse.
Hassan no la retuvo.
—Mónica.
Ella se detuvo, ya de pie, con la bata a medio cerrar y la espalda hacia él.
—¿Qué?
Hassan la miró un instante más de lo necesario, como si algo en la forma en que ella se había apartado le hubiera dicho más de lo que pretendía.
—Nada —dijo finalmente.
Mónica se quedó un segundo inmóvil. Después desapareció hacia el baño sin añadir nada más, con el corazón latiéndole demasiado rápido para una mujer que no confiaba en aquel hombre lo más mínimo.
Mansur no había dormido.
No por la reverencia en sí, aunque aquello ya era suficientemente grave: un Rey de Al-Zahara doblando la rodilla ante una mujer, y encima extranjera, delante de miles de testigos. Era una humillación para el trono, una ruptura con quinientos años de protocolo que ningún antepasado de Hassan se habría permitido jamás.
Lo que de verdad le había quitado el sueño era lo que vino después.
Por la mañana convocó a Yusuf en la sala privada de su residencia. El otro consejero llegó con los periódicos todavía bajo el brazo, y los dejó caer sobre la mesa con desprecio.
—"El pueblo corona a su Reina" —leyó Yusuf, señalando un titular—. "La noche que Al-Zahara encontró su corazón". Esto no son periódicos, Mansur. Son panfletos de propaganda.
—Peor que eso —dijo Mansur—. Son la verdad.
Yusuf lo miró, desconcertado.
—Esperábamos que fracasara —continuó Mansur, sirviéndose té con una calma que no sentía—. Que el pueblo la rechazara. Que la música los espantara, que la extranjera quedara en evidencia y con ella el propio Rey, por haberla dejado subir a ese escenario. Eso nos habría dado el argumento que llevamos meses esperando: que este matrimonio es un error, que Hassan ha perdido el rumbo, que la Corona necesita volver a las manos de quienes entienden las tradiciones de este país.
—Y en cambio…
—En cambio el pueblo la ama. Y ahora ama también a un Rey que se arrodilla ante ella. —Mansur dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria—. La Corona sale de esa noche más fuerte de lo que ha estado en años, Yusuf. Y nosotros, más débiles.
El silencio que siguió fue denso.
—El ataque directo no funcionará —dijo Mansur finalmente—. Si intentamos cuestionar el matrimonio ahora, el pueblo nos verá como lo que somos para ellos esta semana: viejos que no soportan que su Rey sea feliz. Necesitamos algo distinto. Algo que no pueda desmentirse con un concierto ni con una reverencia.
—¿Qué está pensando?
—Que un hombre que ha gobernado veinte años sin un solo escándalo no es un hombre sin secretos. Es un hombre que ha sabido esconderlos bien. —Mansur se levantó—. Vamos a averiguar qué esconde Hassan Albora. Y cuando lo encontremos, no importará cuánta gente lo aclame en un anfiteatro.
___
El despacho que Karim le había asignado en el ala norte tenía acceso, por motivos puramente administrativos, al registro de personal médico de la Corona. Óscar lo había descubierto la primera semana, casi por accidente, y desde entonces había evitado tocarlo, consciente de que cualquier consulta quedaba registrada con su nombre y la hora exacta.
Esa mañana decidió arriesgarse y tecleó el nombre despacio.
Amina Farsi.
El sistema tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, la pantalla mostró apenas tres líneas: fecha de incorporación al cuerpo médico de palacio, veinte años atrás. Fecha de traslado, la misma semana de la muerte de la Reina. Destino del traslado: en blanco.
No había nada más. Ni hospital, ni provincia, ni ciudad. Un nombre suspendido en el aire, como si alguien se hubiera tomado la molestia de borrar cuidadosamente todo lo que venía después sin atreverse a eliminar el registro entero.
Óscar se recostó en la silla y se quedó mirando la pantalla un rato largo.
Un traslado sin destino no era un traslado. Era una desaparición con el papeleo a medio hacer, la clase de error que solo comete alguien que actúa con prisa, o alguien que sabe que nadie se va a atrever nunca a preguntar.
Llamó a la puerta un guardia joven, de los que solían vigilar el ala norte por turnos.
—Inspector. El consejero Karim pregunta si necesita algo.
Óscar cerró la pantalla con un movimiento rápido.
—Dile que no. Que estoy revisando protocolos de seguridad para el sur.
El guardia asintió y se retiró.
Óscar se quedó mirando la puerta cerrada un momento, con el pulso más acelerado de lo que le habría gustado admitir. No sabía si Karim sospechaba algo o si aquello había sido una pregunta rutinaria.
Anotó el nombre en el mismo papel donde ya tenía el resto de lo que Damián le había conseguido, lo dobló, y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, en el mismo sitio donde llevaba días guardando todo lo que no quería que nadie encontrara si alguna vez le registraban la habitación.
Después borró el historial de búsqueda del ordenador, línea por línea.
Cuando terminó, se quedó sentado un momento, pensando en Mónica, en el vestido bordado que le había visto la noche anterior desde la columna del anfiteatro, en la manera en que el pueblo entero había gritado su nombre como si llevara toda la vida siendo su reina.
Y pensó también en que, si conseguía encontrar a Amina Farsi antes que nadie, tendría en sus manos la posibilidad de demostrarle a Monica que Hassan no es el hombre recto que dice ser.