Mónica guardaba el vestido de la noche anterior con mimo, alisando el bordado dorado antes de doblarlo, cuando escuchó la puerta abrirse a su espalda.
—Es una pena que quede relegado a un cajón —dijo Hassan—. Es una prenda hermosa. Además, realza sus ojos.
—Bueno, puede que lo vuelva a utilizar, si la ocasión lo merece.
—La música sigue estando prohibida en Al-Zahara.
—Lo sé. Pero eso podría cambiar. —Cerró la caja con cuidado—. Según la prensa, al pueblo le gustó. Y a su Rey también.
Hassan suspiró. Sabía perfectamente a qué se refería aquel comentario.
—¿Le molesta?
—Para nada. —Mónica siguió recogiendo cables del suelo, y solo entonces se volvió hacia él—. Un poco excesivo. O conveniente, quizás.
—¿De verdad lo cree?
—No importa lo que yo crea. —Apartó la vista un instante, concentrándose de más en el cable que tenía entre las manos—. Lo que vi fue a un público emocionado y totalmente entregado.
—Estuvo usted a la altura, de eso no cabe duda. Pero…
—Ya, ya. La música prohibida y todo eso. —Dejó los cables a un lado y se sentó frente al piano, casi sin darse cuenta—. Pero la verdad es que podríamos hacer conciertos benéficos para mejorar las infraestructuras de un pueblo que, está claro, vive en la miseria. Y para eso necesitamos a alguien más que yo que sepa lo que hace sobre un escenario.
Hassan la observaba como quien escucha un discurso político. No le pasó desapercibido que hubiera dicho «podríamos».
—La Reina no trabaja.
—Habría que crear escuelas, formar a la gente, fabricar instrumentos… Generaría puestos de trabajo.
—El Consejo no lo aceptará fácilmente.
—Lo sé.
—Mansur menos que nadie, después de lo de anoche.
Mónica levantó la vista.
—¿Ha dicho algo?
—Nada que no esperara.
Ella lo observó un momento, intentando leer en su rostro si aquello era toda la verdad o solo la parte que él había decidido compartir. No insistió. Volvió a mirar el piano, dejando que los dedos se movieran de nuevo, sin buscar ninguna melodía en concreto.
—Entonces tendrás que convencerlo otra vez —dijo.
Hassan la miró con algo que no era exactamente una sonrisa, pero que se le parecía.
—Empieza a darme órdenes con demasiada facilidad, Majestad.
—Empiezas a obedecerlas con demasiada facilidad, Majestad.
Ninguno de los dos apartó la mirada durante un momento que se hizo más largo de lo necesario, hasta que Hassan, con un gesto casi brusco, se apartó del piano y caminó hacia la puerta.
—Prepare su propuesta —dijo, sin girarse—. Y esta vez, deme algo con lo que pueda defenderla delante de doce hombres que preferirían no volver a escuchar hablar de usted en semanas.
—La tendrás mañana.
Hassan se detuvo un instante en el umbral, como si algo lo retuviera allí sin saber exactamente por qué. Después salió sin decir nada más, dejando a Mónica sola frente al piano, con los dedos todavía apoyados sobre las teclas y una sonrisa que no se molestó en disimular, ahora que no había nadie mirando.
La cena se sirvió con la misma puntualidad de siempre, aunque esa noche el silencio ceremonial que solía acompañar los primeros minutos se rompió antes de que nadie tocara los cubiertos.
—Todo el país habla de anoche —dijo Samira, desplegando la servilleta sobre su regazo con un gesto que no correspondía a la ligereza del comentario—. Y no es solo aquí. Me han dicho que ya circula en la prensa de tres países vecinos.
—Yo lo único que hice fue cantar, aunque la prensa lo ha convertido en un acto político —respondió Mónica.
—"El Rey se rinde ante su Reina" —continuó la Reina Madre—. Era de esperar que generara controversia y titulares.
Hassan levantó la vista del plato.
—El concierto fue un éxito, madre.
—El concierto, sí. —Samira dio un pequeño sorbo a su copa—. La reverencia es otra cuestión.
Leila, que hasta entonces había permanecido callada, dejó los cubiertos sobre el plato con un gesto brusco.
—A mí me pareció precioso.
Todos se giraron hacia ella. La princesa se sonrojó levemente, pero no bajó la vista.
—Estaba allí —continuó—. Vi la cara de la gente toda emocionada y Monica, hermosa, sobre el escenario. Entiendo que papá no se pudiera resistir.
Hassan dejó los cubiertos sobre la mesa, viendo como monica empezaba a sonrojarse.
—¡Basta! Fue un impulso, del que por cierto, —miró a Monica— no me arrepiento.
—Te eduqué para ser Rey antes que hombre. —Samira lo dijo sin alzar la voz, mirando directamente a Hassan—. Algo que esta familia lleva generaciones aprendiendo a costa de mucho dolor.
Un silencio incómodo se instaló en la mesa. Mónica bajó la vista hacia su plato, incapaz de sostenerle la mirada un segundo más sin que se le notara en la cara lo que aquella frase le había hecho por dentro. No era la primera vez que la miraba así delante de otros. Pero sí era la primera vez que lo decía en voz alta, sin que nadie se lo hubiera pedido.
Fue Leila quien lo rompió, esta vez dirigiéndose a la cantante directamente, con una timidez que no le había visto hasta entonces.
—¿Vas a volver a cantar? —preguntó—. Aquí, quiero decir. No solo en el anfiteatro.
Mónica levantó la vista, sorprendida por el tono, tan distinto al que Leila había usado con ella meses atrás.
—Eso espero.
—Me gustaría escucharte otra vez. —Leila bajó la mirada hacia su plato, como si la propia confesión la incomodara—. De cerca. Sin tanta gente alrededor.
Hassan observó el intercambio en silencio, con algo parecido al alivio cruzándole el rostro por primera vez en toda la cena.
Samira, en cambio, no dijo nada más. Se limitó a seguir comiendo, con la calma de quien ha dicho ya lo que tenía que decir y sabe que, de momento, nadie en aquella mesa está dispuesto a escucharlo del todo.
Capítulo 52