Hubo un momento en mi vida en el que no quería seguir viviendo.
No era una frase dicha por impulso, ni un pensamiento pasajero que aparece y desaparece. Era algo constante. Silencioso. Profundo.
Era una sensación que se quedaba conmigo incluso cuando todo parecía estar bien.
Porque desde afuera, mi vida no parecía tan distinta a la de cualquier otra persona. Había momentos de risa, conversaciones, gente alrededor. Incluso podía aparentar que todo estaba en orden.
Pero por dentro... la historia era otra.
Dentro de mí había un vacío difícil de explicar. Una sensación de no encajar, de no encontrar mi lugar, de no entender qué estaba haciendo con mi vida.
Me levantaba muchos días sin ganas. Sin propósito. Sin una razón clara para seguir adelante.
Y lo más duro de todo no era lo que pasaba afuera... era lo que pasaba en mi mente.
Pensamientos negativos constantes.
Dudas sobre mí mismo.
Una voz interna que no se callaba.
Era como estar atrapado dentro de mi propia cabeza, sin poder escapar.
Intenté muchas veces ignorarlo.
Taparlo.
Distraerme.
Salía, me rodeaba de personas, buscaba momentos que me hicieran olvidar, aunque fuera por un rato. Y a veces funcionaba... por unas horas.
Pero siempre volvía.
El vacío.
La confusión.
La sensación de que algo no estaba bien dentro de mí.
Y con el tiempo, esos pensamientos se hicieron más fuertes. Más constantes. Más difíciles de manejar.
Empecé a sentir que estaba viviendo en automático. Como si los días pasaran sin que yo realmente estuviera presente. Como si simplemente existiera... pero sin vivir de verdad.
Y cuando una persona llega a ese punto, empieza a cuestionarse cosas que antes ni siquiera pasaban por su cabeza.
Empiezas a preguntarte para qué estás aquí.
Empiezas a sentirte cansado sin razón física.
Empiezas a perder el sentido de las cosas.
Yo llegué a ese lugar.
Un lugar donde la oscuridad dentro de mí parecía más fuerte que cualquier otra cosa. Donde los pensamientos negativos no eran ocasionales, sino parte de mi día a día.
Donde el silencio se volvía incómodo, porque era ahí cuando más fuerte hablaba mi mente.
Me sentía solo.
Pero no una soledad física...
sino una soledad interna.
De esas que no se explican fácil.
De esas que te acompañan incluso cuando estás rodeado de gente.
Y poco a poco, sin darme cuenta, empecé a cambiar.
Ya no era el mismo.
Perdí motivación.
Perdí dirección.
Perdí conexión conmigo mismo.
Y en medio de todo eso, apareció una sensación que nunca pensé que iba a experimentar tan de cerca...
el no querer seguir.
No fue de un día para otro.
Fue un proceso.
Lento.
Silencioso.
Como una tormenta que se va formando sin que nadie la vea venir.
Hasta que un día... ya está encima tuyo.
Y no sabes cómo salir.
Pero si hoy estás leyendo estas palabras, es porque esa no fue la última página de mi historia.
Fue solo el comienzo de algo que, en ese momento, no podía entender...
pero que terminaría cambiando mi vida por completo.