Nací en Tacuarembó, un lugar tranquilo, de esos donde el tiempo parece ir más lento.
Un lugar donde muchas cosas se mantienen simples, donde la gente se conoce, donde las calles tienen historia.
Desde afuera, podría parecer un buen lugar para crecer. Y en parte lo era.
Pero con el tiempo entendí algo...
que no siempre importa dónde creces, sino lo que pasa dentro de ti mientras creces.
Porque una cosa es lo que se ve...
y otra muy distinta es lo que se siente.
Mis primeros años fueron normales, o al menos eso parecía. Como cualquier niño, sin grandes preocupaciones, sin cuestionarme demasiado la vida.
Vivía el día a día sin pensar en lo que vendría después.
Pero hay momentos que llegan sin avisar y cambian todo.
Momentos que en ese instante no entiendes...
pero que con el tiempo te das cuenta de que marcaron un antes y un después.
A los 12 años, mi vida cambió.
Mis padres se separaron.
Puede parecer algo común. Algo que pasa en muchas familias. Pero cuando te toca vivirlo, no se siente como algo normal...
se siente como una ruptura.
Como si algo que creías seguro dejara de serlo de un momento a otro.
Yo no entendía todo lo que estaba pasando. No tenía la madurez para analizarlo ni las palabras para explicarlo.
Pero lo sentía.
Sentía que algo había cambiado.
El ambiente ya no era el mismo.
Las emociones eran distintas.
La forma en la que veía las cosas empezó a transformarse, aunque yo no supiera exactamente por qué.
Hay cambios que no se explican...
pero se sienten.
Y ese fue uno de ellos.
A esa edad, uno no sabe cómo procesar ese tipo de situaciones. No sabes cómo expresar lo que te pasa por dentro, ni cómo hablar de lo que sientes.
Y cuando no sabes cómo sacarlo... lo guardas.
Eso fue lo que hice.
Me lo guardé todo.
Guardé la tristeza.
Guardé la confusión.
Guardé las preguntas que nunca tuvieron respuesta.
Aprendí a seguir adelante como si nada.
A adaptarme.
A no mostrar demasiado.
A aparentar que todo estaba bien, incluso cuando por dentro no lo estaba.
Porque a veces es más fácil hacer eso... que enfrentar lo que uno siente.
Pero hay algo que aprendí con el tiempo:
lo que se guarda no desaparece.
Solo se queda ahí... esperando.
Y con los años, empieza a pesar.
Empieza a influir en cómo piensas, en cómo reaccionas, en cómo te ves a ti mismo sin darte cuenta.
Mirando hacia atrás, hoy entiendo que ese momento fue uno de los primeros quiebres en mi vida.
No fue algo explosivo.
Fue silencioso.
Como una grieta que aparece sin hacer ruido, pero que poco a poco se va haciendo más grande.
En ese momento, yo solo seguí adelante.
No cuestioné demasiado.
No hablé demasiado.
Simplemente seguí.
Pero dentro de mí... algo ya no era igual.
Algo había cambiado, aunque todavía no supiera ponerle nombre.
Y sin darme cuenta, empecé a convertirme en alguien que aprendió a callar lo que sentía.
Alguien que empezó a acostumbrarse al silencio interno.
Y ese silencio... con el tiempo, iba a hacerse cada vez más fuerte.