SobrevivÍ A Mi Mismo (de la oscuridad al propósito)

CAPÍTULO 3: CRECER SIN RUMBO

Con el tiempo, fui creciendo.

Los años pasaban, y desde afuera mi vida parecía avanzar como la de cualquier otra persona. Pero por dentro... algo ya no estaba bien.

Después de lo que viví a los 12 años, aprendí a hacer algo que, sin darme cuenta, se volvió parte de mí:

callar lo que sentía.

No hablaba.

No expresaba.

No entendía.

Solo seguía.

Y cuando uno guarda tanto durante tanto tiempo... llega un momento en el que necesita escapar.

Aunque no lo note.

Aunque no lo entienda.

Mi adolescencia fue eso.

Una forma de escape.

Empecé a salir más, a meterme en ambientes de fiesta, rodeado de gente, música, ruido... distracciones constantes.

Lugares donde no había silencio.

Porque el silencio era lo que más evitaba.

Porque cuando todo se apagaba...

mi mente hablaba.
Y no siempre decía cosas buenas.

Desde afuera, podía parecer que la estaba pasando bien.

Risas.

Amigos.

Momentos que, en fotos o desde lejos, se veían como felicidad.

Pero muchas veces, esa "felicidad" era solo momentánea.

Era una pausa.

Una forma de no pensar.

De no sentir.

De no enfrentar lo que estaba pasando dentro de mí.

Porque cuando volvía a estar solo...

todo regresaba.

El vacío.

La confusión.

Esa sensación constante de no saber quién era ni hacia dónde iba.

Y lo peor era que no tenía respuestas.

Solo preguntas.

¿Qué estoy haciendo con mi vida?

¿Por qué me siento así si "todo está bien"?

¿Por qué, aun rodeado de gente, me siento solo?

Esa soledad... era distinta.

No era estar solo físicamente.

Era una soledad interna.

De esas que no se explican fácil.

De esas que no se ven.

Porque puedes estar rodeado de personas...

y aun así sentirte completamente vacío.

Empecé a vivir sin dirección.

Sin un objetivo claro.

Sin un propósito.

Solo dejándome llevar por el momento.

Día tras día.

Sin pensar demasiado en el futuro.

Sin preguntarme realmente qué quería para mi vida.

Porque en el fondo... ni siquiera sabía quién era.

Y cuando no sabes quién eres...

es muy fácil perderte.

Con el tiempo, los pensamientos negativos empezaron a aparecer más seguido.

Dudas sobre mí mismo.

Inseguridades.

Una sensación constante de no ser suficiente.

Pero nunca hablaba de eso.

Me lo guardaba.

Como siempre.

Porque ya me había acostumbrado a cargar con lo que sentía en silencio.

Y ese silencio empezó a pesar cada vez más.

Porque lo que no se expresa...

se acumula.

Y lo que se acumula...

en algún momento explota o te consume por dentro.

Yo todavía no lo sabía...

pero estaba acumulando mucho.

Demasiado.

Y mientras más tiempo pasaba, más me alejaba de mí mismo.

Más me perdía.

Más me desconectaba de lo que realmente sentía.

Intentaba llenar un vacío con cosas externas...

pero el vacío seguía ahí.

Porque hay cosas que no se llenan con distracciones.

Se enfrentan.

Pero en ese momento...

yo no estaba listo para enfrentarlo.

Así que seguí haciendo lo único que sabía hacer:

evitarlo.

Y sin darme cuenta, estaba entrando en una etapa de mi vida donde todo iba a empezar a volverse más real...

más duro...

y mucho más difícil de ignorar.



#1556 en Otros
#270 en Relatos cortos
#312 en Novela histórica

En el texto hay: historia corta, dolor, real

Editado: 18.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.