Después de perder a mi padre, algo dentro de mí cambió...
pero no de la forma correcta.
No supe cómo procesar ese dolor.
No supe cómo enfrentarlo.
Y en lugar de buscar una salida sana...
me fui perdiendo más.
Porque cuando una persona no sana lo que lleva dentro, termina buscando escape en cualquier lado.
Y eso fue exactamente lo que me pasó.
Empecé a rodearme de malas juntas.
Personas que no sumaban, que no construían, que solo alimentaban ese estado en el que yo ya estaba.
Y poco a poco, sin darme cuenta, empecé a entrar en caminos que nunca pensé que iba a pisar.
Caminos oscuros.
Me metí en cosas que hoy reconozco que no tenían nada bueno.
Malos hábitos.
Decisiones equivocadas.
Incluso llegué a involucrarme en temas de oscuridad, de magia negra, cosas que en ese momento no dimensionaba, pero que claramente me alejaban aún más de cualquier paz.
También aparecieron las drogas.
Al principio, como muchas cosas, parecía algo pasajero. Algo que no iba a tener consecuencias.
Pero con el tiempo, entendí que todo eso no hacía más que tapar momentáneamente lo que llevaba dentro...
sin solucionarlo.
Y cada vez que el efecto pasaba...
todo volvía peor.
Más vacío.
Más oscuro.
Porque cuando intentas escapar de ti mismo...
lo único que haces es alejarte más de quien realmente eres.
Y en medio de todo eso, no solo me dañaba a mí.
También empecé a dañar a personas importantes en mi vida.
Personas que me querían.
Personas que estuvieron ahí en distintos momentos.
Personas que no merecían ser lastimadas.
Pero cuando uno está perdido...
termina tomando decisiones que también afectan a otros.
Y eso es algo que con el tiempo pesa.
Porque no se trata solo de lo que te pasa a ti...
sino de lo que haces mientras estás en ese estado.
Y yo sé que en ese proceso, lastimé a personas que realmente valían la pena.
Personas que formaron parte de mi vida y que, de alguna forma, también cargaron con las consecuencias de mis decisiones.
Y aunque en ese momento no lo veía con claridad...
hoy sé que eso también fue parte de mi caída.
Porque no solo me estaba perdiendo a mí mismo...
también estaba perdiendo a otros.
Y como si todo eso no fuera suficiente...
la vida todavía tenía preparado otro golpe.
Uno que me iba a llevar aún más al límite.
En 2024... perdí a mi madre.
Un infarto intestinal.
Otra vez, la vida golpeando sin avisar.
Otra vez, una pérdida imposible de evitar.
Y esta vez... el golpe fue aún más profundo.
Porque perder a una madre no se explica con palabras.
Es un vacío distinto.
Es un dolor que te atraviesa.
Es sentir que otra parte fundamental de tu vida desaparece.
Y en ese momento...
todo lo que ya venía arrastrando explotó.
El dolor acumulado.
Las malas decisiones.
La oscuridad en la que ya estaba metido.
Todo junto.
Todo al mismo tiempo.
Y ahí fue cuando realmente toqué fondo.