Hay momentos en la vida en los que ya no sientes que estás cayendo...
sientes que ya tocaste fondo.
Y aun así... descubres que todavía se puede ir más abajo.
Después de todo lo que había vivido, de las pérdidas, de las malas decisiones, de los caminos en los que me metí...
llegué a un punto en el que ya no me reconocía.
No era la persona que alguna vez fui.
Pero tampoco sabía quién era en ese momento.
Solo sabía que estaba mal.
Muy mal.
En ese tiempo, estaba trabajando en una empresa.
Intentando mantener una rutina, una estabilidad, algo que me diera una sensación de normalidad.
Pero incluso ahí... las cosas no eran fáciles.
Empecé a vivir situaciones de envidia, de conflictos, de ambientes que no ayudaban en nada a lo que ya estaba pasando dentro de mí.
Y cuando ya vienes cargando tanto por dentro...
cualquier cosa pesa el doble.
Todo se acumula.
Todo afecta más.
Todo duele más.
Y yo ya venía cargando demasiado.
El dolor por mis padres.
Las decisiones que había tomado.
Las personas que había lastimado.
El vacío.
La oscuridad.
Todo estaba ahí.
Y en ese punto... mi mente dejó de ser un lugar seguro.
Los pensamientos negativos ya no eran ocasionales.
Se volvieron constantes.
Intensos.
Difíciles de controlar.
Era como si mi propia cabeza estuviera en mi contra.
Empecé a cansarme.
No físicamente...
mentalmente.
emocionalmente.
Cansado de pensar.
Cansado de sentir.
Cansado de cargar con todo.
Y cuando una persona llega a ese nivel de cansancio...
empieza a perder la claridad.
Empieza a sentir que ya no puede más.
Yo llegué a ese punto.
Hubo un momento...
en el que todo se volvió demasiado.
Un momento en el que la oscuridad ganó espacio dentro de mí.
Y tomé una decisión que hoy sé que nació desde el dolor más profundo.
Qué fue el ahorcarme, quedar suspendido en el aire por más de 8 segundos.
Estuve al borde de perder la vida.
Fue real.
Fue el punto más bajo al que llegué.
Un instante en el que todo parecía terminar...
pero no terminó.
Porque en ese momento, cuando ya no había fuerzas, cuando todo parecía perdido...
apareció alguien.
Un ángel.
No sé cómo explicarlo de otra forma.
Una persona que llegó en el momento exacto.
En el segundo preciso.
Como si no fuera casualidad.
Como si hubiera algo más grande detrás de ese instante.
Hoy lo entiendo así:
Dios puso a esa persona ahí.
En el momento justo.
Para salvarme.
Para darme una oportunidad más.
Para recordarme, aunque yo no lo viera en ese instante...
que mi historia todavía no había terminado.
Ese momento me marcó para siempre.
Porque hay experiencias que te cambian.
Y hay otras... que te despiertan.
Y esa fue una de ellas.
No fue un final.
Fue un límite.
El punto donde ya no podía seguir igual.
Donde algo tenía que cambiar.
Porque seguir como estaba... ya no era una opción.
Y aunque en ese momento no tenía todas las respuestas...
sí tenía algo claro:
había sobrevivido.
Y si había sobrevivido...
tenía que haber una razón.