Sofía y El General

Propuesta de matrimonio fría como el hielo

El sol comenzaba a filtrarse por las cortinas entreabiertas, aunque no lo suficiente como para interrumpir el profundo sueño de Sofía.
Hasta que fueron abiertas bruscamente.
—¡Señorita, despierte!
Sofía se incorporó sobresaltada, mirando con el ceño fruncido y aún adormilada a la empleada.
Pero eso no fue lo peor.
La puerta se abrió de golpe y la voz de su hermana la aturdió.
—¡Vamos, Sofi! ¿Qué esperas para levantarte?
—¿Por qué tanto apuro? —preguntó, aún medio dormida.
—¿Cómo que por qué? —intervino la empleada—. ¿No le has contado nada, Carlota?
La otra negó con la cabeza.
—Anoche, a medianoche, vino Henry. Dice que tiene una propuesta para solucionar la deuda entre papá y el tío Isaías… así que ya no tendrás que casarte con Raphael.
Sofía se tensó.
—¿Qué propuesta?
—No lo sé —respondió Emiliana—. Pero apúrate, iremos a casa del tío y allí lo sabremos todo.
—La señora ordenó que usen sus vestidos más hermosos y coloridos —añadió Carlota—. Y que se arreglen como corresponde.
El trayecto hasta la mansión de sus tíos tomó media hora. Durante el camino, los hermanos intentaron sacarle información a su padre, pero Vicente no dijo una sola palabra.
Al llegar, fueron recibidos por un joven de cabello castaño y ojos color almendra.
—Bienvenidos —saludó con cortesía—. Es un placer verlos, Lisandro… y a mis bellas primas, Emiliana y Sofía.
Su sonrisa era amplia.
—Pasen, mis padres están en el jardín.
Benjamín los guió hasta allí. Isaías daba órdenes a los empleados, mientras Joanne acomodaba un arreglo floral en el centro de la mesa.
—Bienvenidos, hermano —dijo Isaías, estrechando la mano de Vicente—. Cuñada.
—¡Ay, querido! —intervino Joanne con una sonrisa radiante—. Nada de formalidades, somos familia.
Se acercó a los jóvenes y los abrazó con entusiasmo.
—¡Cómo han crecido!
—¿Henry no iba a estar? —preguntó Jazmín.
—Salió por unos asuntos, pero volverá antes de…
—Descuide, padre. Ya he vuelto.
La voz profunda interrumpió la conversación.
Todos se giraron.
Henry avanzó con paso firme.
—Emiliana, Lisandro… es un placer volver a verlos.
Los saludó con una leve inclinación de cabeza, luego se dirigió a sus tíos.
—Tíos Vicente, Jazmín. Me alegra verlos.
—El gusto es nuestro —respondió ella.
Entonces, finalmente, miró a Sofía.
Se acercó, tomó su mano y besó sus dedos.
—Así que tú eres Sofía… —dijo con una sonrisa tensa—. Ojos de esmeralda, cabello castaño… aunque usualmente desordenado.
Sofía retiró la mano de inmediato.
—¿Quién te crees para hablar así de mí?
Henry se enderezó, sin perder la sonrisa.
—Henry Castellar Davies. Marqués y general principal del rey.
Hizo una pausa.
—Y tu futuro esposo.
El silencio fue absoluto.
Antes de que Sofía pudiera reaccionar, él sacó un anillo y lo colocó en su mano.
—Con algo de esfuerzo —continuó con tono frío—, lograremos pulir ese carácter salvaje y convertirte en una marquesa digna de la corte.
Se giró hacia los demás.
—En una semana será la fiesta de compromiso. En dos, la boda. En tres semanas y media partiremos a la capital.
Miró a Benjamín.
—Prepárate.
Luego volvió a los adultos.
—El dinero no será un problema. Mi tesorero se encargará de todo.
—Pero, hijo… es muy poco tiempo —dijo Joanne, sorprendida.
—Confío en sus capacidades —respondió con calma—. Además, servirá para acallar rumores y demostrar que la familia Castellar sigue en pie.
Hizo una leve inclinación de cabeza.
—Si me disculpan, tengo asuntos que atender.
Y se marchó.
Mientras todos se sentaban a desayunar, Sofía se levantó en silencio y regresó a la casa.
Lo vio entrar en el despacho.
Dudó unos segundos… pero lo siguió.
Abrió la puerta sin golpear.
Henry estaba apoyado en el escritorio, mirándola como si la hubiera estado esperando.
Cerró la puerta tras de sí.
Se acercó.
Él la observó de arriba abajo, con una sonrisa helada.
—¿Crees que porque eres marqués y general puedes decidir la vida de los demás? —espetó ella—. ¿Ordenarnos como si fuéramos tus soldados?
Henry ladeó la cabeza.
—Tardaste entre cinco y diez minutos en entrar —respondió con calma—. Y ni siquiera sabes llamar a la puerta.
Se acercó un poco más.
—Nada que una buena institutriz no pueda corregir.
Su mirada recorrió nuevamente su figura.
—Y sí… disfruto dar órdenes. Especialmente cuando me obedecen.
Hizo una breve pausa.
—Y más aún… cuando se trata de domesticar fieras salvajes.
Sofía levantó la mano para abofetearlo.
Henry la detuvo con rapidez.
Se inclinó hacia ella y susurró cerca de su oído:
—Por cierto… no es propio de una señorita pasearse en camisón. Cualquiera podría verla.
Sofía lo miró fijamente, furiosa.
Y él… solo sonrió.




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