Sofía y El General

Moreau y Meyer

Una semana atrás
Raphael se encontraba sentado frente a Vicente en el despacho de la mansión. Sus manos estaban tensas sobre sus rodillas y su mirada parecía perderse por momentos, como si buscara las palabras correctas para expresar aquello que llevaba días ensayando en su mente.
El silencio comenzaba a volverse incómodo.
—¿Qué es eso tan importante que querías decirme? —preguntó Vicente, observándolo con atención.
Raphael tragó saliva.
—Sé de su deuda con su hermano… y quisiera ayudarlos.
Vicente arqueó una ceja, ligeramente incrédulo.
—¿Y cómo podrías ayudarnos tú, muchacho? ¿Tienes idea de la cantidad de dinero que debemos? ¿O piensas dármelo de tu propio bolsillo?
Raphael respiró hondo, reuniendo valor.
—Casándome con Sofía.
Las palabras salieron de golpe, rápidas, casi atropelladas.
—Sé que cuando ella se case recibirá la herencia que le dejaron sus tíos. Cuando eso ocurra… podremos usar ese dinero para saldar la deuda.
Se quedó en silencio unos segundos, aliviado por haber logrado decirlo sin tartamudear.
Vicente lo miró fijamente, evaluándolo.
—¿Y cómo sé que lo que dices es sincero? —preguntó con seriedad—. No pienso casar a mi hija con alguien que solo quiera aprovecharse de su herencia.
Raphael negó con la cabeza.
—Señor Castellar, soy el hijo del alcalde. Mi familia tiene una posición estable en la sociedad. Más allá de los errores de mi tío… nosotros somos leales al rey.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Además, esto no solo los ayudaría a ustedes… también me ayudaría a mí. Mi padre insiste en que debo casarme, pero no me interesan las mujeres que me han presentado. Son frías… calculadoras.
Sus ojos se desviaron hacia un cuadro donde estaban los tres hijos de Vicente.
—Sofía es diferente.
Volvió a mirarlo.
—Somos amigos desde niños. Para mí… ella es importante. No necesito su dinero, señor. Solo quiero una compañera que me entienda… y con ella siento que eso es posible.
Su voz se volvió más firme.
—Por favor, déjeme casarme con su hija.
Vicente lo observó en silencio unos instantes.
—¿Sofía sabe de esto?
—No, señor. Por eso quise hablar primero con usted. Si acepta… le pediré su mano cuando regrese de la capital.
—He escuchado que viajarán todos hacia allá.
—Sí. Mis abuelos viven en la capital y mi padre tiene asuntos que atender. Aprovecharé ese tiempo para organizar todo.
Vicente volvió a mirarlo detenidamente.
Raphael era un joven atractivo: cabello pelirrojo, ojos verdes y una sonrisa amable que inspiraba confianza. Conocía a su familia desde hacía años; sus hijos habían crecido juntos.
Finalmente, asintió.
—Está bien. Cuando regreses, podrás pedir la mano de Sofía.
Hizo una breve pausa.
—Y no diré nada al respecto.
Raphael sonrió, aliviado.
Presente
Raphael caminaba junto a su padre por uno de los callejones más estrechos de la capital. A pesar de ser pleno día, la zona era oscura y silenciosa, casi inquietante.
Al final del callejón se alzaba una casa descuidada, con una apariencia sombría.
El señor Moreau golpeó la puerta.
Un anciano abrió. Su rostro estaba surcado por arrugas profundas, y su mirada parecía haber visto demasiado.
—Buen día. Busco al señor Meyer —dijo el padre de Raphael.
El anciano no respondió. Solo se hizo a un lado, permitiéndoles entrar.
El interior contrastaba completamente con el exterior: era un lugar elegante, lujoso y cuidadosamente decorado.
Fueron guiados hasta una biblioteca.
El anciano les indicó que se sentaran… y luego tomó asiento frente a ellos.
—El señor… —comenzó Moreau.
—Es un placer conocerlo, señor Meyer —interrumpió Raphael con calma—. Debe tratarse de un asunto importante para que nos reciba usted mismo.
El anciano lo observó con interés.
—Tienes un hijo inteligente —comentó—. ¿Cómo supiste que era yo?
Raphael no apartó la mirada.
—Sus manos no muestran señales de trabajo físico, pero sí de escribir con frecuencia. Su ropa es extranjera y demasiado costosa para un simple empleado. Y mientras caminábamos, nadie lo miró… lo cual indica respeto, o miedo.
Hizo una leve pausa.
—Además, es conocido como el alemán más despiadado de esta ciudad.
El anciano sonrió levemente.
—Interesante… y valiente. Sobre todo para alguien que viene a hacer los mismos trabajos que su tío.
El ambiente se volvió más tenso.
—Esa deuda pertenecía a mi hermano —intervino el señor Moreau.
—Y usted se ofreció como garante —respondió Meyer con calma—. Muerto el perro… alguien debe calmar mi rabia.
El padre de Raphael tensó la mandíbula.
—Podemos realizar los trabajos que pide, pero en cuanto a la deuda…
—Muy pronto me casaré —interrumpió Raphael con seguridad—. La joven heredará una fortuna considerable. Cuando eso ocurra, pagaré todo lo que mi familia le debe.
Clavó la mirada en Meyer.
—Solo le pido dos meses… tres como máximo.
El silencio se extendió unos segundos.
Finalmente, el anciano asintió lentamente.
—Acepto.
El trato estaba hecho.
Al salir, Raphael no pudo evitar sonreír.
Todo marchaba según su plan.
Se casaría con Sofía.
Obtendría la fortuna.
Saldaría las deudas.
Y luego…
Se la llevaría lejos.
Muy lejos.
Donde nadie pudiera encontrarla.
Donde nadie pudiera detenerlo.
Porque su verdadero objetivo no era solo el dinero.
Era venganza.
Venganza contra el hombre que le arrebató el honor a su familia.
Contra el marqués…
y general principal del rey…
Henry Castellar Davies.




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