En las mansiones de los hermanos Castellar, todo era movimiento y prisa. Los sirvientes iban y venían sin descanso, organizando hasta el más mínimo detalle del compromiso entre Sofía y Henry.
La alta sociedad entera esperaba aquel evento con gran expectativa. Henry se había convertido en una figura reconocida en todo el reino gracias a sus logros militares, y su compromiso era, sin duda, uno de los acontecimientos más comentados.
Finalmente, el gran día llegó.
Las personas más influyentes del reino asistieron. La mansión de Vicente había sido elegida para la celebración, ya que la fiesta sería de noche, elegante y deslumbrante.
Todo estaba listo.
Solo faltaban dos cosas:
el prometido…
y la novia.
Sofía permanecía en su habitación, rodeada de sirvientas, mientras terminaban de arreglarla. Sin embargo, su mente estaba lejos de allí.
Volvía una y otra vez a aquel día.
El anillo.
El beso.
Y, peor aún… lo que ocurrió en aquella habitación.
—Sofí, ¿puedes prestarme atención? —dijo Emiliana, cruzándose de brazos—. Hace rato que te veo en las nubes. ¿Qué te pasa?
Sofía parpadeó, intentando reaccionar.
Contarlo… era imposible.
Nadie debía saber lo que había ocurrido.
Aunque odiaba ese matrimonio más que nada en el mundo, deseaba que todo pasara rápido, como si así pudiera escapar de aquello.
Su odio por Henry había cambiado.
Antes lo detestaba.
Ahora… lo aborrecía.
Porque el verdadero salvaje no era ella.
Era él.
La música comenzó a sonar en el salón principal.
Isaías tomó la palabra.
—Queremos agradecerles por asistir a este hermoso evento —dijo con una sonrisa calculada—. El compromiso entre Henry y Sofía es motivo de orgullo para ambas familias.
Hizo una pausa, apoyando una mano en el hombro de su hermano.
—Como hermanos, siempre hemos estado unidos… y ver a nuestros hijos tomar esta decisión nos fortalece aún más.
Era una actuación perfecta.
Debían aparentar unidad, ignorar los rumores, borrar cualquier rastro de las deudas y conflictos.
Joanne continuó:
—Nos sentimos profundamente felices por esta unión.
Miró a Sofía con una sonrisa amplia.
—Gracias, querida, por aceptar el corazón de mi hijo.
Luego se dirigió a los invitados.
—Ya habíamos perdido la esperanza de verlo casado… así que agradezcamos a la novia por lograr lo imposible.
Las risas suaves y los aplausos llenaron el ambiente.
La fiesta continuó con música, bailes y conversaciones elegantes. La mansión brillaba como nunca; todo era lujo, perfección… apariencia.
Pero Sofía se sentía completamente fuera de lugar.
—¿Estás en un velorio?
La voz grave junto a su oído la hizo estremecerse.
Su cuerpo se tensó de inmediato.
Por un instante, el mundo pareció girar y el aire faltarle. Henry la sostuvo con firmeza, disimulando su debilidad ante los demás.
Sofía alzó la mirada.
Lo tenía demasiado cerca.
Demasiado.
Henry se inclinó apenas y rozó sus labios.
—Hace días que no los probaba —susurró—. Ya empezaban a hacerme falta.
Su tono era bajo… pero frío.
Peligroso.
Para él, aquello no era más que otra victoria.
Otra forma de imponerse.
Otra manera de demostrar que había arruinado cualquier plan de los Moreau.
Sofía apretó los dientes, conteniendo la rabia.
La fiesta continuó.
Y terminó.
Horas después, la mansión quedó en silencio.
Los invitados se habían marchado.
Sofía se encontraba en su habitación, mientras una empleada la ayudaba a quitarse el vestido. Cuando finalmente quedó sola, vestida solo con su enagua, se dejó caer sobre la cama.
El silencio la envolvió.
Entonces, levantó ligeramente la tela.
En su cadera, del lado derecho, había una marca.
Morada.
Con bordes verdosos.
La observó en silencio.
Y algo dentro de ella se quebró.
Sus manos se cerraron con fuerza.
Las lágrimas comenzaron a caer, silenciosas al principio… luego incontenibles.
No era tristeza.
Era rabia.
Porque en pocos días… se casaría.
Vestida de blanco.
Con Henry.
El hombre frío.
El hombre despiadado.
El mismo que había cruzado todos los límites…
Y que ahora la obligaba a pertenecerle.