Sofía y El General

Boda y Realeza

Henry observaba a los invitados dentro de la iglesia.
Para él, ninguno tenía importancia.
Eran simples figuras decorativas, adornos innecesarios en una ceremonia que, en el fondo, no significaba nada para él.
Su expresión apenas cambió… hasta que vio entrar a sus soldados.
Una leve sonrisa fría apareció en su rostro.
Ellos respondieron de la misma manera.
Se decía que el general principal del rey comandaba al ejército más temido del reino. Hombres sin compasión, sin temor, tan fríos como el hielo.
Y cuando se trataba de la guerra…
Eran despiadados.
La sangre no los detenía.
Al contrario.
Y entre todos ellos, el más temido era Henry.
La marcha nupcial comenzó.
Las puertas se abrieron.
Sofía apareció.
El silencio invadió la iglesia mientras avanzaba lentamente hacia el altar. Su vestido blanco contrastaba con la rigidez de su expresión.
No era felicidad lo que llevaba consigo.
Era resignación.
Cada paso la acercaba más a un destino que no había elegido.
Henry la observó sin moverse.
Cuando finalmente se encontraron frente al altar, todo ocurrió con rapidez.
Las palabras.
Los votos.
El “sí, acepto”.
Y luego…
El beso.
Frío.
Breve.
Vacío.
Así, la ceremonia llegó a su fin.
La celebración continuó en la mansión de Isaías Castellar.
El jardín estaba decorado con una elegancia deslumbrante: mesas finas, arreglos florales impecables, luces suaves que iluminaban la noche.
Todo era lujo.
Todo era perfección.
Todo… una mentira cuidadosamente construida.
Una demostración clara de que los rumores sobre la bancarrota de la familia eran, al menos en apariencia, falsos.
Henry y Sofía saludaban a cada invitado. Sonrisas, palabras amables, gestos ensayados.
Cuando fueron presentados ante los soldados, estos inclinaron la cabeza en señal de respeto.
—Marquesa.
Sofía apenas respondió con una leve inclinación.
La fiesta continuó entre música, bailes y risas.
Hasta que, de pronto…
El silencio cayó como un golpe.
Dos figuras ingresaron, escoltadas por la guardia imperial.
Todos se inclinaron.
El rey… y el príncipe.
Henry tomó la mano de Sofía y avanzó con firmeza. Se detuvo frente a ellos e inclinó la cabeza.
—Su majestad, es un honor que haya asistido a mi boda.
—¿Y yo qué? —intervino el príncipe con el ceño fruncido—. ¿Soy invisible?
Henry esbozó una leve sonrisa.
—Por supuesto que no, alteza.
—Así me gusta —respondió el príncipe, relajando el gesto.
El rey dio un paso adelante.
—Acércate, Henry.
El general obedeció.
El rey lo abrazó.
—Felicidades, hijo.
—Gracias, su majestad.
—¿Desde cuándo tan formal? —bromeó el príncipe—. Antes no eras así.
Henry no respondió.
—Ahora… —continuó el príncipe con una sonrisa traviesa—, preséntanos a la mujer que logró atraparte.
Henry rodó ligeramente los ojos, pero caminó hasta Sofía y la llevó frente a ellos.
—Su majestad, ella es Sofía Castellar… mi esposa.
Sofía se inclinó con respeto.
El rey la observó con atención.
—En la carta que Henry me envió —dijo con voz suave—, mencionó que eras hermosa.
Sofía contuvo la respiración.
—Pero se quedó corto.
Sus ojos se abrieron levemente.
—Eres bellísima.
El rey tomó su mano y la besó con delicadeza.
—No te inclines tanto, pequeña marquesa. Sería una lástima que arruinaras un vestido tan hermoso.
Sofía apenas pudo responder.
—Gracias, su majestad…
—Hola, Sofí —intervino el príncipe con una sonrisa amplia—. Soy Einar, el mejor amigo de Henry.
—¿Quién te nombró mi mejor amigo? —replicó Henry con tono seco.
Einar llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa.
—Todo el mundo sabe que soy el único amigo que tienes… y también el más atractivo.
Se inclinó un poco hacia Sofía.
—No le hagas caso. En el fondo me admira.
Sofía no pudo evitar una leve expresión de sorpresa ante aquel contraste.
Henry… frío, distante.
Einar… ligero, casi despreocupado.
Después de acomodar al rey y al príncipe, la celebración continuó.
La presencia de la realeza elevó aún más el nivel del evento, reforzando la imagen de poder de ambas familias y silenciando, al menos por esa noche, los rumores de ruina.
A un costado del jardín, Henry y el rey conversaban en privado.
Desde allí, Henry observaba a Sofía.
Ella caminaba junto a Emiliana y otras jóvenes, riendo suavemente.
Una imagen que contrastaba completamente con lo que él sabía.
—¿Ya saldaste la deuda de tu familia? —preguntó el rey, sin apartar la vista del salón.
—No solo la pagué —respondió Henry con frialdad—. Les di el doble. A todos.
—Generoso —comentó el rey—. ¿Lo hiciste por ellos… o por tu esposa?
Henry no dudó.
—Por mí.
El rey lo miró de reojo.
—¿Tu tío aceptó fácilmente?
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Henry.
—No solo aceptó.
Hizo una pausa.
—La vendió.
El silencio entre ambos se volvió pesado.
—Pidió una fortuna por ella.
Henry no mostró emoción alguna.
—Y la pagué.
Sus ojos volvieron a Sofía.
—Valió la pena.




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