La capital era una ciudad hermosa.
Elegante.
Llena de vida.
Durante el día, sus calles estaban repletas de comerciantes, flores de todos los colores y personas que parecían siempre ocupadas, pero satisfechas. Por la noche, en cambio, todo se transformaba: luces, música, carruajes… un brillo que envolvía cada rincón.
¿Quién no se enamoraría de un lugar así?
Eso pensaba Sofía mientras observaba desde el pequeño balcón de su habitación.
Era un espacio reducido, con una mesa, dos sillas y demasiadas flores que apenas le dejaban moverse. Habían sido colocadas allí con un único propósito: que ella tomara aire… sin alejarse demasiado.
Sin escapar.
Había pasado un mes desde su llegada a la capital.
Por órdenes del rey, todos debían permanecer allí mientras se resolvían asuntos imperiales. Henry pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su despacho, rodeado de documentos, mapas y decisiones importantes.
Y Sofía…
Sofía permanecía a su lado.
El despacho era amplio y sorprendentemente luminoso. Contaba con una biblioteca, un área de descanso con sofás beige decorados con detalles florales, una mesa elegante y tres grandes ventanales que dejaban entrar la luz.
Lo más irónico…
Era su nombre.
“Jardín de flores”.
Sofía nunca habría imaginado que un lugar perteneciente a Henry llevaría un nombre así.
Se dejó caer en uno de los sofás y soltó un suspiro profundo.
Al menos, ya no tenía que usar aquellos vestidos pesados ni los corsés que le robaban el aire.
—Es de mala educación que una marquesa suspire de esa manera.
La voz de Henry la hizo tensarse.
—Perdón, señor marqués Castellar Davies —respondió con ironía, acomodándose con falsa elegancia—. No sabía que mi aburrimiento interfería con su trabajo.
Henry levantó la vista apenas.
—Hace un mes que estoy encerrada —continuó ella—. Clases de etiqueta, música, bordado… Hoy me diste un día libre, pero ni siquiera puedo salir.
Suspiró nuevamente.
—Empiezo a preferir las clases.
—No puedo sacarte a pasear —respondió él sin emoción.
—No soy un perro —replicó Sofía de inmediato.
Henry alzó una ceja.
Ella se acercó un poco más.
—Prometo comportarme. Puedo ir con una dama de compañía… o con la institutriz.
Henry negó.
Sofía insistió, acercándose aún más.
—Por favor.
Cuando él levantó la mirada, se encontró con la expresión de ella.
Insistente.
Casi suplicante.
Por un segundo, algo cambió en su expresión.
—Después te quejas de que te trato como a un animal —murmuró.
Y, contra todo pronóstico…
Sonrió.
—Está bien.
Sofía abrió los ojos.
—Pero iremos juntos.
No se podía negar.
La capital era fascinante.
Para Sofía, cada rincón era nuevo, emocionante. Su pueblo no tenía nada parecido, y caminar por aquellas calles era lo más entretenido que había hecho en mucho tiempo.
Sin embargo…
No podía disfrutarlo del todo.
Iba acompañada de Henry.
Diez guardias.
Y el príncipe.
Era imposible pasar desapercibida.
—¿Te ocurre algo, Sofi? —preguntó el príncipe.
Sofía dudó.
Quería decir la verdad.
Pero no podía.
—Es mi primera vez en la capital —respondió con una sonrisa—. Todo es hermoso.
Einar la observó con interés.
—Si te gusta esto, espera a ver la ciudad del rey. No querrás irte jamás.
Luego se inclinó un poco hacia ella.
—Y no te enfades con Henry —susurró—. Yo insistí en venir. Él no sabe tratar con damas… menos con una como tú.
Sofía no pudo evitar reír suavemente.
—Descuide —respondió—. Henry jamás sentiría celos por mí.
Einar frunció ligeramente el ceño.
—Creo que no conoces a tu amigo —añadió ella, mirándolo.
—Precisamente porque lo conozco, lo digo.
Sofía negó con la cabeza.
—No soy hermosa… ni alguien por quien valga la pena sentir celos.
Se alejó unos pasos.
Einar la observó, pensativo.
Conocía a Henry.
Y sabía que algo no encajaba.
Sofía caminaba observando las tiendas cuando una voz conocida la detuvo en seco.
Su cuerpo se tensó.
Al girarse…
Lo vio.
Raphael.
Antes de que pudiera reaccionar, él la abrazó con la misma cercanía de siempre.
—¿Qué haces en la capital? —preguntó sorprendido.
—Raphael… —Sofía apenas pudo hablar.
—¿Estás con tu familia?
Ella no respondió de inmediato.
—Mi padre tuvo problemas de trabajo —continuó él—. Por eso regresé más tarde.
Entonces…
Una voz interrumpió el momento.
Grave.
Fría.
—Moreau.
El aire se volvió pesado.
Raphael se giró lentamente.
Y lo vio.
—Marqués Castellar Davies.
Sus miradas chocaron.
Sin necesidad de más palabras, el odio entre ambos era evidente.
—¿Qué haces en la capital? —preguntó Raphael.
—Curioso —respondió Henry—. Iba a preguntarte lo mismo.
Se hizo un breve silencio.
—Me casé —añadió Henry con calma.
Raphael arqueó una ceja.
—¿Quién es la afortunada?
No le interesaba realmente.
O eso creía.
Henry no respondió de inmediato.
En cambio…
Caminó hasta Sofía.
Tomó su mano.
Y la acercó a él.
—Te presento a mi esposa.
Su voz fue firme.
—La marquesa Castellar Davies.
El mundo de Raphael se detuvo.
Su mirada pasó de Henry… a Sofía.
Incrédulo.
Confundido.
Destrozado.
Todos sus planes…
Desaparecieron en un instante.
Henry sonrió.
Una sonrisa fría.
Victoriosa.