Como un tornado que arrasa con todo a su paso, Henry irrumpió en su despacho, arrastrando a Sofía del brazo y empujándola casi sin cuidado hacia el interior.
La puerta se cerró con fuerza.
El silencio que siguió fue aún más aterrador.
Sofía permaneció de pie, inmóvil.
Su cuerpo temblaba.
No respondía.
El miedo la paralizaba por completo.
Henry no dijo nada.
Se sentó en su escritorio y se hundió entre papeles, como si nada más existiera a su alrededor.
Ni ella.
Ni lo ocurrido.
Ni sus propios pensamientos.
Pero eso era lo que más asustaba a Sofía.
El silencio.
¿Qué estaba pasando por su mente?
¿Estaba enojado?
¿Planeando algo?
Las preguntas la consumían.
El tiempo pasó.
Minutos… horas.
Hasta que, sin decir una sola palabra, Henry se levantó y salió del despacho.
Sofía lo observó irse, sin entender.
Pensó que regresaría.
No lo hizo.
Pasó un día.
Luego otro.
Y después… una semana entera.
Esa misma noche, Raphael llegó ebrio a la mansión de sus abuelos.
Algo completamente inusual.
El joven que siempre había sido amable, educado y encantador… no existía en ese momento.
Subió las escaleras tambaleándose, gritando al servicio.
Su padre lo siguió de inmediato.
Al entrar en la habitación, Raphael comenzó a destruir todo a su paso.
—¡Se puede saber qué te ocurre! —exigió Chandler, sorprendido al verlo así por primera vez.
—Ese maldito general… —escupió Raphael—. Me robó a Sofía.
—¿Hablas de Henry?
—¡Sí! —gritó—. Vicente rompió su palabra. Ese miserable casó a su hija con su sobrino.
Chandler se quedó en silencio un momento.
—No tiene sentido —murmuró—. Vicente jamás entregaría a su hija a alguien como Henry… a menos que…
Se detuvo.
Su expresión cambió.
—A menos que sepan lo de Meyer… o que él haya pagado por ella.
Raphael no dudó.
—No me importa la razón.
Sus ojos estaban llenos de rabia.
—No voy a permitir que se la lleve.
—¿Qué piensas hacer? ¿Robarla?
Chandler lo miró con atención.
Raphael ya no era el mismo.
La ira y el dolor lo habían transformado.
—No la merece —dijo con voz baja—. Prefiero verla muerta… antes que en sus manos.
Sonrió.
Pero no era una sonrisa amable.
Era oscura.
Desconocida.
—Mañana enviaré una carta a Meyer —continuó—. Acepto su propuesta.
Chandler frunció el ceño.
—¿Hablas en serio?
—Voy a comandar el ejército enemigo.
El silencio se hizo pesado.
Chandler asintió lentamente, convencido de que al día siguiente su hijo cambiaría de opinión.
Pero no lo haría.
Una semana después.
Existían dos tipos de lugares donde un hombre podía perderse:
los salones elegantes de la alta sociedad…
y los bares olvidados, sucios, donde nadie hacía preguntas.
Henry prefería el segundo.
Allí nadie lo reconocía.
Allí podía beber, pensar… o dejar de hacerlo.
Nunca se había sentido así.
Una mezcla de emociones lo consumía.
Furia.
Celos.
Y algo más.
Algo que no quería nombrar.
No importaba.
Solo quería encontrar a Raphael…
Y romperle el cuello con sus propias manos.
—Maldita salvaje… —murmuró para sí.
¿Cómo era posible que alguien como ella… lo hiciera sentir de esa forma?
—Mi señor —interrumpió una voz—, es hora de volver.
Henry alzó la vista.
Era Harry, su hombre de confianza.
—Su majestad lo ha llamado. Ha dejado todo su trabajo… y a su esposa.
Henry soltó una risa seca.
—¿Mi esposa preocupada? No me hagas reír.
Pero algo en su interior se tensó.
—Busque otra excusa —añadió—. Ni Sofía ni el rey harán que me mueva de aquí.
Harry no dudó.
—Un médico está atendiendo a la marquesa en este momento.
El efecto fue inmediato.
Henry se puso de pie.
—¿Qué dijiste?
—Desde su ausencia, dejó de comer… de dormir. Hoy la encontraron desmayada en su habitación.
El silencio cayó.
Por un instante, Henry recordó algo.
Tenía quince años.
Había sido enviado a entregar un mensaje urgente al rey. Un trayecto que debía tomar más de una semana… lo completó en cinco días.
No recordaba haber sentido cansancio.
Solo urgencia.
Y ahora…
Esa misma urgencia lo consumía.
El camino de regreso le pareció eterno.
Cuando finalmente llegó, subió las escaleras sin detenerse.
Al entrar al despacho, vio al médico salir.
Henry no dijo una palabra.
Pero su mirada fue suficiente.
El hombre entendió.
—Marqués…
Hizo una breve pausa.
—Felicidades.
Henry frunció el ceño.
—La marquesa…
El médico sonrió levemente.
—Está en cinta.