Un hombre puede soportar cierta cantidad de alcohol antes de perder el control.
Lo extraño era que Henry había bebido durante una semana entera sin que el alcohol pareciera afectarlo.
Hasta ese momento.
La noticia de su futura paternidad cayó sobre él como un balde de agua fría.
De pronto, todo el peso del alcohol lo golpeó.
Su mente, su cuerpo… todo.
Como si, por primera vez, incluso él pudiera ser débil.
El doctor lo llamó aparte.
Henry caminó junto a él, escuchando en silencio cada palabra, sin mostrar emoción alguna.
Sofía dormía.
Por primera vez en días.
Desde la desaparición de Henry, no había logrado conciliar el sueño. La incertidumbre la consumía.
Pero esa noche…
Descansaba.
Hasta que sintió una presencia.
Abrió lentamente los ojos.
Y lo vio.
Henry estaba de pie, observándola.
La luz tenue de las velas iluminaba su rostro.
Sus ojos azules…
Brillaban de una forma extraña.
Casi como si contuvieran lágrimas.
Sofía no sintió miedo.
No esa vez.
Había algo distinto.
Tristeza.
Dolor.
Y… sangre.
Aun así, no dijo nada.
Solo alzó la mano y acarició suavemente su rostro.
Henry no se movió.
La observaba.
Los ojos verdes de Sofía, tan intensos como esmeraldas, parecían debilitar algo dentro de él.
Por primera vez, consideró una idea que siempre había rechazado.
Que lo que sentía… no era solo deseo.
Pero no.
Se negó a nombrarlo.
Acarició su mejilla con ambas manos, luego su cabello.
Quiso besarla.
Dudó.
Pero Sofía se adelantó.
Lo besó.
Lentamente.
Y aquel contacto… ardió.
Como fuego.
A la mañana siguiente, la luz del sol entraba por la ventana.
Henry despertó con una sensación extraña.
Sofía dormía sobre su pecho.
Con una leve sonrisa.
La observó en silencio.
Era una imagen que no encajaba con su mundo.
Demasiado tranquila.
Demasiado… frágil.
—Buenos días, señor marqués —dijo Sofía al despertar.
—Buenos días, mi señora marquesa —respondió él.
Su tono era… suave.
Eso la asustó más que su frialdad habitual.
—Debo decirte algo.
Sofía se incorporó de inmediato.
El miedo regresó.
Las manchas de sangre de la noche anterior cruzaron por su mente.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Henry reaccionó rápido, tomándola en sus brazos.
—¿Qué ocurre?
—Es mi culpa… —susurró—. Yo causé su muerte.
Henry frunció el ceño.
—Él se lo buscó.
—Quizás fue su enojo…
—¿Enojo? —la interrumpió, su tono endureciéndose—. Nadie habla mal de mi esposa.
Sus ojos se oscurecieron.
—Ni de mi hijo.
Sofía se quedó inmóvil.
—¿Hijo…?
Lo miró, confundida.
—¿De qué estás hablando?
Henry la observó fijamente.
—¿El doctor no te lo dijo?
El silencio se hizo pesado.
—Sofía… ¿de quién hablabas?
—De Raphael…
Henry se apartó.
Se levantó de la cama.
—¿Lo mataste? —preguntó ella, con la voz quebrada.
Henry se giró lentamente.
—Ojalá.
Su tono subió.
—Al menos esas lágrimas tendrían sentido.
La miró con intensidad.
—Maté al doctor.
Sofía sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué…?
—Estás embarazada —continuó él—. Y el tiempo de gestación no coincide con nuestro matrimonio.
Se hizo un silencio denso.
—Lo maté para que no hablara.
Henry desvió la mirada por un instante.
—Aunque el verdadero problema… soy yo.
Volvió a mirarla.
—Tu honor será cuestionado.
La noche anterior
Henry estaba sentado, intentando procesar la noticia.
El alcohol nublaba su mente, pero no lo suficiente como para apagar la furia.
Celos.
Rabia.
Algo más.
El doctor se acercó.
—Marqués… necesito hablar con usted.
Caminaron unos pasos.
El hombre estaba nervioso.
—El embarazo de la marquesa…
Henry lo miró con impaciencia.
—Habla.
—El tiempo no coincide con el matrimonio.
El silencio cayó.
—La dama de compañía confirmó que no hubo indisposición previa.
El doctor dudó un instante.
—Lo siento… pero ese niño no es suyo.
Henry no reaccionó.
—Debo informar al rey —añadió el doctor—. Usted no merece tal traición.
Henry sonrió.
Pero no era una sonrisa amable.
—Si esto llega al rey… mi esposa será destruida.
Se acercó un poco más.
—Acompáñeme.
El doctor negó.
—No puedo ocultar esto. Usted podría convertirse en el hazmerreír de la sociedad.
Henry no cambió su expresión.
—¿No vendrá?
El doctor retrocedió.
Por primera vez, sintió miedo.
—¿Va a aceptar a ese bastardo?
Henry dio un paso.
—No volveré a preguntar.
El hombre siguió retrocediendo hasta chocar con la pared.
El aire se volvió pesado.
Irrespirable.
—No manche la pared —dijo Henry con frialdad.
El doctor apenas pudo reaccionar.
La espada brilló.
Un solo movimiento.
La sangre salpicó.
El cuerpo cayó.
Henry ni siquiera pestañeó.
Miró a su hombre de confianza.
—Hazlo desaparecer.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta.
Y caminó hacia la habitación.