Henry se encontraba sentado en su escritorio, en completo silencio.
Esperaba.
Sabía lo que venía.
El asesinato del doctor imperial no quedaría impune, no importaba quién fuera él.
Un golpe seco en la puerta.
Los guardias entraron sin pedir permiso.
No opuso resistencia.
Extendió las manos.
Las esposas cerraron sobre sus muñecas.
Se levantó sin decir una sola palabra.
Y caminó.
El eco de sus pasos en el largo pasillo resonaba con fuerza.
Uno.
Otro.
Uno más.
Cada sonido…
Lo arrastraba al pasado.
14 años atrás
Henry había partido.
Apenas un niño.
Pero con una decisión firme.
Había sido enviado junto a un grupo de jóvenes para ser entrenados como futuros guardias imperiales.
Dejar a su familia no fue fácil.
Pero no era eso lo que más le dolía.
Era otra cosa.
Alguien.
Alguien a quien no había podido proteger.
Ese fracaso lo perseguía.
Y lo impulsaba.
—Debo volver más fuerte… —se repetía—. Esta vez… no fallaré.
Los entrenamientos eran brutales.
Exigentes.
Desgastantes.
Muchos abandonaban.
Otros caían.
Pero Henry no.
Cada golpe, cada caída, cada herida…
Lo acercaban más a su objetivo.
Convertirse en el mejor.
Aquella mañana fue llamado.
El rey quería verlo.
Henry caminó detrás de los guardias imperiales.
Había visto al rey de lejos en varias ocasiones, observando los entrenamientos.
Pero nunca había estado frente a él.
Hasta ahora.
Al entrar, se encontró con el rey.
A su lado, sus guardias personales.
Y un hombre más.
Familiar.
—Tú eres el joven Castellar Davies —dijo el rey.
Henry se inclinó en señal de respeto.
—No estés nervioso. Acércate.
—Sí, su majestad. Soy Henry Liam Castellar Davies.
El rey le indicó que se sentara.
Henry obedeció.
—Te he estado observando —continuó el rey—. Eres joven… pero muy hábil.
Hizo una pausa.
Lo examinó con atención.
—El doctor me ha informado que tienes un cuerpo fuerte y saludable. Tus instructores dicen que eres inteligente.
Otra pausa.
Más intensa.
—Has superado a Adriano Amato.
El nombre quedó suspendido en el aire.
—Y él… es de categoría dos.
Henry levantó la mirada.
Sus ojos se cruzaron con los del doctor.
Y ahí estaba.
El odio.
Puro.
Ardiendo.
Su hijo llevaba años entrenando.
Y un niño… en apenas meses… lo había superado.
Ese fue el inicio.
De una rivalidad silenciosa.
Pero mortal.
Presente
Los pasos continuaban.
El pasillo parecía no tener fin.
Las cadenas en sus muñecas sonaban con cada movimiento.
Pero Henry no estaba allí.
Su mente…
Había retrocedido aún más.
10 años atrás
La guerra había comenzado.
El estruendo de las bombas marcaba el inicio de un infierno.
Henry fue asignado a un ejército.
Bajo el mando de uno de los generales más reconocidos del reino.
Moreau.
Ya no era un aprendiz.
Ya no era un mensajero.
Ahora…
Era un soldado.
Un arma.
Y sabía lo que eso implicaba.
Las balas que disparara…
Matarían.
Pero Henry ya no era el niño que había salido de casa con miedo.
Había cambiado.
Mucho.
Demasiado.
Entre los soldados comenzó a ser conocido por un nombre.
“El soldado de sangre fría”.
No dudaba.
No temblaba.
No sentía.
Podía matar a cualquiera sin piedad.
Y eso…
Le daba ventaja.
Lo que más alimentaba su orgullo era haber sido elegido directamente por el general Moreau.
A diferencia de Adriano Amato.
Quien había tenido que ser recomendado por su padre.
Eso… marcaba una diferencia.
Una que Henry jamás olvidaría.
Pero esa admiración…
No duró.
Con el tiempo, algo cambió.
Moreau comenzó a apropiarse de sus estrategias.
De sus planes.
De sus ideas.
Victorias que debían ser de Henry…
Pasaban a manos del general.
Al principio, lo soportó.
Luego… lo entendió.
Y finalmente…
Lo odió.
Dos años más.
Dos años viendo cómo le robaban todo.
Hasta que no pudo más.
Se rebeló.
Y ese fue su error.
Fue arrestado.
Encadenado.
Aislado.
La excusa fue simple.
—La guerra lo ha vuelto inestable.
Lo trataron como a un loco.
Como a un peligro.
Un mes.
Un mes encerrado.
Hasta que el destino intervino.
El campamento fue bombardeado.
Caos.
Gritos.
Fuego.
Muerte.
Tres soldados murieron.
Uno de ellos…
Adriano Amato.
Los sobrevivientes fueron trasladados a un refugio.
Semanas después…
El rey llegó.
El doctor Amato corrió hacia él.
Esperando consuelo.
Esperando humanidad.
Pero no la recibió.
—Mis condolencias.
Frío.
Vacío.
Sin emoción.
El rey no se detuvo.
Caminó directamente hacia Moreau.
Y lo golpeó.
—Te confié a uno de mis mejores soldados… y lo encuentro encadenado.
Moreau intentó sostenerle la mirada.
Error.
Otro golpe.
En ese instante…
Todo cambió.
El general…
Y el doctor…
Lo entendieron.
Henry no era un simple soldado.
Era intocable.
El protegido del rey.
Y eso…
Lo convertía en un enemigo.
La furia creció.
Silenciosa.
Peligrosa.
Y tomaron una decisión.
Eliminarlo.
El veneno fue administrado con cuidado.
Sin errores.
Sin testigos.
Henry sintió su cuerpo fallar.
El aire no entraba.
Sus músculos no respondían.
El mundo se volvía oscuro.
Pesado.
Lejano.
Por primera vez…
Sintió la muerte cerca.
Real.
Inevitable.
Pero lo que más le dolía…
No era morir.
Era otra cosa.
No volver a verla.
A aquella persona.
La única…
Que había logrado tocar algo dentro de él.