Dicen que cuando estás por morir ves pasar toda tu vida delante de tus ojos, pero Henry solo podía ver a su amada.
Los recuerdos se repetían una y otra vez en su mente: el momento en que la conoció, la primera sonrisa que ella le regaló, aquel beso inocente que le robó sin previo aviso… y, sobre todo, la primera vez que la vio sufrir. Ese instante marcó su vida, haciéndole entender que solo él podía protegerla, aunque eso le costara su propia vida.
Pero en ese momento estaba muriendo.
Y, a pesar de que su cuerpo no reaccionaba y su respiración se volvía cada vez más dificultosa, lo que más lo destruía no era el dolor físico… sino saber que no volvería a verla.
Que le había fallado.
Recordó la voz de Harry, su mejor amigo, aquel que había conocido en el barco rumbo a los entrenamientos y con quien había formado una amistad inquebrantable. Podía escucharlo decirle que fuera fuerte… pero también su grito desesperado pidiendo ayuda al ver cómo la vida de Henry se apagaba frente a sus ojos.
Entonces, su mente volvió a aquel pasillo.
Largo.
Interminable.
Frío.
A diferencia de su vida, que comenzaba a extinguirse poco a poco.
No sabía a dónde lo llevaban, pero en su mente eso solo podía significar una cosa: estaba muriendo.
Cerró los ojos.
Y, en la oscuridad, volvió a ver los ojos de su amada.
Después… nada.
Su cuerpo comenzó a arder como si las llamas lo envolvieran por completo, consumiéndolo sin piedad. El dolor era insoportable, brutal, imposible de soportar. Pero, de pronto, todo cambió.
El fuego desapareció.
Y fue reemplazado por un frío extremo.
Tan intenso que le robó el aliento.
Abrió los ojos de golpe, asustado, convencido de que ya estaba muerto.
Pero no.
Seguía vivo.
Y la primera persona que vio fue a Harry.
—¡Henry! —gritó desesperado.
La puerta se abrió de inmediato, dejando entrar al doctor y al rey.
—Creí que habías muerto, amigo… —dijo Harry, completamente aliviado, abrazándolo con fuerza.
Henry permanecía atónito, confundido, atrapado entre la vida y la muerte.
Días después, cuando logró recuperarse lo suficiente, supo la verdad: alguien lo había envenenado y estuvo al borde de la muerte. Pero lo peor era no saber quién había intentado matarlo… o eso creyó en ese momento.
Presente
El rey mantenía su sonrisa tranquila.
Henry levantó la mano, mostrando las esposas.
Miró al guardia que se las había colocado y, con un leve movimiento de cabeza, le dio a entender que debía quitárselas.
—Me molesta que no sepas acatar mis órdenes —dijo el rey con calma.
—Se olvida que no soy uno de sus sirvientes, padre —habló Henry mientras le retiraban las esposas.
3 años atrás
Henry se encontraba sentado en su despacho, terminando de revisar unos papeles antes de partir hacia su ciudad natal.
Las risas de Harry y Einar no le permitían concentrarse, y eso lo irritaba profundamente.
—Harry, ¿entregaste los informes de los soldados?
—Sí, señor —contestó, poniéndose firme.
—¿Verificaste que cada soldado esté rumbo a su hogar?
—Sí, señor.
—También…
—¡Por favor, Henry! Deja al pobre Harry descansar —interrumpió Einar.
Henry alzó la mirada, molesto.
—No quiero que mi soldado sea igual de holgazán que el príncipe de este imperio.
Sonrió con ironía.
—Que lo único que sabe hacer es acomodarse su coronita como si fuera un bonete de payaso para lucirse ante la alta sociedad… y que se rían de él.
—Pero qué bien le queda la corona al payaso del príncipe —respondió Einar con una gran sonrisa.
Después de que Henry fuera protegido por el rey, su relación con el príncipe cambió. Con el tiempo, formaron una amistad tan fuerte que parecían hermanos.
Presente
Henry se sentó en uno de los sillones frente al rey y apoyó los pies sobre la pequeña mesa.
Comenzó a masajear sus muñecas, aún adoloridas por las esposas, exagerando apenas el gesto.
—Has hecho cosas peores con esas manos… y más dolorosas —dijo el rey con frialdad.
Henry no respondió.
—¿O quieres que te recuerde? —continuó—. Con ellas pagaste por una esposa, compraste el silencio de tu suegro para ocultar la investigación sobre la familia de Raphael… hiciste que traicionara a su mejor amigo.
El rey lo miró fijamente.
—Y mataste personas sin piedad, sin importar si eran inocentes o no.
3 años atrás
Henry bajó de su carruaje frente a la mansión familiar.
La noche estaba llena de luces, música y movimiento. Su familia se preparaba para asistir a una fiesta.
—¿Hijo? —preguntó Joanne, sorprendida al verlo después de tanto tiempo.
—Creo que llegué en un mal momento.
—No, no —respondió ella con rapidez—. ¿Por qué no te refrescas y te arreglas? Hoy Vicente celebra los quince años de su hija.
Henry guardó silencio.
Odiaba los eventos sociales.
Pero no asistir llamaría demasiado la atención.
Además…
Había algo más.
Hacía mucho tiempo que no la veía.
Y aunque no podía acercarse como deseaba, al menos podría observarla desde lejos.
La llegada de Henry dio mucho de qué hablar. Su reputación como el favorito del rey lo precedía.
Pero él no prestaba atención a nada de eso.
Hasta que la vio.
En uno de los rincones del salón.
Su corazón comenzó a latir con fuerza, demasiado rápido, y los nervios se apoderaron de él. Sonrió para sí mismo, sorprendido, ya que nunca se había sentido así desde que era un simple soldado.
Pero con solo mirarla, su cuerpo le fallaba.
Comenzó a acercarse lentamente hacia ella, sin apartar la mirada.
Pero, como si le hubieran arrojado un balde de agua fría, se detuvo.
Vio cómo un hombre se acercaba a ella y le regalaba una sonrisa demasiado cercana.
Y en ese instante… algo dentro de Henry cambió.