Sofía y El General

Mañana Gris

Los hermosos días de calor habían llegado rápidamente. Las flores del jardín se encontraban en su máximo esplendor, bellas y coloridas, como si la vida misma se aferrara a mostrarse radiante. Sin embargo, aquella luz que emanaba de ellas no lograba alcanzar a Jazmín.
Ese día era diferente a los demás.
No había calidez, no había tranquilidad… solo una oscuridad silenciosa que la llenaba de una nostalgia pesada, difícil de explicar. Como todas las mañanas, desayunaba junto a su esposo mientras hablaban de la situación del reino, algo que se había vuelto habitual en aquellos tiempos de guerra. Pero, por primera vez, aquellas palabras no lograban llegar a sus oídos.
Había algo.
Una sensación extraña.
Esa inquietud que aparece cuando sabes que algo está por suceder… o peor aún, que ya sucedió y solo falta que alguien lo confirme.
No fue hasta que una empleada irrumpió en el salón, con el rostro pálido y la voz temblorosa, que todo se detuvo.
—Ha llegado su yerno, el general Castellar Davies… acompañado por soldados del rey.
La taza de café cayó de las manos de Jazmín.
Se estrelló contra el suelo.
Al mismo tiempo, las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro sin que pudiera detenerlas.
Porque en ese instante… lo supo.
¿Cómo se explica el dolor de una madre al perder a su hija?
¿Cómo podía Henry mirarla a los ojos después de lo ocurrido?
¿Cómo había permitido ella misma que su hija se casara con ese hombre… y se la llevara lejos?
¿Por qué el egoísmo, los celos… y la frialdad de ese hombre eran tan grandes que ni siquiera podía derramar una lágrima mientras anunciaba la muerte de la mujer que llevaba su apellido… y que le había dado una hija?
Ese día, Jazmín conoció el odio.
Envuelta en delicadas telas blancas, una pequeña niña descansaba en brazos de una de las sirvientas. Era diminuta, frágil… con rasgos tan similares a Sofía que dolía mirarla.
Una vida nueva… nacida del dolor.
Henry avanzó unos pasos y, por primera vez, habló.
—Ella es Luz Sofía.
Se detuvo.
Miró a Jazmín directamente a los ojos.
—Te la entrego… para que sea criada de la misma manera que Sofía.
El silencio fue pesado.
Denso.
Jazmín sintió el impulso de abofetearlo.
—Sé que en tus manos estará mejor que en las mías.
—¿Quiere decir que abandonarás a tu hija… como lo hiciste con su madre? —preguntó Jazmín, con la voz cargada de desprecio.
—No, Jazmín —respondió Henry con frialdad—. La estoy salvando… del demonio en el que me convertiré al salir de aquí.
Luego, sacó una pequeña caja y la colocó en la mesa.
Dentro había una medalla y una banda con el símbolo del reino.
Los soldados se cuadraron de inmediato.
Henry, con dificultad debido a su pierna herida, se arrodilló.
—Le hago entrega de la medalla de honor… a un soldado caído.
Su voz no tembló.
Pero sus ojos… estaban vacíos.
—Y juro que traeré el corazón del general Raphael Moreau… el responsable del ataque… y de la muerte de la marquesa Castellar Davies.
Levantó el rostro.
Miró a Jazmín… y luego a Vicente.
—También juro… no volver a pisar esta mansión hasta cumplir mi promesa.
—¿Y si no la cumples, Henry? —preguntó Jazmín, sin apartar la mirada.
Por un instante, el aire se volvió pesado.
La expresión de Henry se oscureció… volviéndose casi irreconocible.
—Si no cumplo mi promesa… —dijo lentamente— yo mismo pondré un arma en mi cabeza… y me mataré como el cobarde que fui con Sofía.
6 años después
Entre cantos y risas, una pequeña niña de cinco años bajaba las escaleras corriendo.
Su cabello oscuro caía como la noche sobre sus hombros, y sus ojos verdes brillaban con una intensidad imposible de ignorar.
Era imposible no verla… y no recordar.
Vestida apenas con una prenda ligera, bajó de un salto los últimos escalones, haciendo que los empleados palidecieran.
—¡Mi niña, no haga eso! ¡Puede lastimarse! —dijo una de las sirvientas, apresurada.
—¡¡NO!! —gritó la niña, cruzándose de brazos—. ¡Quiero ponerme el vestido nuevo que mi papito me regaló!
—Mi niña… ese vestido fue enviado por su padre para su cumpleaños…
—¡¡NOOO!!
Salió corriendo hacia el jardín.
—¡Abuelita! ¡Abuelita!
Jazmín levantó la mirada.
—Luz… ¿por qué no estás vestida?
—Quiero usar el vestido que me regaló mi papito.
—Te dije que ese vestido es para tu cumpleaños.
La niña frunció el ceño.
—Entonces escríbele… para que me traiga otro cuando venga.
Silencio.
—Luz… no lo repetiré. Ve a cambiarte.
Después de unos segundos de desafío silencioso, la niña bajó la mirada… y obedeció, marchándose con la sirvienta.
Cuando quedaron solos, Jazmín tomó la carta que había ocultado bajo la servilleta.
—Han pasado casi seis años… desde que nos dejó a la niña —dijo, con amargura—. La dejó como si no fuera nada.
Tomó un sorbo de té.
—Envía regalos… cartas… informes sobre las haciendas… pero nunca pregunta por ella.
Su voz se quebró apenas.
—Ni siquiera ha dicho cuándo vendrá a verla.
Vicente tomó su mano, arrepentido.
Cada decisión… cada silencio… los había llevado hasta ese punto.
Habían perdido a su hija.
Y su nieta… aunque no estuviera sola, crecía sin padres.
—Eso no es lo peor —continuó Jazmín, recuperando la compostura—. ¿Respondió el señor Barcaguia?
Vicente suspiró.
—Dice que aquí es imposible tratar esa enfermedad… que tal vez en el reino encontremos una solución.
Hizo una pausa.
—Pero el especialista… es casi imposible de contactar.
El silencio volvió a instalarse.
Pesado.
Gris.
Como aquella mañana… que nunca terminó de iluminarse.




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