Al mes de su llegada, Luz comenzó a levantar mucha temperatura. Quizás era por la ausencia de aquellos seres que debían protegerla… o tal vez porque aún era demasiado pequeña y frágil para soportar tanto dolor acumulado en tan poco tiempo.
Vicente sabía que aquella niña debía estar con su padre tras la pérdida de su madre.
Pero también sabía algo peor.
Que al lado de Henry… podía terminar igual que Sofía.
Luz había crecido convirtiéndose en la viva imagen de su madre. Trepaba árboles sin miedo, corría descalza por el jardín, vestía con ligereza sin preocuparse por las normas. Era libre… demasiado libre para el mundo en el que vivía.
Y aunque Vicente intentaba convencerse de que aún era solo una niña…
Una noche, todo cambió.
Vicente observaba al doctor en silencio.
Aquella expresión… no era normal.
Había visto ese rostro antes.
Y siempre traía malas noticias.
El doctor apoyó una mano sobre su hombro, y sin necesidad de muchas palabras, lo entendió todo.
Su pequeña estaba gravemente enferma.
Y quizás… la perderían.
El mundo se detuvo.
Horas después, encerrado en su despacho, Vicente lloró como no lo había hecho en años. Ya había perdido a Sofía… y ahora la vida parecía querer arrebatarle también a Luz.
—¡No…! —susurró con desesperación—. No puedo perderla…
No otra vez.
Papel y pluma.
Eso era lo único que necesitaba.
Porque si había una mínima posibilidad de salvarla… estaba dispuesto a humillarse, a suplicar… incluso a recurrir al hombre que más detestaba.
EL IMPERIO
Henry observaba los papeles sobre su escritorio.
Montañas de informes.
Nombres.
Estrategias.
Movimientos.
Tenía el poder del imperio en sus manos. Tenía hombres infiltrados en territorio enemigo, redes de información, soldados dispuestos a morir por él.
Y aun así…
No sabía nada de Raphael.
Era como si la tierra se lo hubiese tragado.
Como si el mundo mismo lo protegiera.
Y con él… su venganza.
Venganza.
La única palabra que lo había mantenido con vida todos esos años.
Venganza al despertar.
Venganza al respirar.
Venganza al recordar que, al girar en la cama, ya no estaba ella.
Venganza en aquella habitación fría y vacía que nunca volvió a sentirse como un hogar.
Venganza en los sueños… donde aún podía abrazarla, besarla, sentirla. Donde Sofía seguía siendo suya, donde el tiempo no existía y la muerte no la había arrebatado de sus brazos.
Venganza…
Y el dolor insoportable de despertar.
De abrir los ojos y comprender que estaba solo.
Siempre solo.
Sus manos se tensaron al leer la carta que sostenía.
Arrugó el papel con fuerza.
Porque ahora no solo perdería su venganza…
Podía perder a su hija.
Salió de su despacho con pasos firmes, dando órdenes sin detenerse. Su tono de voz era suficiente para que todos entendieran que algo grave estaba ocurriendo.
Harry lo alcanzó rápidamente.
—Henry, ¿qué sucede?
—Necesito que ubiques a Taylor con urgencia.
—Hace unos días que no se sabe nada de él.
Henry se detuvo en seco.
—¿Cómo es posible que un general de su rango desaparezca sin dejar rastro?
—Ya envié hombres a buscarlo.
—Debo partir —continuó caminando—. Luz no está bien. Debo traerla conmigo.
Harry dudó.
—Déjame ir contigo. Quizás me necesites.
Henry negó levemente y apoyó una mano en su hombro.
—Aquí te necesito más. Solo confío en ti. La desaparición de Taylor… no es normal.
—¿No es normal? —Harry soltó una risa seca—. Hace años que perdió la cordura… y más después de lo de Sofía. Además, se lo merecía por cómo la trató.
Henry no respondió de inmediato.
—Aun así… —dijo finalmente— nunca se ausentó tanto tiempo. Y menos dejando a su esposa sola.
Salieron del castillo.
El aire era pesado.
—Estamos en la etapa final de la guerra, Harry —continuó Henry, girándose para mirarlo—. Y en esta etapa… todos atacan desde las sombras.
Sus ojos se oscurecieron.
—Y yo no creo en casualidades.
PUEBLO
Jazmín observaba a Luz dormir.
Su respiración era débil.
Su piel… demasiado pálida.
Hacía días que no se levantaba de la cama. Los remedios solo lograban mantenerla estable, pero no eran suficientes. Necesitaba tratamiento… y lo necesitaba pronto.
Pero Henry no respondía.
No había señales.
No había noticias.
Nada.
Jazmín salió de la habitación en silencio y se encontró con Vicente subiendo las escaleras. Sus miradas se cruzaron, cargadas de miedo.
Bajaron juntos, tomados de la mano.
Como si el contacto fuera lo único que los mantenía firmes.
El dolor de haber perdido a Sofía regresaba con fuerza… y ahora amenazaba con quitarles lo único que quedaba de ella.
Llegaron al jardín.
Se sentaron.
El silencio los envolvió.
Hasta que una voz rompió todo.
—¿Cómo se encuentra mi hija?
Ambos se levantaron de inmediato.
Ahí estaba.
Cabello suelto.
Traje militar.
Un bastón en su mano derecha.
Y esa mirada…
Fría.
Intacta.
Como si el tiempo no hubiera pasado.
Como si el dolor no existiera.
Henry.
Jazmín sintió cómo las lágrimas caían sin poder detenerlas.
Porque frente a ella no solo estaba el hombre que había destruido a su hija…
Sino también…
El único capaz de salvar a su nieta.