Sol de Medianoche

CAPÍTULO 1

SOL DE MEDIANOCHE

🌙 CAPÍTULO 1 — La intocable

El estruendoso tirirín–tirirín–PUM del viejo despertador de plástico rosa retumbó en la habitación. Era una de las pocas cosas que Ali conservaba desde su cambio de secundaria.

Bostezó con ganas, aún enterrada entre las sábanas.

Otro día más.

Se levantó, se aseó y empezó su ritual: delineado negro, sombras oscuras, labial negro… y lentes de contacto con chispitas que dejaban sus ojos azules como una noche estrellada.

El uniforme escolar no combinaba con su estética, pero eso no era problema. Ali lo había adaptado a su estética poniendo un candado en los cordones de su zapato derecho y unas cadenas que parecían puas en los hombros de su chaqueta. Ni el maquillaje ni la modificación del uniforme, estaba permitido, pero para ella, las reglas siempre se volvían borrosas.

Al bajar, su padre movió la cabeza con resignación.

—¿Otra vez vas a ir maquillada así?

—Déjala —respondió su madre sin despegarse del celular—. Es su forma de expresarse, ¿verdad, hijita?

Ali no respondió. Tampoco lo necesitaba.

—Parece una bruja —canturreó su hermano menor, Theo, con una sonrisa traviesa.

Solo una mirada de Ali bastó para que el niño se callara de inmediato.

—No molestes a tu hermana —bufó su padre, señalándolo con el dedo—. Y tú, jovencita… algún día esa suerte tuya en la escuela se va a acabar.

-Suerte- repitió ella como autómata pasando a mirar fijamente a su padre. Si había algo de lo que Ali carecía, era de suerte.

Tomó su mochila y salió sin despedirse.

El cielo de la mañana tenía una claridad que contrastaba con la apariencia lúgubre de Ali. Frente a ella, la fachada enorme del secundario, brillaba como si intentara intimidarla. No lo lograba.

Ali caminó directo al vetusto árbol que siempre usaba para refugiarse antes del timbre. Ahí nadie la molestaba. La mayoría mantenía una distancia prudencial: suficiente para observarla, jamás para acercarse.

Sin embargo, ese día algo pareció romper el equilibrio al que ella tanto estaba acostumbrada. Ese día ingresarían dos estudiantes nuevos, y eso nunca pasaba desapercibido en una secundaria de elite como la Holly Valley.

De hecho, el director había organizado una tarde de confraternización para darle la bienvenida a los recién llegados que por entrar a mitad de año, seguramente iban a sentirse fuera de lugar.

Ali ni siquiera lo dudó, no había ido a su propia confraternización, menos iría a la de dos desconocidos.

Para ella, parecía regir una especie de acuerdo no escrito:

No intervenir cuando molestaban a alguien.

No ser molestada.

Punto final.

Era un equilibrio extraño, pero funcionaba.

Ese día, sin embargo, algo ya se sentía fuera de lugar. Había carteles de colores pegados en las paredes del hall principal: Bienvenidos estudiantes de intercambio. Fotos, globos, dibujos… parecía un festival infantil.

Ali hizo una mueca involuntaria con la boca y frunció el ceño. Todo se veía demasiado feliz. Demasiado… artificial.

Ella pasó entre los otros estudiantes que no paraban de cuchichear: “Llegan dos nuevos”, “dicen que son hermosos”, “uno es un niño genio”, “Ojalá estén en nuestra clase”, “esta tarde habrá una confraternizacion”.

Ali caminó hacia su casillero cuando un ruido seco la hizo regresar a la realidad. Un chico pequeño, con lentes torcidos y una mochila demasiado grande para él, cayó frente a sus pies tras un empujón que lo lanzó como un juguete de lata.

—Ayúdame… —sollozó haciendo un puchero y aferrándose al tobillo de Ali.

Por un instante, por menos de un pestañeo, un brillo de preocupación cruzó sus ojos. Nadie lo notó.

Ali se inclinó, pero solo para apartarlo de su pierna y seguir caminando.

—Vamos, levantate, nerd —gruñó uno de los bullies, tomándolo por la solapa para continuar con la “bienvenida”.

—Que sea la última vez —dijo Ali sin mirar atrás—. Detesto llegar tarde.

No era un aviso, era una órden y todos en ese pasillo lo entendió

El chico volvió a ser arrastrado y Ali siguió adelante como si nada. Los gritos crecieron a sus espaldas, pero se ahogaron apenas volteó la cabeza.

Al fin y al cabo, la vida no es un parque de diversiones, y si uno no se adapta, el más fuerte te devora. Pensó sin dale más vueltas al asunto.




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