La decisión estaba tomada. El aire de la ciudad, con sus luces y su bullicio, comenzaba a sentirse restrictivo ante la llamada de lo desconocido. Leo y Valeria, con una mezcla de emoción y aprensión, prepararon todo para su incursión en las afueras. Leo empacó una mochila con equipo de exploración básico: linternas, un kit de primeros auxilios, agua y algunos bocadillos energéticos. Valeria, con su instinto práctico, se aseguró de tener mapas detallados de la zona y un dispositivo de comunicación fiable.
La noche previa a su partida, la tensión era palpable. Se encontraron en "El Refugio", no solo para compartir la emoción del momento, sino también para reafirmar su conexión. La atracción que sentían se manifestaba ahora en una intimidad aún más profunda, un refugio seguro antes de adentrarse en lo incierto. Se miraron a los ojos, reconociendo el valor que cada uno aportaba a esta aventura.
—¿Estás segura de esto, Valeria? —preguntó Leo, su voz teñida de una preocupación genuina.
Valeria tomó su mano, apretándola con firmeza. —Tan segura como puedo estarlo. No podemos quedarnos con la duda, Leo. Y sé que juntos, podemos enfrentar lo que sea. Además, mi instinto me dice que esto es importante.
Leo asintió, sintiendo una corriente de gratitud y admiración por la fortaleza de Valeria. —Confío en tu instinto. Y confío en nosotros.
Al amanecer, partieron. El viaje fue largo, saliendo de la ciudad y adentrándose en paisajes cada vez más salvajes. El asfalto dio paso a caminos de tierra, y los edificios a árboles imponentes y un cielo vasto. La conversación fluía entre ellos, un torrente de teorías, esperanzas y el reconocimiento mutuo de la magnitud de lo que estaban haciendo. La atracción física, siempre presente, se sentía ahora como una fuerza que los impulsaba hacia adelante, un recordatorio constante de la profunda conexión que los unía.
A medida que se acercaban a las coordenadas, el paisaje se volvía más agreste. El aire se sentía diferente, cargado de una energía ancestral. Finalmente, llegaron a un punto donde el camino vehicular terminaba, y solo un sendero apenas visible se perdía entre la vegetación densa.
—Según el mapa, las ruinas deberían estar por aquí —dijo Valeria, consultando su dispositivo.
Descendieron del vehículo y comenzaron a caminar. El sendero era estrecho y cubierto de hojarasca. El silencio solo era interrumpido por el canto de los pájaros y el crujido de las ramas bajo sus pies. La atmósfera se volvía más misteriosa con cada paso. Leo sentía una extraña familiaridad con el lugar, como si una parte de él ya lo hubiera conocido.
De repente, Valeria se detuvo. —Mira.
Entre los árboles, se divisaban unas estructuras de piedra cubiertas de musgo y enredaderas. Eran los restos de construcciones antiguas, vestigios de una civilización olvidada. El aire a su alrededor parecía vibrar con una energía latente.
—Hemos llegado —susurró Leo, sus ojos fijos en las ruinas. La atracción que sentían el uno por el otro se sentía ahora multiplicada por la anticipación de lo que podrían encontrar allí. Era un lugar cargado de secretos, y ellos estaban a punto de desenterrarlos.