Sólo Nosotros

Capítulo 9

Capítulo 9

Alex

 

¡Hola! —grito al entrar a casa, hablando español. Mamá odia que hablemos inglés dentro de la casa, le parece algo innecesario.

Todos mis hermanos y yo, pese a que nacimos en Estados Unidos, hablamos español perfectamente. Mamá y papá se encargaron de que aprendiéramos y me alegra haberlo hecho. Respeto mis raíces y no me gusta parecer un gringo más cuando visitamos Venezuela.

¡Alex, qué bueno que vienes! —chilla mamá al verme entrar a la sala—. Iba a llamarte hoy.

¿Por qué?

Alza una ceja, frunciendo los labios.

Estamos susceptibles hoy, por lo que veo.

¿No puedo llamarte para hablar contigo? —increpa, llevándose las manos a la cintura—. Eres mi hijo, tengo derecho a saber de ti.

Quisiera rodar los ojos por su dramatismo, pero me ganaría una paliza de su parte.

Es que lo dices como si me ibas a decir algo más, mamá, por eso te pregunto.

Camino hacia el sofá más cercano y me siento bajo su atenta mirada, su expresión indica que camino en la cuerda floja.

Suelta un suspiro luego de unos segundos y se sienta a mi lado.

La familia de Paola viene dentro de una semana y tu hermano quiere que salgas con ellos los días antes de la boda. Tú sabes, para llevarlos a conocer la ciudad y eso.

¿A los suegros también?

Mamá asiente.

A todos los que vienen.

Bueno, está bien. —Me levanto y voy a la cocina por un vaso de agua, pero veo que hay limonada y aprovecho a tomar un poco—. ¿Puedo llevar a mis amigos conmigo?

Yo prefiero que le preguntes a tu hermano, no vaya a ser que la familia de Paola no le caigan bien tus amigos —responde desde la sala y agrega—. A quien sí te agradezco que no lleves es a esa novia tuya.

Aprovechando que estoy fuera de su vista, ruedo los ojos. Regreso a la sala justo para ver a mi papá entrar.

¡Hijo! —Exclama al verme—. Tiempo que no te veía, mi muchacho.

Nos encontramos en medio de la sala y nos damos un abrazo. Tiene razón, debo visitarlos más seguido, hace varios días que no los veía ni hablaba con ellos.

¿Cómo estás, papá?

Bien, gracias a Dios. —Se sienta al lado de mamá y suelta el aliento, posando una mano en la barriga que le ha crecido—. ¿Te dijo tu mamá lo que dejó dicho tu hermano?

Sí, me está contando. —Tomo de asiento el sillón más cercano y le doy un trago a mi limonada—. Y, mamá, ¿se puede saber por qué no quieres que lleve a Cara?

Mamá hace una mueca desdeñosa, evitando mirarme.

Disculpa mi franqueza, yo sé que es tu vida y yo no tengo que meterme, pero esa niña no me cae bien, Alexander.

Podría ofenderme, pero no es la primera vez que lo dice ni será la última.

Pero, amor, ¿qué te hizo esa muchacha? —interviene papá, diciendo en voz alta justo lo que pienso.

A mí, nada, pero hay gente que uno no pasa ni con agua sin necesidad de que te hayan hecho algo malo  —se excusa—. Yo sé que tú, Alex, has dicho que ella no es mala persona y yo te creo, pero no la paso. Es cuestión de instinto materno, nada más. —Papá pone los ojos en blanco, apoyándose en el respaldo del sofá—. Ella a mí me caía bien cuando la trajiste el día de tu cumpleaños hasta que sacó las garras, porque ahí donde la ves calladita, esa es una tigresa. —Alza un dedo, empezando a enumerar las cosas que hizo Cara ese día—. No te dejó bailar con tus primas, no quería que te le quitaras de un lado, no habló con nadie que no fueras tú, no quiso hacer el esfuerzo de conocer a tu familia, a tu hermana le respondió feo cuando le preguntó qué carrera había estudiado, no tiene trabajo y yo entiendo que es porque la abuelita está enferma, pero una no puede esperar que los demás la mantengan toda la vida, ella tiene que ver qué hace.

Yo no me puedo meter en eso, mamá —replico.

Sí, deja que te monte la pata en el pescuezo. Esa está esperando a que tú la mantengas y así vive su vida relajada. Y de paso —agrega—, controlándote, porque se le nota que es una controladora de primera.

¿Y tú cómo sabes eso, Carmen? —pregunta mi papá y mamá lo mira como si fuese obvia la respuesta.

Bueno, la última vez que Alex vino lo llamó como tres veces en quince minutos. —Palmea sus piernas, exasperada—. Como que si Alex se le fuera a perder. —Me mira—. Ni yo hago eso con tu papá y eso que estamos casados. —Vuelve a mirar a papá—. Imagina, José, que yo te llamara cada cinco minutos para saber qué haces y con quién estás. —Sacude la cabeza, negando—. ¡No, chico! Esas son cosas que después te hartan y lo que te va a provocar es mandarla para el carrizo.



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En el texto hay: pasado, romance, amistad

Editado: 15.02.2022

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