Capítulo 12
Jazmine
La novia del hermano de Alex es un amor de persona, y su hermana también. Las que parecen no quererme ni un tantito son las primas. Creí que se debía a que no hablan inglés, pero las escuché haciéndolo entre ellas, en voz alta para que yo las escuchara. Paola me dijo que las ignorara y eso hice, me creo con la madurez suficiente para dejar pasar esas niñerías.
Alex y su hermano compran las entradas de todos y luego nos hacen subir en el ascensor hasta el piso 103 del edificio Willis. Intento ocultar mis nervios, pero es casi imposible cuando voy a subir a una superficie de vidrio en donde puedo ver la ciudad de una altura de 412 metros.
Le tengo miedo a las alturas, me dan vértigos. Subir a ese lugar es enfrentarme a mi miedo. Vine a este sitio cuando era una adolescente, con mi tía Karen, mi papá y Rose, y en esa ocasión estuve aferrada a papá todo el rato. Ahora no hay nadie que me sostenga, tendré que hacerlo sola, pero me niego a demostrar debilidad.
Tomo respiraciones profundas a medida que veo los números del panel cambiar. Alex nota mi nerviosismo y se acerca a mí, su ceño fruncido de preocupación.
—¿Te pasa algo? —Sacudo la cabeza, negando. Por su mirada sé que no me cree y que va a insistir—. ¿Estás segura?
—Sí —musito y aparto la mirada. No quiero que note mi miedo y para que eso pase debo ponerme a la defensiva.
Alex se queda en silencio, observándome, y así transcurre todo el camino hacia arriba. Me pone más nerviosa tener toda su atención, me siento analizada. Alex es del tipo de persona que ve más allá de lo que escondemos, no tardará en darse cuenta de lo que pasa.
Al llegar al piso, el ascensor se abre, un grupo de personas esperando del otro lado para bajar. Camino delante de Alex, a un lado de su hermano y su novia. Ella parlotea en español sin cansancio, creo que está hablando con su padre. No creo poder entenderla ni sabiendo hablar el idioma, las palabras salen de su boca a una velocidad alarmante.
Hay una fila de unas 20 personas, tal vez 25, para entrar a las habitaciones de cristal. Las vistas son impresionantes, se ve Chicago en todo su esplendor, y más allá de los rascacielos, el lago Michigan. Es hermoso, no voy a negarlo, pero empiezo a sentir un poco de mareo solo de mirar los ventanales desde la distancia.
Los demás se dispersan, yendo a tomarse fotos en los distintos lugares de la habitación. Hay imágenes de gran tamaño en las paredes que muestran las vistas. Me dirijo allí, dejando para último lo peor. Creo haberme quedado sola hasta que siento una presencia a mi lado. Me giro para ver a Alex, sus ojos al frente, hacia las vistas.
—Le tienes miedo a las alturas.
No es una pregunta, es una afirmación. No puedo negarlo, ya se ha dado cuenta de lo que me pasa.
—¿Soy tan obvia?
—Hay miedos que podemos ocultar, pero hay otros que es imposible hacerlos a un lado.
Suelto un suspiro, sabiéndome atrapada.
—Sí, sufro de vértigo.
Alex me mira, las esquinas de sus ojos arrugadas con preocupación.
—¿Quieres irte?
—No —sale de mi boca sin pensar—, no quiero irme.
Su expresión es de alivio y me regala una sonrisa de esas que me llevan a hacer cosas que no pienso en primer lugar hacer.
—Entonces, vamos a que superes tu miedo.
Me toma del brazo y me empuja hacia adelante, pero yo clavo los pies en el suelo.
—No puedo, no sola.
Sus facciones se suavizan con ternura y quiero golpearme por sonar suplicante.
—No vas a ir sola, yo voy a estar contigo.
Vuelve a empujarme y esta vez me dejo llevar. Ya no hay excusas válidas qué darle.
Paola nos ve acercarnos y agita su mano para que nos juntemos para la foto. Sus primas gruñen, pero todo el mundo las ignora. Nos unimos al resto y fuerzo una sonrisa, que me sale más ligera cuando Alex pone su brazo en mis hombros y lleva más cerca de su cuerpo.
Mi piel hormiguea, y ya no es debido a los nervios, es por su cercanía. Estar tan cerca de su cuerpo siempre me hace reaccionar de la misma manera. Es como si una corriente surcara mi cuerpo, y me gusta la sensación tanto como la odio. Por ello no me permito estar mucho tiempo a su alrededor a menos que estemos a una distancia prudencial.
Paola hace varias fotos y luego se aleja con su padre hacia la fila de los que van a entrar a las habitaciones de cristal. Los demás los siguen.
Alex saca su móvil y me señala el vitral detrás de nosotros.
—Posa para una foto, por favor —pide—. No puedes venir al Skydeck y no tomarte una foto.
—Ya tengo fotos aquí —refuto, pero me paro donde me dice, evitando ver hacia atrás.
—Sonríe —ordena al tiempo que alza el móvil.
Hago todo mi esfuerzo por darle una sonrisa sincera, pero deja de ser difícil cuando me sonríe de vuelta. Hace un par de fotos y luego le pido que pose. Después, nos hacemos unas selfies y me descubro olvidando mi miedo.