Capítulo 13
Alex
El resto se unen a nosotros luego de salir del skydeck. La madre de Paola, los padres de las tres primas con mala cara y la madre del par de adolescentes. Son un grupo bastante grande, a decir verdad, las dos furgonetas van a tope.
La siguiente parada es el crucero arquitectónico. Este crucero cuenta con un viaje de unos 60 a 70 minutos por los tres brazos del río Chicago. Es hermoso, muestra toda la arquitectura emblemática de la ciudad y te puedes tomar unas copas para relajarte. Me gustaba venir aquí a menudo con los chicos, era uno de los lugares turísticos favoritos de Bianca, así como el muelle, pero cuando empezaron sus problemas de adicción eso se acabó. A veces extraño ese tiempo, en el que no teníamos más preocupaciones que ir a la escuela y salirnos de los problemas en los que nos metíamos.
Cuando llegamos al sitio donde empieza el recorrido de los cruceros, Andrés se va directo a las taquillas, esta vez acompañado de Manuel. Él quería pagar mi entrada y la de Jaz, pero no lo acepté. Me gusta pagar lo mío.
Me acerco a ella, observando su cabello moverse con el viento. Es hermosa incluso si no lo quiere. Me coloco a su lado y me dirige una sonrisa. Casi nunca me sonríe, o, al menos, en los últimos dos años no lo ha hecho. Cuando teníamos una relación más estrecha, me daba sonrisitas ocultas y risitas íntimas. Delante de los demás hacía como que no me soportaba o, en el mejor de los casos, como que no existía.
La complejidad de nuestra relación desde que nos conocimos es extensa y cambiante. Aunque el desdén perdura. Puede que haya pasado unos días sin mirarme de mala forma y discutir conmigo, pero no voy a cantar victoria aún y decir que ya hemos limado asperezas. Hay mucho que necesita ser tratado antes de decir que estamos bien.
—¿La estás pasando bien? —pregunto, mirando al frente, a dónde se extiende el río entre los edificios.
—Si no contamos que he tenido que enfrentar una fobia y que las primas de la novia de tu hermano me odian, lo he pasado bien.
Sonrío, percibiendo la broma. Ella nunca admitiría que está disfrutando un día conmigo, pero sé que sí lo hace.
—Me alegra que así sea. —La miro de reojo, justo a tiempo para ver una sonrisa sincera estirar sus labios—. No quiero ser el culpable de que tengas mal día.
Se gira, encarándome.
—Debería agradecerte —confiesa, dejándome sorprendido—. He tenido unos días estresantes y venir hoy con ustedes me ha relajado. Además —sus ojos van hacia el grupo alegre que nos acompaña—, ellos me agradan. Aunque no les entiendo la mitad de lo que dicen.
Suelto una carcajada que llama la atención de algunos de los que nos rodean, pero vuelven a lo suyo rápidamente.
—Y no creo que los entiendas ni aunque sepas hablar español.
Frunce el ceño.
—¿Por qué lo dices?
—Porque una cosa es aprender las palabras en español y otra es aprender las palabras que nos inventamos nosotros los latinos. Incluso entre los diferentes países, que hablamos el mismo idioma, es difícil entendernos.
La comprensión le llega y asiente.
—Igual es un idioma que me gustaría aprender —comenta, girándose de nuevo hacia el río—. Me parece muy bonito y…
Me inclino, buscando su mirada. Ella la aparta.
—¿Y…? —insisto—. ¿Y qué?
Sacude la cabeza, negando.
—Nada, olvidé lo que iba a decir.
Me gustaría seguir pinchándola hasta que complete la frase, pero mi hermano y Manuel regresan y entregan las entradas a cada uno.
Nos dirigimos hacia la fila, pero Andrés nos comunica que ha pagado la entrada más costosa, que nos permite entrar sin hacer fila y tomar algo en el bar a los mayores de 21 años. Nos encaminamos al pequeño muelle y embarcamos, un guía indicando donde está cada espacio y en cuánto tiempo zarparemos. Vamos al bar y pido algo para Jaz y para mí, los demás se niegan a tomar alcohol por la mañana. Admito que no es la hora ideal, pero estamos aquí y necesito una copa para relajarme, y Jaz parece pensar lo mismo. Además, solo será una bebida.
Los observamos subir a tomar los mejores puestos del recorrido, Andrés y Paola prometiendo guardarnos unos lugares. Otras personas se acercan al bar, pero somos los únicos que nos quedamos por más tiempo. Bebo tranquilo, sin prisas. Cuando empiece el recorrido, me apresuraré a ir arriba.
—Así que… —alargo la última vocal, Jazmine me mira—. Soy buen maestro de español. —Ella alza una ceja—. O eso me han dicho.
Eleva la copa, tratando de ocultar la sonrisa que alza las comisuras de su boca.
—Necesito pruebas.
Me apoyo de la barra, el barco meciéndose con el viento leve.
—¿No confías en mi palabra? —pregunto, entrecerrando los ojos, haciéndome el ofendido. Jazmine rueda los ojos.
—Confío, pero no está de más mirar las referencias, así estaré segura de que aprenderé español a la perfección.
—Chica lista. —Le guiño un ojo y bebo un sorbo de mi bebida—. ¿Qué pruebas necesitas para aceptar el trato? ¿Qué alguien más confirme que sé hablar español?