Capítulo 20
Jazmine
Rose me mira desde el otro lado de la habitación, sentada en la cama, con los brazos rodeando sus piernas y la barbilla apoyada de las rodillas. Tiene una mueca de indecisión en la cara, sin saber qué vestido elegir.
—Es que son muy diferentes —se queja.
Alejo ambas prendas de mi cuerpo y les doy un vistazo. Uno es rosa palo, de tirantes, con escote pronunciado y hasta las rodillas; el otro el rojo sangre, sin mangas, escote corazón y largo hasta las pies. En definitiva son un mundo de diferencia, pero son hermosos los dos. Alinna los hizo para mí cuando les dije a ella y a Jordan que iba a la boda del hermano de Alex. Fue un trabajo rápido, pero eficaz. Esa mujer tiene un don.
—¿Cuál es el más indicado para una boda? —intento con otra técnica a ver si así se decide.
—El rojo, es más tu estilo.
Regreso la vista al vestido rojo y lo detallo. Rose tiene razón, es el más indicado para la boda y es de mi estilo. El otro se ve como algo que ella usaría.
Creo que voy obsequiárselo.
—El rojo, entonces.
Entro al clóset y pongo el vestido rojo en la puerta y el otro junto a los demás. Busco unos zapatos a juego, un bolso y un chal y los dejo en la puerta. Les doy una mirada de apreciación y regreso a la habitación.
—¿Irás sola? —pregunta Rose al tiempo que me acuesto a su lado, levantando las sábanas.
—Claro, no es como si pueda extender la invitación a Keith, no creo que sea apropiado.
Tuerce el gesto.
—No, no puedes llevar a Keith, Alex no lo apreciaría.
Me muerdo el labio inferior, ignorando su mirada sugerente.
—No estoy segura de querer continuar con esta conversación.
Rose sonríe.
—Eres una cobarde.
No puedo negar sus palabras, son ciertas de principio a fin.
—Soy cuidadosa —me excuso y Rose niega.
—No, eres cobarde y punto —zanja—. Podrías estar con un chico que te quiere de verdad y que estuvo dispuesto a dejar a su novia por ti, incluso después de lo que le hiciste hace unos años.
—No vamos a discutir esto de nuevo.
—Discutiremos esto hasta que lo entiendas —contradice.
—Lo entiendo, en serio lo hago, solo estoy… pensando.
Rose infla las mejillas y suelta el aire, silbando. Me observa por un minuto entero, analizándome. No está segura de creerme, quiere asegurarse de que estoy diciendo la verdad.
—¿Qué piensas, exactamente? —pregunta poco después, acostándose de costado para mirarme a la cara.
—Qué hacer —contesto, tomando una almohada y apoyando mi mejilla en ella—. Siento cosas por Alex, muchas más que por Keith, pero no es fácil dejar uno para ir con el otro. No quiero tomar decisiones en base a la emoción del momento. Sé que lo que siento por Alex no es algo de ahora, pero ¿y si me arrepiento un día después de haberlo aceptado en mi vida? No sería justo para él.
Rose empieza a trazar la forma de la flor de mi colcha, pensando.
—Eres más sabia que las personas de tu edad, ¿sabes? —comenta segundos después—. No todos piensan que sus acciones pueden afectar a otros.
Extiendo el brazo hasta posar una mano en su cabello y acariciar. Ella busca mi toque como un gato.
Sus palabras me llegan al corazón. He hecho cosas como esta toda mi vida, pensar que las cosas que haga pueden afectar a otros. Aunque me he enfocado en evitar hacerlos sentir a ella, a papá, a la tía Karen e incluso a mamá, mal. A nadie más. Ahora se une Alex. Es lo más justo luego de haberle roto el corazón aquel día en la cafetería de la universidad.
—Vamos a dormir, tienes que ir a clases mañana.
Me levanto para revisar que las luces del apartamento estén apagadas, que las hornillas de la estufa estén cerradas y el seguro en la puerta esté puesto. Cuando regreso a la cama, Rose ha dejado nada más la lámpara de mi lado de la cama encendida y está hecha un ovillo bajo las cobijas.
Pueden cambiar un montón de cosas entre nosotras, puede crecer el doble de mi tamaño si es posible, pero lo que nunca cambiará es que Rose se ponga en posición fetal para dormir y se pague a mi cuerpo buscando calor, cosa que hace nada más me meto a la cama.
Si pudiera detener el tiempo, lo haría cada vez que mi hermana y yo estamos juntas. Son los mejores momentos de mi vida, los que iluminan mis días y me hacen feliz.
Ella es mi expecto patronum.
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Observo mi entorno, sintiéndome extraña, como si no debiera estar aquí, y no entiendo por qué mi cuerpo tiene dicha reacción si he visitado este lugar, por lo menos, dos veces al mes en el último año. Keith y yo nos reunimos aquí casi en cada salida que tenemos. Es, en cierto modo, nuestro lugar. Aunque a veces se me hace tedioso y aburrido.