Capítulo 36
Jazmine
Me sueno la nariz mientras mi hermana me observa con pena. Estaba aquí cuando regresé de la casa de los padres de Alex, parece que mamá le estaba haciendo la vida imposible por no haberle contado de mi relación.
“Relación” puede ser una palabra muy fuerte, no estoy segura de que Alex quiera verme de nuevo después de lo que acabo de hacer.
Dejo el pañuelo descartable sobre la mesita de centro de mi sala y parpadeo, alejando las lágrimas que amenazan con volver a embargarme.
Me siento mal por no haberle dicho a Alex que lo amo de vuelta cuando sé que es así. Sin embargo, no es justo ilusionarlo con algo que puede explotarnos en la cara a ambos. Necesito sanar antes de seguir adelante con lo nuestro, no quiero exponerlo a mis traumas pasados y me niego a ser el motivo por el que su corazón vuelva a romperse. Sé que esta noche lo he lastimado, pero es una herida simple comparada con lo que puede pasar en el futuro.
—No me mires así —le pido a Rose, sollozante.
Mi voz aun tiembla por la cantidad de tiempo que he estado llorando.
—Es que verte así me parte el corazón —se lamenta, dejando el sillón en el que estaba para sentarse a mi lado—. ¿Vas a contarme qué pasó?
Tomando una respiración profunda, empiezo a contarle todo ‒obviando las partes que podrían llevar a preguntas sobre mi infancia‒, desde ese día en que nos encontramos con mamá, todas sus palabras hirientes, hasta hoy, cuando volví a decepcionar a Alex como años atrás. Es una suerte que esta vez estuviésemos solos y no en público.
Para el momento en que termino, estoy llorando de nuevo, con un dolor en mi pecho y sintiéndome la peor persona del mundo.
Rose permanece en silencio, incluso cuando lo único que hago es sollozar. Alzo la cara, mirándola, encontrando que su expresión se ha vuelto amarga, casi asesina.
—No puedes creer lo que dice mamá, tú no estás rota.
—Lo estoy —contradigo—. De no ser así, esto sería más fácil.
Rose se cruza de brazos, una de sus cejas alzada.
—¿Puedes explicarme cómo es que has llegado a esa conclusión? —inquiere—. Sé que mamá es una serpiente, pero siempre he creído que eres inmune a lo que hace y dice.
El nudo en mi garganta crece, sabiendo que he entrado en terreno peligroso. Quiero ser sincera con ella, pero no estoy segura de que sea buena idea.
Rose no es frágil, me recuerda mi consciencia.
Y lo sé, ella es fuerte y ya es una mujer hecha y derecha capaz de razonar por sí misma. No puedo ocultarle mis secretos toda la vida y en este instante creo que es una buena idea. Necesito desahogarme, cosa que solo he podido hacer con Alex en los últimos días y él no está.
Por mi culpa, pero no está.
Estoy loca, es el momento de aceptarlo, de otra manera no hay cómo explicar que le estoy hablando a mi hermana de los maltratos de mi madre hacia mí durante mi infancia. Su cara pasa de curiosa a horrorizada y estupefacta a medida que avanza mi explicación. Al momento en que termino, es ella la que llora. Su pecho sube y baja por su respiración acelerada y sus manos tiemblan.
—¿Por qué no le dijiste a papá? —hipa, tomando un pañuelo descartable de la mesa—. ¿O a la tía Karen? Ellos habrían hecho algo.
—Era una niña, Rose. Le temía, podría haberte hecho lo mismo que me hacía a mí. —Bajo la cabeza, sorbiendo por la nariz—. Además, estaba enojada con ellos por no habernos llevado.
—Si hubieses hablado, podríamos habernos ido con ellos —susurra, más lagrimas cayendo por sus mejillas.
—Ahora lo sé, antes no. —Juego con mis manos, avergonzada por habernos hecho pasar por tanto—. Y creí que era algo evidente, que papá y la tía Karen lo notarían.
Si nota el tono amargo en mis palabras, no lo dice. En su lugar, su ceño se frunce y aparta la mirada.
—Yo… —se detiene y se aclara la garganta, posando sus ojos en la pared del frente—. Creo que lo sospechaba, pero no quería confirmarlo. —Me mira de nuevo, sus ojos llenos de culpa—. En la escuela, cuando estaba en noveno grado, nos dieron una explicación bastante detallada de las reacciones que tienen las personas abusadas. Era por prevención al maltrato, para denunciar si sabíamos de alguien que tuviera estas características. —Suspira—. Una tarde, estábamos en casa las tres, y mamá estaba intentando cocinar para su novio del momento. Recuerdo que estabas sentada en la isla, haciendo tu tarea, ella alzó la mano mientras explicaba algo y tú te estremeciste, como si te prepararas para recibir un golpe. —Sacude la cabeza—. Me dije que eran imaginaciones mías, que mamá podía ser mala, pero no hasta ese nivel.
Empieza a llorar de nuevo, sacudiéndose por el llanto. La abrazo, mi alma partiéndose al verla tan afectada. Ella me abraza de vuelta y empieza a pedir perdón por no haberlo dicho, por no preguntar. La tranquilizo, haciéndole saber que no es su culpa, sino mía por no hablar y de mi madre por ser como es. Cuando acaba de llorar, vuelve a limpiarse los ojos y nariz antes de colocarse de pies.
—Tienes que hablar con alguien —demanda, decidida—. Si no quieres decirle a papá o a la tía Karen, habla con un terapeuta o algo. Pero necesitas hablar de ello con alguien, no es bueno que te lo guardes todo, Jaz.