Capítulo 40
Alex
En sala de espera hay silencio total. Nadie habla más que unos cuantos susurros que solo los entiende la persona que los emite y quien los recibe. No me he sentado desde que llegué y el padre Jaz tampoco lo ha hecho desde que se presentó pocos minutos después de que nosotros llegáramos. Tuve que llamarlo mientras seguíamos a la ambulancia hacia el hospital más cercano, al pobre hombre casi le da un infarto al escucharme. Jaz no hacía más de media hora que los había dejado y ahora está en cirugía por una bala incrustada en su cuerpo.
Como ninguno era familiar directo de Jaz, no pudimos acompañarla en la ambulancia, por lo que Cam, Kurt, Blake y yo vinimos juntos en el auto de Cam. Kurt llamó a mamá Lucy para que fuera a su casa a acompañar a Jordan y cuidar de Bianca. Jordan quería venir, pero estaba cansada y sus pies estaban hinchados. Venir así, a esta hora de la noche, es un esfuerzo descomunal para una embarazada.
Es mi culpa que esto esté pasando. Si no fuese por mis problemas con Danger, esto no habría pasado. Hace mucho que tenía que buscar una solución y ponerle punto y final a esta situación. O, al menos, enfrentar mi destino e ir a hacer una negociación con esos delincuentes.
¡Diablos! Incluso creo que debía aceptar la propuesta de Brody e ir a pedir ayuda de un mafioso.
—¿Cómo fue que pasó esto? —pregunta de nuevo Jhon, el padre de Jaz, aunque ya le he dicho dos veces lo que ocurrió.
—Estábamos hablando…
—No —me interrumpe—, eso no.
Frunzo el ceño, pero me recorre el miedo, sabiendo que estaré perdido si pregunta por qué ocurrió.
—¿Qué quiere saber?
Miro a Kurt justo cuando él hace lo mismo, una expresión aprensiva en su cara.
—¿Por qué a mi hija? —suelta el Sr. Hamilton—. Esto no tiene sentido.
—Señor, no estoy seguro de que sea el momento de hablar de ello.
No quiero confesar que fue mi culpa, me mirará con otros ojos cuando lo sepa.
—Es un momento igual que cualquiera —replica, enojado. Y no lo culpo, yo también lo estoy.
—¿Podemos discutirlo en otro lugar?
Su entrecejo se arruga con sospecha. De esta no saldré ileso.
Se levanta de su asiento al lado de su esposa y camina hacia el pasillo. Lo sigo, pero me detengo cuando él lo hace.
—¿Qué haces aquí?
Miro hacia la entrada del pasillo. Allí, vestida como si fuera a un desfile de modas, está la madre de Jazmine. Su cara está llena de maquillaje, sus labios pintados de rojo sangre y sus pestañas postizas están llenas de rímel. No da la impresión de ser una madre cuya hija está en siendo intervenida quirúrgicamente.
—Mi amiga Daisy es médico y me dijo que mi Jazmine había sido ingresada —informa, entrando a la sala y arrugando la cara al ver a Blake y Kurt—. ¿Cómo es que están presentes unos desconocidos y no su madre? —Mira al Sr. Hamilton—. Esto es obra tuya, ¿cierto, Jhon?
—No me vengas con reclamos ahora y agradece que no te saco a la fuerza.
La mujer alza una ceja, confundida.
—¿De qué hablas? —Aprieta su bolso más cerca de su cuerpo—. Tengo tanto derecho de estar aquí como tú.
—No quiero discutir contigo ahora, así que siéntate y haz silencio —ordena Jhon, pero en lugar de intimidar a la madre de Jaz, le exalta.
—¡No me hables así, bastardo infiel! —chilla ella, sin importarle que otras personas puedan escucharla—. ¡No te atrevas a ordenarme nada!
Jhon se pone furioso y Karen va a su lado, tomando su brazo.
—Si Jazmine pudiera elegir a quién quiere aquí, ¿tú estarías dentro de esa lista? —sisea, amenazante—. Porque yo puedo asegurarte que no es así.
Ella está perdida, no tiene idea de que Jazmine ha hablado y todos saben lo que le hacía cuando era una niña.
—Soy su madre y ella me ama, claro que me querría aquí.
—Yo no estaría tan seguro de ello —murmura el Sr. Hamilton—. Sobre todo después de que me contó lo que le hacías de niña.
La expresión orgullosa de la mujer tambalea y es reemplazada por una de terror, pero la enmascara con fingida indiferencia.
—¿Qué mentiras te dijo esa niña ahora?
—No son mentiras —interviene Karen—, aquí la mentirosa eres tú.
—¡No me hables, quita maridos! —gruñe y el enojo del padre de Jaz pasa a un nivel superior.
—No mires en dirección a Karen si no quieres que llame a seguridad —amenaza Jhon—. Y, dado que sufres de amnesia, te voy a recordar lo que le hacías a Jazmine.
La mujer pone los ojos en blanco, como si esta conversación le fastidiara. Pero sé que debe estar aterrada. Yo, si estuviera en su lugar, lo estaría.
—A ver, ¿qué mentiras te ha metido en la cabeza Jazmine ahora?
—La golpeabas —acusa el Sr. Hamilton y hay un jadeo colectivo—, y le estuviste abusando psicológicamente desde que te dejé.