Alex
Miro mi reloj por tercera vez en el último minuto y suelto una exhalación. Jazmine se está tardando y me estoy impacientando. Ese restaurante que eligió para la cenar esta noche nos dejará en la calle si llegamos tarde, y luego ella se enojará por haber perdido la reservación, cosa que será su culpa.
Me niego, no quiero pasar San Valentín con una novia amargada.
Miro la hora de nuevo y resoplo.
Necesito una distracción.
Saco el móvil del bolsillo de mi pantalón y marco el número de Blake. Tengo ganas de fastidiarla. Sin embargo, ella no contesta. Ha de estar con Cam en lo que sea que haya hecho el pobre hombre para ella. Porque puedo asegurar que esa tonta no hizo nada para él.
Cuando voy a pasar al siguiente nombre en la lista, la puerta de la habitación al final del pasillo se abre y el repicar de unos tacones de aguja hace eco por todo el apartamento. Jazmine emerge del pasillo y me quedo sin aliento. No sé cómo hace para tenerme babeando con cada atuendo que usa. Aunque no es algo que me quite el sueño. Para nadie es un secreto que me trae loco.
—¿Vamos? —pregunta mientras mete su móvil en el bolso de mano.
Trago y asiento antes de señalar la puerta para que camine delante de mí. No me voy a perder la oportunidad de verle el trasero.
—Ya era hora —musito, encantado con las vistas.
El vestido que decidió ponerse esta noche es de seda y pegado al cuerpo, dejando en evidencia su silueta de sirena. No, ella es una diosa que ha venido a habitar entre los humanos para deleitarnos con su belleza.
—Me salió mal el maquillaje de un ojo y tuve que rehacerlo todo de nuevo —se excusa, mirando sobre su hombro para dirigirme una sonrisa—. Pero el resultado final fue mejor del que imaginé.
Guiña y regresa su vista al frente, sin importarle que me la estoy comiendo con los ojos. Bueno, no es como si no tuviese permitido mirarla, después de todo, es mi novia.
De camino al restaurante, pone música de su móvil, cantando en un español que cada vez le sale mejor. Le he estado enseñando algunas frases y ha sido una buena estudiante. Supongo que no tiene nada que ver que le coma la boca cada vez que le sale bien.
Al llegar al restaurante, se baja del auto sin esperar a que le abra la puerta y camina hacia la acera, robándose un par de miradas que van de aquí para allá.
Pueden verla lo que quieran, pero sigue siendo mi chica.
Aunque tenemos reservación, hay fila para entrar. Las personas se desgastan para ir a restaurantes caros en los días especiales como hoy, pero a mí estos sitios me agobian, Tengo que actuar refinado, como si fuese riquillo más. Por suerte, con Jazmine al lado me olvido de tantos prejuicios. Si ella me quiere como soy, los demás no importan.
Jazmine atiende una llamada de un proveedor, por lo que decido llamar a Kurt.
—Eh, idiota —saluda nada más contestar.
—Eres un malagradecido por insultarme cuando yo solo quiero desearte un feliz día del amor y la amistad —le reprocho indignado, él ríe.
—No tenía idea de que en este día también se celebra la amistad.
Pobres mundanos que no tienen idea de las fiestas en Latinoamérica.
—En mi país lo hacen, así que yo me apego a mis costumbres.
—Naciste en EE.UU.
Resoplo.
—No importa dónde nací sino de dónde me siento parte, y yo me siento parte de Venezuela.
—Alex, nos toca —avisa Jazmine y yo me aclaro la garganta.
—Me tengo que ir, estoy por entrar en un restaurante lujoso al que no quería venir, pero mi novia me convenció.
Él ríe de nuevo.
—Espero que la comida cara lo compense.
—Yo también lo espero —murmuro y cuelgo.
—Cualquiera que te escucha diría que no te gusta la comida de aquí —murmura ella para que los que van delante no la oigan.
—Sí me gusta, pero es un sitio muy pijo para mi gusto.
Pone los en blanco, pero sonríe. Sabe que no soy fan de este tipo de lugares para comer, pero que vengo de todos modos para complacerla. Hay que estar muy enamorado para hacer algo que no te gusta por otra persona.
Dentro, la anfitriona nos lleva a la mesa que reservamos y pedimos bebidas. El camarero viene un minuto después con nuestras copas y una botella de vino. Nos decidimos por vino blanco porque es un día de celebración. Lo que no sabe ella es que mi celebración es por lo que le conseguí.
O, mejor dicho, por lo que nos conseguí.
Pedimos de inmediato, ambos sabemos lo que nos gusta del menú y lo que no. Así de tanto he tenido que aguantar este suplicio.
Cuando el mesero se va, miro a Jazmine a los ojos.
—¿Tenemos que esperar al final de la cena para darnos nuestros regalos? —pregunto, sonando impaciente—. Quiero ver tu cara cuando sepas lo que te voy a regalar.