"Solo nosotros dos"

Capítulo:1

El cuarto seguía oliendo a ella.

Era un aroma sutil, apenas perceptible, pero estaba ahí, flotando en el aire, impregnado en las sábanas, en los muebles, en cada prenda de ropa que ella había dejado atrás. Era el tipo de fragancia que se adhería a los recuerdos, que hacía imposible olvidar. Dante cerró los ojos por un momento y respiró hondo, permitiendo que ese perfume lo envolviera, que le diera la ilusión, aunque fuera por un segundo, de que todo había sido una pesadilla.

Pero no lo era.

Veinte horas.

Solo habían pasado veinte horas desde que la encontró flotando en la piscina, desde que vio el agua teñida de rojo, desde que el mundo perdió sentido. Se sintió como si el tiempo hubiera dejado de existir. Afuera, la vida continuaba sin detenerse, ajena a su tragedia, indiferente a su sufrimiento. El sol seguía saliendo y poniéndose, las personas hablaban, reían, caminaban sin saber que el universo se había desplomado sobre él.

¿Cómo se suponía que iba a vivir sin ella?

¿Cómo podía seguir respirando cuando su otra mitad ya no estaba?

Dante estaba hecho un ovillo sobre la cama de Alessandra, su cuerpo temblaba de forma incontrolable. Apretaba contra su pecho a Mimi, el viejo peluche que su hermana había amado desde niña. Sus dedos se aferraban con desesperación a la tela gastada, como si aquel muñeco pudiera anclarlo a un mundo que ahora parecía irreal, como si de alguna forma absurda pudiera traerla de vuelta.

La habitación estaba en penumbras. No se había atrevido a encender la luz. No quería ver el vacío, no quería ver la cama sin su dueña, los libros que ella jamás volvería a leer, la ropa que no volvería a usar. Todo en esa habitación era ella y, al mismo tiempo, era solo un eco de lo que había sido.

Antes, la noche siempre había sido su refugio. En la oscuridad, solían hablar hasta quedarse dormidos, compartiendo pensamientos, secretos, tonterías sin importancia. Su voz llenaba los silencios, hacía que la soledad nunca tuviera espacio entre ellos. Pero ahora, el silencio era absoluto.

Y era insoportable.

Cerró los ojos y, como un golpe certero, el recuerdo lo invadió.

—¿Crees que a Erick le gustará este?

La voz de Alessandra resonó en su mente con una claridad hiriente. La veía frente al espejo, luchando por colocarse un vestido esmeralda.

El sol del atardecer entraba por la ventana, tiñendo su cabello de reflejos dorados. Afuera, el viento agitaba las cortinas de seda blanca, y Dante sintió el aroma de la primavera colándose en la habitación.

—Él sería un idiota total si no le gustaras —respondió sin pensar, desviando la mirada.

—¿Qué te sucede?

Él no contestó. No quería mirarla, porque ella lo conocía demasiado bien. Sabía cuándo mentía, cuándo estaba preocupado, cuándo algo lo atormentaba. Pero ella sonrió, esperando paciente, como siempre lo hacía.

—El tiempo pasa muy rápido —murmuró él finalmente.

Alessandra suspiró, tomando otro vestido y colocándoselo frente al cuerpo.

—¿Cuánto tiempo crees que estaremos así, juntos?

La pregunta lo atravesó como un cuchillo. Dante tragó saliva. Tal vez era miedo. Tal vez era egoísmo. Pero la sola idea de un futuro sin ella lo paralizaba.

Ella era todo lo que le quedaba.

Después de la muerte de su madre, Alessandra se había convertido en su refugio, en su hogar. No podía perderla. No podía.

—No te preocupes por eso, Dante.

Su voz fue un susurro cálido. Se acercó a él y tomó su rostro entre sus manos, sus dedos acariciando sus mejillas con la suavidad de siempre.

—No creas que te desharás de mí tan fácilmente, Dante Alessandro Rinaldi.

Dante frunció el ceño. Odiaba que lo llamaran por su nombre completo. Pero cuando ella lo hacía, sonaba diferente. Sonaba como familia.

—No hay nada en este mundo que haga que deje de amarte o que me separe de ti.

Tomó su mano y la llevó hasta su pecho, colocándola sobre su corazón.

—Mientras el corazón de uno de los dos siga latiendo, ambos viviremos. No importa cuán leve sea, viviremos y estaremos juntos. Comenzamos esta vida juntos, y juntos la terminaremos.

Su promesa quedó sellada con un beso en la frente.

Pero era mentira, una de la que jamás escaparía. Ahora Dante no solo era victima del dolor, el arrepentimiento. Remordimiento de haber sido tan cruel, inhumano.

Las lágrimas rodaban por su rostro sin que pudiera detenerlas.

Esa promesa había sido una mentira vil.

Un sollozo tembloroso escapó de su garganta. Su pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas, cada vez más agitadas. Un nudo se formó en su garganta, uno que no podía tragar, uno que lo asfixiaba.

Y entonces gritó.

Hundió el rostro en la almohada y gritó con todas sus fuerzas, dejando que el dolor escapara en forma de un lamento desgarrador.

—¡ERES UNA MENTIROSA! ¡TE ODIO!

Su voz se quebró, su aliento se hizo errático.

—¿Por qué me prometiste algo que sabías que no ibas a cumplir?

Apretó con más fuerza a Mimi contra su pecho, sintiendo su cuerpo sacudirse con cada sollozo.

El cuarto estaba oscuro, pero eso no importaba, el verdadero vacío estaba dentro de él.

La soledad era un monstruo que lo devoraba poco a poco, un abismo que se abría bajo sus pies, un peso insoportable sobre su pecho. Quería gritar hasta quedarse sin voz, quería romper algo, quería desaparecer en esa oscuridad para no tener que despertar nunca más en un mundo donde ella ya no estaba.

Pero la noche no le ofreció consuelo y Dante solo pudo cerrar los ojos, deseando con cada fibra de su ser que todo volviera atrás. Que el agua de la piscina nunca se hubiera teñido de rojo. Que el reloj retrocediera y le devolviera a su hermana. Que la promesa que ella le hizo hubiera sido verdad.

Pero los milagros no existían. O por lo menos no para alguien tan egoísta como él. Ahora está solo, realmente solo.

Dante sintió un cosquilleo en la nuca, como si la memoria se deslizara sobre su piel, arrastrándolo hacia el pasado sin que pudiera resistirse. Era una sensación tan vívida que, por un instante, el peso de la realidad se desvaneció.




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