Valeria Monroe había aprendido tres cosas después de una ruptura.
La primera: nunca revisar el teléfono de tu novio a las dos de la mañana.
La segunda: nunca creer un «te amo» cuando viene acompañado de excusas.
Y la tercera, quizá la más importante:
Nunca decir que tienes novio cuando estás completamente soltera.
—Tengo novio.
Las palabras todavía resonaban en su cabeza.
Valeria permanecía inmóvil frente a su ex, intentando mantener una expresión tranquila mientras por dentro quería desaparecer.
Tomás la observaba con una ceja levantada.
—¿Tú tienes novio?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Hace... —Valeria buscó desesperadamente una respuesta—. Un tiempo.
Su mejor amiga, Sofía, la miró como si estuviera a punto de llamar a una ambulancia.
—¿Y por qué nunca me contaste?
—Porque no es asunto tuyo.
Perfecto.
Cada palabra que decía hacía que la mentira creciera.
La fiesta universitaria continuaba a su alrededor. Música, risas, vasos levantados y gente bailando. Pero Valeria solo podía pensar en una cosa.
Había sido una idiota.
Todo había empezado cuando Tomás apareció con su nueva novia.
La misma chica con la que, según él, «no pasaba nada».
La misma que Valeria había visto besándolo mientras todavía estaban juntos.
Y ahora él estaba allí, feliz, como si nada hubiera sucedido.
Valeria no quería que pensara que todavía le dolía.
Así que había mentido.
Una mentira pequeña.
Inofensiva.
Supuestamente.
—Bueno —dijo Tomás—. Me gustaría conocerlo.
Valeria sintió que se le cerraba la garganta.
—No está aquí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Qué pena.
Tomás sonrió de esa manera que ella odiaba.
—Porque parece que todavía estás sola.
Aquello fue suficiente.
—No estoy sola.
—Entonces demuéstralo.
Valeria lo miró.
—¿Qué?
—Llámalo.
Sofía le agarró discretamente el brazo.
—Vale, creo que deberíamos irnos.
Pero Valeria ya estaba demasiado orgullosa para retroceder.
Sacó el teléfono.
Abrió la lista de contactos.
Y entonces se quedó en blanco.
No tenía a quién llamar.
Hasta que una voz masculina habló detrás de ella.
—¿Me estabas buscando?
Valeria reconocería esa voz incluso en medio de una multitud.
Lenta.
Segura.
Demasiado arrogante.
Se giró.
Damián Moretti estaba apoyado contra la pared, con una mano en el bolsillo de su pantalón y la otra sosteniendo un vaso.
Camisa negra.
Mangas ligeramente arremangadas.
Cabello oscuro despeinado.
Y esa sonrisa que parecía decir que siempre sabía algo que los demás ignoraban.
Valeria cerró los ojos durante un segundo.
No.
De todas las personas que podían aparecer en ese momento, tenía que ser él.
—No —respondió.
Damián caminó hacia ella.
—Qué decepción.
—No necesito tu ayuda.
—Eso parece.
Su mirada pasó de Valeria a Tomás y luego volvió a ella.
Y entonces lo entendió.
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—¿Estás mintiendo?
Valeria abrió los ojos.
—No.
—Valeria.
—¿Qué?
—Mientes fatal.
Ella apretó la mandíbula.
—No estoy mintiendo.
Damián se acercó un poco más.
—Entonces supongo que debería saludar a tu novio.
Valeria tragó saliva.
—Tú...
—¿Yo qué?
—No hagas esto.
—¿Hacer qué?
—Divertirte a mi costa.
Damián soltó una pequeña risa.
—Demasiado tarde.
Tomás carraspeó.
—¿Y tú eres...?
Valeria respondió antes de que Damián pudiera hacerlo.
—Mi novio.
Damián la miró.
Por primera vez, su sonrisa desapareció.
Solo durante un segundo.
Después volvió.
Más peligrosa.
—Exactamente.
Y antes de que Valeria pudiera procesarlo, Damián pasó un brazo alrededor de su cintura.
Su cuerpo se tensó.
—¿Qué haces? —susurró.
—Salvándote.
—No necesito que me salves.
—Claro que sí.
Él bajó la mirada hacia sus labios durante apenas un instante.
Valeria sintió un escalofrío.
—Sonríe —murmuró Damián.
—No quiero.
—Entonces voy a tener que besarte.
Ella abrió los ojos.
—Ni se te ocurra.
Damián sonrió.
—Tres...
—Damián.
—Dos...
—Te juro que...
—Uno.
Damián se inclinó.
Sus labios rozaron los de ella.
Fue apenas un segundo.
Un roce.
Un beso breve.
Pero suficiente para que Valeria olvidara cómo respirar.
Cuando él se separó, todavía mantenía el brazo alrededor de su cintura.
Tomás los miraba sorprendido.
—Vaya —dijo finalmente—. No sabía que estabas con alguien.
Valeria recuperó la voz.
—Ahora lo sabes.
Tomás sonrió incómodo.
—Me alegro por ti.
—Yo también.
Mentira.
Todo era una maldita mentira.
Tomás se alejó.
Valeria esperó hasta que estuvo lo suficientemente lejos antes de apartarse de Damián.
—¿Estás loco?
—Probablemente.
—¡Me besaste!
—Técnicamente, tú dijiste que era tu novio.
—¡Eso no te daba derecho!
—Lo sé.
Valeria se quedó mirándolo.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Damián dio un sorbo a su bebida.
—Porque necesitabas ayuda.
—Podías haber fingido sin besarme.
—¿Y habría sido creíble?
Valeria no respondió.
Odiaba admitirlo.
Había sido creíble.
Demasiado creíble.
Damián dejó el vaso sobre una mesa cercana.
—Tengo una propuesta para ti.
—No.
—Ni siquiera la has escuchado.
—Si viene de ti, probablemente sea una mala idea.
—Tres meses.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué?
—Fingimos que somos pareja durante tres meses.
Ella soltó una carcajada.
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Editado: 30.08.2026