—No.
La palabra salió de la boca de Damián con una firmeza que hizo que Clara dejara de sonreír.
—¿No qué?
—No voy a casarme contigo.
Clara cruzó los brazos.
—No depende de ti.
—Claro que depende de mí.
—Tu padre ya tomó la decisión.
—Entonces mi padre tendrá que acostumbrarse a que no siempre consigue lo que quiere.
Clara miró a Valeria.
—¿Y ella qué?
Valeria sintió que todas las miradas caían sobre ella.
—¿Qué pasa conmigo?
Clara sonrió.
—¿De verdad crees que esto va a funcionar?
Damián dio un paso adelante.
—Cuidado.
—Solo digo la verdad.
—Entonces dilo.
Clara respiró profundamente.
—Tu padre sabe que ella es una mentira.
Valeria sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Qué?
Damián la miró.
—No le hagas caso.
—¿Tu padre sabe?
—Valeria...
—Respóndeme.
Damián guardó silencio.
Aquello fue suficiente.
—Lo sabía —susurró ella.
Clara sonrió.
—Tu novio nunca te contó que su padre contrató a alguien para investigarte.
Valeria sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué?
Damián cerró los ojos durante un segundo.
—Clara, vete.
—No hasta que ella sepa toda la verdad.
Valeria miró a Damián.
—¿Me investigaste?
—No.
—¿Entonces quién?
—Mi padre.
—¿Y qué descubrió?
Damián se acercó.
—Todo.
Valeria retrocedió.
—¿Todo?
—Que no somos pareja desde hace cuatro meses.
—Eso ya lo sé.
—Que nos conocimos mucho antes.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué?
Damián se quedó callado.
Clara aprovechó el momento.
—Eso no es lo peor.
Damián la miró con furia.
—Fuera.
—Damián...
—¡Fuera!
Clara se marchó.
Valeria se quedó frente a él.
—Ahora quiero respuestas.
—Te las daré.
—¿Cuándo?
—Ahora.
Damián respiró profundamente.
—Mi padre sabe que nuestro noviazgo comenzó como un acuerdo.
Valeria sintió un vacío en el pecho.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio.
—¿Y por qué me trajiste aquí?
—Porque quería demostrarle que esto podía funcionar.
—¿Para salvarte del compromiso?
—Sí.
Valeria negó con la cabeza.
—Me utilizaste.
Damián dio un paso hacia ella.
—Al principio, sí.
Ella sintió que esas palabras dolían más de lo que esperaba.
—¿Y ahora?
Damián la miró directamente a los ojos.
—Ahora no.
Valeria apartó la mirada.
—No sé si puedo creerte.
—Lo entiendo.
—Me prometiste que no me mentirías.
—Lo sé.
—Y rompiste la regla número cinco.
Damián bajó la mirada.
—Sí.
El silencio entre ellos fue insoportable.
Valeria tomó su bolso.
—Quiero irme.
—Te llevaré.
—No.
—Valeria...
—Necesito estar sola.
Damián asintió lentamente.
—Está bien.
Ella caminó hacia la puerta.
Pero antes de salir, se detuvo.
—¿Hay algo más que no me hayas contado?
Damián tardó demasiado en responder.
—Sí.
Valeria cerró los ojos.
—¿Qué?
—Pero no puedo decírtelo todavía.
Ella se giró.
—Entonces no me pidas que confíe en ti.
Y se marchó.
Durante los siguientes tres días, Valeria ignoró a Damián.
No respondió sus mensajes.
No contestó sus llamadas.
Ni siquiera lo miró en clase.
Hasta que el jueves por la tarde, alguien tocó a su puerta.
Valeria abrió.
Damián estaba allí.
—¿Qué haces?
—Necesitamos hablar.
—No quiero.
—Lo sé.
—Entonces vete.
Damián metió las manos en los bolsillos.
—No voy a obligarte.
Valeria permaneció en la puerta.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
—Porque no quiero que nuestra última conversación sea esa.
Ella suspiró.
—Habla.
Damián la miró.
—Lo que empezó como una mentira cambió.
—Para ti.
—Para los dos.
—No puedes decidir lo que siento.
—No.
Damián dio un paso atrás.
—Pero puedo decirte lo que siento yo.
Valeria permaneció callada.
—Me gustas.
Su corazón dio un vuelco.
—Damián...
—No, déjame terminar.
Él respiró profundamente.
—Me gustas desde mucho antes de que aceptaras este acuerdo.
Valeria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Desde cuándo?
—Desde aquella noche en la biblioteca.
Ella lo miró sorprendida.
—Cuando estabas llorando.
Damián sonrió débilmente.
—Supongo que ahí comenzó todo.
Valeria no sabía qué decir.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
—Porque tú estabas con Tomás.
—¿Y esperaste?
—Sí.
—¿Dos años?
—Sí.
Valeria sintió que una lágrima escapaba de sus ojos.
Damián levantó una mano y la limpió suavemente.
—No llores.
—No estoy llorando.
—Claro.
Ella soltó una pequeña risa entre lágrimas.
Damián sonrió.
Y entonces quedaron demasiado cerca.
—Valeria...
—¿Sí?
—Si quieres que me vaya, lo haré.
Ella lo miró.
Sabía que debía decirle que se fuera.
Pero no quería.
—Quédate.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Segura?
Valeria asintió.
Él levantó lentamente una mano y acarició su mejilla.
—La regla número dos...
—Lo sé.
—No deberíamos romperla.
—Lo sé.
Sus ojos se encontraron.
Esta vez ninguno retrocedió.
Damián se inclinó.
El beso fue diferente al primero.
No había público.
No había mentira.
No había necesidad de convencer a nadie.
Solo estaban ellos.
Sus labios se encontraron suavemente.
Valeria cerró los ojos.
Y por primera vez, no quiso pensar.
No quiso recordar las reglas.
No quiso pensar en Tomás, en Clara ni en la familia Moretti.
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Editado: 30.08.2026