Solo Por Un Tiempo

Capitulo 8

Valeria no podía moverse.

Las palabras del padre de Damián seguían repitiéndose en su cabeza.

Damián ya había recibido instrucciones de acercarse a ti mucho antes.

Miró al hombre que tenía delante.

Después a Damián.

—Dime que está mintiendo.

Damián no respondió.

—Damián.

—Valeria...

—¡Dime que está mintiendo!

Él dio un paso hacia ella.

—No está mintiendo.

Valeria sintió que el pecho se le cerraba.

—Entonces todo fue una mentira.

—No.

—¿Desde cuándo?

Damián bajó la mirada.

—Desde hace dos años.

Valeria retrocedió.

—Dos años...

Recordó la biblioteca.

El día en que había llorado escondida detrás de un libro.

El día que Damián dijo haberla visto por primera vez.

Ahora todo tenía sentido.

—¿Tú ya me conocías?

—Sí.

—¿Y te acercaste a mí porque tu padre te lo pidió?

—Al principio.

Aquellas dos palabras dolieron más que cualquier otra cosa.

—¿Al principio?

Damián intentó acercarse.

Valeria levantó una mano.

—No.

Él se detuvo.

—Déjame explicarte.

—¿Qué vas a explicar?

Su voz se quebró.

—¿Que llevas dos años observándome porque tu padre te lo ordenó?

—No fue así exactamente.

—¿Entonces cómo fue?

Damián respiró profundamente.

—Mi padre conocía a tu familia.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver mi familia?

Su padre respondió antes que él.

—Mucho.

Damián lo miró con furia.

—Te dije que yo se lo contaría.

—Y llevas demasiado tiempo evitando hacerlo.

Valeria miró al hombre.

—¿Qué sabe de mi familia?

—Tu madre y yo tuvimos negocios hace años.

—¿Negocios?

—Sí.

—¿Y qué pasó?

El hombre guardó silencio.

Damián intervino.

—Hubo un problema financiero.

Valeria sintió un escalofrío.

—Las deudas...

Damián asintió.

—Mi padre ayudó a tu familia.

—¿A cambio de qué?

Silencio.

Valeria comprendió que había algo más.

—¿A cambio de qué, Damián?

Él cerró los ojos.

—De que algún día...

Se detuvo.

—¿Qué?

—De que nuestras familias mantuvieran una alianza.

Valeria soltó una risa nerviosa.

—No entiendo.

El padre de Damián habló con calma.

—Tu madre recibió ayuda de nuestra familia. Y durante años existió un acuerdo entre ambas familias.

Valeria lo miró.

—¿Qué acuerdo?

—Que, llegado el momento, tú y Damián...

Damián se giró bruscamente.

—¡Basta!

Su padre continuó:

—...se convertirían en pareja.

Valeria se quedó helada.

—¿Qué?

Miró a Damián.

—¿Nuestros padres querían que estuviéramos juntos?

—Sí.

—¿Y tú lo sabías?

—Sí.

Una lágrima recorrió la mejilla de Valeria.

—¿Desde cuándo?

—Desde que tenía dieciocho.

Valeria se llevó una mano al pecho.

—Entonces cuando me dijiste que me habías visto en la biblioteca...

Damián bajó la mirada.

—Era verdad.

—Pero ya sabías quién era.

—Sí.

—¿Y cuando empezaste a acercarte a mí?

—Mi padre me lo pidió.

Valeria cerró los ojos.

Todo lo que había vivido con él parecía desmoronarse.

Las conversaciones.

Las citas.

Los besos.

El primer beso real.

—¿Y cuándo dejaste de hacerlo por él?

Damián la miró.

—Mucho antes de que tú lo supieras.

—¿Cuándo?

Él se acercó un poco.

—La primera vez que te vi llorar.

Valeria negó con la cabeza.

—No.

—Sí.

—No sé qué creer.

—Créeme a mí.

—¡No puedo!

El grito quedó suspendido en el aire.

Damián se quedó quieto.

Valeria se secó las lágrimas.

—Me mentiste desde el principio.

—Sí.

—Hiciste que creyera que todo esto había sido casualidad.

—Lo sé.

—Y luego me pediste que fingiera ser tu novia.

—Porque necesitaba una salida.

—¿Y yo qué era?

Damián tardó en responder.

—Al principio, una solución.

Valeria sintió que aquellas palabras le atravesaban el corazón.

—¿Y ahora?

Él se acercó.

—Ahora eres la persona que más quiero.

Valeria negó con la cabeza.

—No digas eso.

—Es la verdad.

—No sé cuál es la verdad contigo.

Damián quiso tomarle la mano.

Ella la apartó.

—Necesito irme.

—Valeria.

—No me sigas.

Se dio la vuelta.

—Valeria...

Ella se detuvo sin mirarlo.

—Si alguna vez me quisiste de verdad, déjame ir.

Damián se quedó inmóvil.

Valeria salió de la mansión.

No lloró hasta llegar a casa.

En cuanto cerró la puerta de su habitación, se dejó caer al suelo.

Lloró por todo.

Por Tomás.

Por la mentira.

Por Damián.

Pero, sobre todo, lloró porque una pequeña parte de ella todavía quería creerle.

Su teléfono vibró.

Un mensaje.

Damián:
No espero que me perdones.

Otro.

Damián:
Solo quiero que algún día sepas que lo que siento por ti dejó de tener algo que ver con mi padre.

Valeria bloqueó el teléfono.

No quería leer más.

Pero unos minutos después volvió a desbloquearlo.

Había otro mensaje.

Damián:
La única parte de nuestra historia que fue planeada fue el comienzo.

Valeria cerró los ojos.

Porque sabía que, a pesar de todo...

Quería creerle.

A la mañana siguiente, Valeria llegó a la universidad decidida a no verlo.

Funcionó durante exactamente diez minutos.

—Valeria.

Ella se giró.

Damián estaba al final del pasillo.

Tenía ojeras.

Parecía no haber dormido.

—No quiero hablar contigo.

—Lo sé.

—Entonces déjame tranquila.

—Solo necesito darte algo.




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