Valeria volvió a leer el mensaje.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Si quieres conocer toda la verdad sobre tu familia, deja a Damián antes de que sea demasiado tarde.
Sus dedos temblaban.
No sabía quién había enviado aquel mensaje.
Pero sí sabía algo.
Esa persona conocía a su familia.
Y conocía a Damián.
Guardó rápidamente el teléfono cuando escuchó pasos.
—¿Valeria?
Sofía apareció en el pasillo.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Tienes cara de haber visto un fantasma.
Valeria intentó sonreír.
—No dormí bien.
Sofía la observó con atención.
—¿Tiene que ver con Damián?
Valeria dudó.
—No exactamente.
—Entonces, ¿con qué?
Valeria miró alrededor.
Había demasiada gente.
—Después te cuento.
Sofía asintió.
—Está bien.
Pero antes de que pudieran continuar, Valeria sintió que alguien la observaba.
Miró hacia el otro extremo del pasillo.
Un hombre estaba parado junto a una de las puertas.
Traje oscuro.
Cabello negro.
Mirada fija.
En cuanto sus ojos se encontraron, él se dio la vuelta y desapareció.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Qué pasa? —preguntó Sofía.
—Nada.
Pero sabía que era mentira.
Damián llevaba horas intentando hablar con Valeria.
Ella no respondía.
No sabía si debía insistir o darle espacio.
Entonces la vio.
Estaba sentada sola en una banca del jardín.
Damián se acercó lentamente.
—Hola.
Valeria levantó la mirada.
—Hola.
—¿Podemos hablar?
—No sé.
—Está bien.
Se sentó a su lado, dejando cierta distancia entre ambos.
Durante unos segundos no dijeron nada.
—Vi las fotografías —dijo ella finalmente.
Damián bajó la mirada.
—Lo imaginé.
—¿Por qué las guardaste?
—Porque eras importante para mí.
—Incluso antes de conocerme.
—Sí.
Valeria respiró profundamente.
—Todavía estoy enfadada contigo.
—Lo sé.
—Y todavía no confío completamente en ti.
—Lo sé.
Ella lo miró.
—Pero quiero entender.
Damián levantó los ojos.
—Pregúntame.
—¿De verdad dejaste de hacer esto por tu padre?
—Sí.
—¿Cuándo?
Damián pensó unos segundos.
—Cuando me di cuenta de que esperaba verte incluso cuando nadie me lo pedía.
Valeria sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.
—Eso suena demasiado bonito.
—No estaba intentando ser romántico.
—¿Entonces?
—Solo estoy diciendo la verdad.
Valeria bajó la mirada.
—Me cuesta creer que alguien pudiera fijarse en mí durante tanto tiempo.
Damián sonrió.
—No sabes lo fácil que fue.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué?
—Fijarme en ti.
Valeria sonrió ligeramente.
Por primera vez desde que había descubierto la verdad, sintió que la distancia entre ambos comenzaba a desaparecer.
Hasta que recordó el mensaje.
Su sonrisa se borró.
—Damián.
—¿Sí?
—¿Alguien de tu familia me conoce?
Él frunció el ceño.
—¿Por qué preguntas?
—Solo responde.
Damián pensó.
—Mi padre. Mi hermana. Clara.
—¿Alguien más?
—No que yo sepa.
Valeria dudó.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Ella sacó el teléfono.
Le mostró el mensaje.
Damián lo leyó.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Cuándo recibiste esto?
—Esta mañana.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no sabía si podía confiar en ti.
Damián se quedó callado.
Después tomó el teléfono.
—Este número está oculto.
—¿Puedes descubrir quién es?
—Tal vez.
—¿Cómo?
—Conozco a alguien que puede hacerlo.
Valeria lo miró.
—¿A quién?
—Un amigo.
—¿Puedo conocerlo?
—Sí.
Damián se levantó.
—Pero primero quiero enseñarte algo.
—¿Qué?
—Ven conmigo.
Llegaron a la antigua biblioteca de la universidad.
Valeria miró a su alrededor.
—¿Por qué aquí?
Damián caminó hacia una de las estanterías.
—Porque aquí fue donde empezó todo.
Sacó un libro.
Detrás había un pequeño sobre.
Se lo entregó.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Valeria sacó varias hojas.
Eran documentos antiguos.
Contratos.
Firmas.
Nombres.
Y entonces encontró el apellido de su madre.
—¿Qué es esto?
—El acuerdo entre nuestras familias.
Valeria comenzó a leer.
Mientras avanzaba, su rostro palidecía.
—Esto no tiene sentido.
—¿Qué dice?
—Que mi madre no tenía deudas.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué?
Valeria señaló el documento.
—Aquí dice que el dinero fue entregado como una inversión.
Damián tomó los papeles.
Los leyó.
Su expresión cambió.
—Mi padre me dijo que eran deudas.
—Entonces mintió.
Damián siguió leyendo.
—Hay algo más.
—¿Qué?
Señaló una cláusula.
—Tu familia no recibió el dinero.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Entonces quién?
Damián pasó la página.
Había una firma.
Un nombre.
Gabriel Moretti.
El abuelo de Damián.
Valeria levantó la mirada.
—¿Por qué tu abuelo le habría dado dinero a mi familia?
—No lo sé.
—Y aquí dice algo sobre una promesa.
Damián tomó el documento.
—¿Qué promesa?
Valeria señaló la última línea.
—“La deuda quedará saldada cuando la unión entre ambas familias sea formalizada.”
Damián se quedó completamente inmóvil.
—No.
—¿Qué?
—Esto no habla de nosotros.
Valeria sintió un nudo en el estómago.
—¿Entonces de quién?
Damián siguió leyendo.
Su rostro perdió todo color.
—De nuestros padres.
—¿Qué?
—Nuestros padres estuvieron comprometidos.
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Editado: 30.08.2026