Solo Por Un Tiempo

Capitulo 11

Valeria no podía apartar los ojos de la fotografía.

Matteo.

Su padre.

El hombre que durante toda su vida había creído muerto.

El hombre que acababa de decirle que quería recuperarla.

—No puede ser —susurró.

Damián tomó la fotografía.

La observó detenidamente.

—¿Cuándo fue tomada?

Elena negó con la cabeza.

—No lo sé.

—Mamá, tienes que saber algo.

—No.

—¡Mamá!

Elena se estremeció.

—No sé dónde está Matteo.

—Pero él sí sabe dónde estamos nosotros.

Valeria levantó la mirada.

—¿Cómo?

Damián señaló el sobre.

—Sabía dónde encontrarnos.

Un silencio incómodo llenó la habitación.

Entonces Valeria recordó algo.

—El hombre de la universidad.

Damián la miró.

—¿Qué hombre?

—El que vi esta mañana. Estaba observándome.

—¿Cómo era?

—Alto. Cabello oscuro. Traje negro.

Damián intercambió una mirada con Elena.

—¿Lo reconoces?

Elena negó rápidamente.

Demasiado rápido.

Valeria lo notó.

—Mamá.

—No.

—Estás mintiendo.

Elena cerró los ojos.

—Era uno de los hombres de Matteo.

Damián apretó la mandíbula.

—¿Qué hombres?

—Cuando tu padre desapareció, había personas trabajando para él.

—¿Por qué?

Elena lo miró.

—Porque Matteo no era un hombre común.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

—Tu padre estaba involucrado en negocios que podían ser peligrosos.

Damián frunció el ceño.

—¿Negocios ilegales?

Elena permaneció callada.

Eso fue suficiente.

—Dios mío —murmuró Valeria.

Damián tomó su mano.

—No vamos a quedarnos aquí.

—¿Adónde iremos?

—A un lugar seguro.

Elena negó con la cabeza.

—No servirá.

—¿Por qué?

—Porque si Matteo realmente está vivo, sabe exactamente dónde buscarte.

Valeria sintió que el miedo comenzaba a apoderarse de ella.

—¿Qué quiere de mí?

Elena la miró.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Su madre comenzó a llorar.

—Quiere recuperar lo que perdió.

—¿A mí?

Elena asintió.

—A ti.

Esa noche, Damián llevó a Valeria a una casa que pertenecía a su hermana Lucía.

Era pequeña, alejada de la ciudad y completamente diferente a la mansión Moretti.

Valeria entró y dejó su bolso sobre el sofá.

—No quiero que me protejas.

Damián cerró la puerta.

—Demasiado tarde.

—Damián.

—No voy a dejarte sola.

—No puedes decidir eso por mí.

—Tienes razón.

Él se acercó.

—Entonces dime que quieres que me vaya.

Valeria lo miró.

Abrió la boca.

Pero no dijo nada.

Damián sonrió débilmente.

—Eso pensé.

Valeria bajó la mirada.

—Tengo miedo.

Él tomó su mano.

—Yo también.

—¿Y si mi padre viene por mí?

—No dejaré que te haga daño.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque esta vez no voy a obedecer a mi familia.

Valeria levantó la mirada.

—¿Qué quieres decir?

—Toda mi vida hice lo que mi padre esperaba de mí.

Damián acarició suavemente sus dedos.

—Pero ahora tengo una razón para luchar.

—¿Yo?

Él asintió.

—Tú.

Valeria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—No quiero ser tu debilidad.

Damián negó con la cabeza.

—No eres mi debilidad.

Se acercó.

—Eres mi razón.

Valeria lo abrazó.

Damián la rodeó con sus brazos.

Durante unos segundos, el miedo desapareció.

Hasta que alguien llamó a la puerta.

Tres golpes.

Lentos.

Ambos se separaron.

Damián miró hacia la entrada.

—Quédate aquí.

—No.

—Valeria...

—No pienso esconderme.

Damián tomó una linterna y se acercó a la puerta.

—¿Quién es?

Nadie respondió.

Volvieron a golpear.

Damián abrió lentamente.

No había nadie.

Solo una caja pequeña.

Valeria se acercó.

—¿Qué es eso?

Damián la recogió.

—No lo sé.

Dentro había una llave y una nota.

Damián la abrió.

Solo decía:

“La habitación 217. Hotel Saint Claire. Medianoche.”

Valeria miró la llave.

—¿Qué significa?

Damián negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Crees que es una trampa?

—Sí.

—Entonces no iremos.

Damián guardó la llave.

—Exactamente.

A las once y cincuenta de la noche, Damián seguía despierto.

Valeria dormía en el sofá.

O eso creía él.

—No puedo dormir —dijo ella.

Damián sonrió.

—Yo tampoco.

—¿Estás pensando en la llave?

—Sí.

Valeria se sentó.

—Creo que deberíamos ir.

Damián frunció el ceño.

—¿Qué?

—Quizá alguien está intentando ayudarnos.

—O quiere que vayamos directamente hacia una trampa.

—Necesitamos respuestas.

—Y no pienso arriesgarte.

Valeria se acercó.

—Damián.

—No.

—Tengo que saber quién es mi padre.

Él guardó silencio.

—Toda mi vida he pensado que estaba muerto —continuó ella—. Ahora resulta que está vivo y posiblemente me está buscando.

—Precisamente por eso.

—Si seguimos huyendo, nunca sabremos la verdad.

Damián la observó.

Finalmente suspiró.

—Está bien.

—¿Iremos?

—Sí.

Valeria sonrió.

—Gracias.

—Pero bajo mis condiciones.

—¿Cuáles?

—No te separas de mí.

—De acuerdo.

—Si algo parece extraño, nos vamos.

—De acuerdo.

—Y si alguien intenta acercarse...

—Sí, ya entendí.

Damián sonrió.

—Bien.

El Hotel Saint Claire estaba prácticamente vacío.

La habitación 217 se encontraba al final de un pasillo oscuro.

Damián abrió la puerta.

Nada.

Solo una mesa.

Sobre ella había otra fotografía.

Valeria se acercó.




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