Valeria no apartaba la mirada de Matteo.
Su padre estaba frente a ella.
Vivo.
Después de tantos años.
Pero sus palabras habían dejado una pregunta que parecía imposible de responder.
—¿Qué guerra? —preguntó.
Matteo miró a Elena.
—La guerra entre nuestras familias.
Damián dio un paso adelante.
—¿Por qué?
Matteo soltó una risa amarga.
—Porque tu padre nunca aceptó que Elena y yo nos amáramos.
Elena cerró los ojos.
—Matteo...
—Ya no podemos esconderlo.
Valeria miró a su madre.
—¿Es verdad?
Elena asintió lentamente.
—Sí.
—¿Tú estabas enamorada de él?
—Sí.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—Entonces, ¿por qué te quedaste con mi padre?
Elena negó con la cabeza.
—No fue tan sencillo.
Matteo intervino.
—Gabriel se aseguró de que no pudiéramos estar juntos.
Damián apretó los puños.
—¿Cómo?
—Amenazándola.
Elena lo miró.
—Gabriel sabía que yo estaba embarazada de Matteo.
Valeria se quedó inmóvil.
—¿Cuando nací?
—Sí.
—¿Y él qué hizo?
Matteo respondió:
—Intentó llevarte lejos.
Valeria miró a Damián.
—¿Por qué?
Matteo sacó una fotografía antigua.
—Porque tú eras la única heredera de un patrimonio que tu abuelo había dejado.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué patrimonio?
—Una empresa.
Damián palideció.
—¿Qué empresa?
Matteo lo miró.
—La empresa que hoy pertenece a tu padre.
Damián se quedó completamente quieto.
—¿Qué?
—Tu abuelo no fundó la empresa solo.
Matteo dejó la fotografía sobre la mesa.
—La fundó junto con mi padre.
Valeria observó la imagen.
Dos hombres estrechándose la mano.
Uno era Gabriel Moretti.
El otro era su abuelo materno.
—Entonces la empresa...
—También pertenece a tu familia —dijo Matteo.
Valeria sintió que todo encajaba.
—¿Y mi padre?
—Tu padre murió antes de poder reclamar lo que era suyo.
—¿Por eso Gabriel quería alejarme?
Matteo asintió.
—Si tú desaparecías, él podía quedarse con todo.
Damián negó con la cabeza.
—No puedo creerlo.
—Tu padre hizo muchas cosas para proteger su posición.
—¿Incluido fingir la muerte de mi tío?
Matteo guardó silencio.
—¿Fue él? —preguntó Damián.
Matteo miró a Elena.
Ella bajó la mirada.
—Sí.
Damián sintió que la rabia lo consumía.
—¿Y tú lo sabías?
—Me obligó a guardar silencio.
—¿Cómo?
Elena respiró profundamente.
—Amenazó con hacerte daño.
Damián se quedó sin palabras.
—¿A mí?
—Eras un niño.
Matteo cerró los puños.
—Por eso desaparecí.
Valeria lo miró.
—¿Para protegernos?
—Sí.
—¿Y por qué volviste ahora?
Matteo se acercó lentamente.
—Porque Gabriel ya no tiene el mismo poder.
Damián negó.
—Lo tiene.
—No.
Matteo sonrió.
—Porque tú estás dispuesto a enfrentarlo.
Damián se quedó callado.
Valeria tomó su mano.
—No estás solo.
Él la miró.
—Tú tampoco.
Matteo observó sus manos entrelazadas.
—Entonces finalmente ocurrió.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué?
—Lo que nuestras familias intentaron evitar durante años.
Damián miró a Matteo.
—¿De qué hablas?
—Que ustedes dos se enamoraran.
El silencio fue inmediato.
Valeria miró a Damián.
Él la miró a ella.
Ninguno negó la acusación.
Horas después, Matteo se había marchado.
Antes de irse, le entregó a Valeria un pequeño papel.
—Hay una dirección.
Ella lo guardó.
—¿Dónde?
—En esa dirección está la verdad que todavía falta.
—¿Qué verdad?
Matteo la miró.
—Quién ayudó a Gabriel.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Alguien más?
—Sí.
—¿Quién?
Matteo negó con la cabeza.
—Cuando lo descubras, entenderás por qué nunca pude volver.
Y se marchó.
Esa noche, Damián y Valeria estaban sentados en el sofá.
La casa estaba en silencio.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—No.
—Yo tampoco.
Valeria apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Todo cambió en un día.
Damián entrelazó sus dedos con los de ella.
—Sí.
—Ya no sé quién es mi familia.
—Puedes elegir quién quieres que sea tu familia.
Valeria levantó la mirada.
—¿Y tú?
—Yo ya elegí.
—¿A quién?
Damián sonrió.
—A ti.
Valeria sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Damián...
—No tienes que decir nada.
Ella se acercó.
—Sí tengo.
Lo besó.
Fue un beso suave.
Sin contrato.
Sin reglas.
Sin mentiras.
Cuando se separaron, Damián apoyó su frente contra la de ella.
—Creo que rompimos todas las reglas.
Valeria sonrió.
—Ya no me importan.
A la mañana siguiente, Damián entró en el despacho de su padre.
Gabriel estaba esperándolo.
—Sabía que vendrías.
Damián dejó la dirección sobre el escritorio.
—¿Qué hay allí?
Gabriel la miró.
Su rostro cambió.
—¿Quién te dio esto?
—Matteo.
Gabriel se levantó bruscamente.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Damián, escucha.
—No.
Su voz era firme.
—Esta vez vas a escucharme tú.
Gabriel lo observó.
—No sabes con quién estás tratando.
—Es mi familia.
—No.
Gabriel negó.
—Es un hombre que destruyó todo lo que teníamos.
—¿Y tú qué hiciste?
Gabriel guardó silencio.
—¿Lo mandaste matar?
—No.
—¿Lo encerraste?
—No.
—Entonces dime la verdad.
Gabriel respiró profundamente.
—Matteo sobrevivió al accidente.
Damián ya lo sabía.
—¿Y después?
Gabriel lo miró.
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Editado: 30.08.2026