Habían pasado dos semanas desde la detención de Gabriel.
Por primera vez en meses, Valeria podía dormir sin miedo.
Pero había algo que seguía sin poder sacar de su cabeza.
Damián.
O, mejor dicho, lo que eran ahora.
Ya no existía el contrato.
Ya no había cinco reglas.
Ya no tenían que fingir.
Y, sin embargo, ninguno había hablado de lo que ocurriría después.
Aquella tarde, Valeria recibió un mensaje.
Damián:
¿Podemos vernos?
Ella sonrió.
Valeria:
¿Dónde?
La respuesta llegó segundos después.
En el lugar donde comenzó nuestra mentira.
La biblioteca estaba casi vacía.
Valeria entró y lo encontró sentado en el mismo lugar donde se habían conocido.
Damián se levantó al verla.
—Hola.
—Hola.
Durante unos segundos, ninguno supo qué decir.
Finalmente, Damián señaló la silla frente a él.
—Siéntate.
Valeria lo hizo.
—¿Por qué querías verme?
Damián respiró profundamente.
—Porque tenemos que hablar.
El corazón de Valeria se aceleró.
—¿Sobre nosotros?
—Sí.
Ella bajó la mirada.
—Sabía que algún día tendríamos que hacerlo.
Damián sacó un sobre de su bolsillo.
Lo dejó sobre la mesa.
Valeria lo miró.
—¿Qué es?
—Nuestro contrato.
Ella abrió el sobre.
Las cinco reglas seguían allí.
Regla uno: no enamorarse.
Valeria sonrió con tristeza.
—Creo que fracasamos.
Damián sonrió.
—Completamente.
Regla dos: ningún beso fuera de las citas.
—También la rompimos.
Regla tres: no tener celos.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Esa fue imposible desde el principio.
Damián la miró.
—Especialmente para ti.
—No seas arrogante.
Él sonrió.
Después llegó a la última regla.
Regla cinco: al terminar los tres meses, cada uno seguirá su camino.
Damián tomó el contrato.
Lo rompió por la mitad.
Después otra vez.
Y otra.
Dejó los pedazos sobre la mesa.
—Ya no quiero seguir ninguna regla.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué quieres entonces?
Damián se acercó.
—Quiero algo real.
Ella lo miró fijamente.
—¿Conmigo?
—Con nadie más.
Valeria sonrió.
—¿Y si sale mal?
—Entonces lo intentaremos otra vez.
—¿Y si nos hacemos daño?
—Aprenderemos.
—¿Y si algún día dejamos de querernos?
Damián tomó su mano.
—Entonces tendremos que vivir con eso.
Hizo una pausa.
—Pero no quiero perderte por miedo a algo que todavía no ha pasado.
Valeria sintió que una lágrima recorría su mejilla.
—Te quiero.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Ella sonrió entre lágrimas.
—Te quiero.
Damián se levantó y la abrazó.
—Te amo, Valeria.
Ella cerró los ojos.
Por primera vez, no había contrato.
No había mentira.
No había cinco reglas.
Solo ellos.
Aquella noche, Valeria cenó con su madre y sus hermanas.
Isabella todavía estaba intentando acostumbrarse a la idea de tener una familia.
Sofía, en cambio, parecía feliz.
—Nunca pensé que terminaríamos las tres juntas —dijo.
Valeria sonrió.
—Yo tampoco.
Elena las observó desde el otro lado de la mesa.
—Su padre estaría orgulloso.
Valeria tomó su mano.
—Ahora tenemos tiempo para conocerlo.
Matteo había decidido quedarse.
No podía recuperar veinte años, pero estaba dispuesto a intentarlo.
Y Valeria estaba dispuesta a darle una oportunidad.
Más tarde, Damián la acompañó hasta su casa.
Antes de despedirse, Valeria lo miró.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Que todo comenzó porque necesitábamos fingir.
—Y terminó porque dejamos de hacerlo.
Valeria sonrió.
—Supongo que algunas mentiras encuentran la manera de convertirse en verdad.
Damián se acercó y la besó.
Un beso tranquilo.
Real.
Sin espectadores.
Sin excusas.
Cuando se separaron, él apoyó la frente contra la de ella.
—Tengo una pregunta.
—¿Cuál?
—¿Quieres ser mi novia?
Valeria soltó una carcajada.
—¿Ahora me lo preguntas?
—Esta vez quiero hacerlo correctamente.
Ella fingió pensarlo.
—No sé.
—Valeria.
—Está bien.
Lo abrazó.
—Sí.
Damián sonrió.
—Entonces oficialmente eres mi novia.
—Oficialmente.
—Y sin contrato.
—Sin contrato.
Cuando Valeria entró en su habitación, encontró un sobre sobre la cama.
Frunció el ceño.
Lo abrió.
Dentro había una fotografía.
Ella y Damián.
Juntos.
Felices.
Pero no había sido tomada por ninguno de ellos.
Detrás había una frase:
“El amor siempre tiene un precio.”
Valeria dejó de sonreír.
Miró hacia la ventana.
No había nadie.
Tomó el teléfono y llamó a Damián.
—¿Qué pasa? —respondió él.
—Creo que alguien nos está observando.
—¿Qué?
Valeria miró nuevamente la fotografía.
—Encontré algo en mi habitación.
—No te muevas. Voy para allá.
Valeria cerró los ojos.
Pensó que todo había terminado.
Pero quizá no.
Porque aunque Gabriel estuviera detenido...
alguien más acababa de entrar en su historia.
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Editado: 30.08.2026