Capítulo 41
Jordan
Las cajas nos rodean a Jazmine y a mí, causando un desorden descomunal. Pese a todo, me siento plena. Poco a poco, nuestro sueño va tomando forma. Faltan algunos papeleos, formalidades, pero es casi un hecho. Tenemos las vitrinas, maniquíes, todo el inmueble, también parte de mercancía y está en trámites lo de la diseñadora. El padre de Jaz nos ha ayudado mucho, recomendando a abogados y estando presente en el cierre de tratos. Fue de gran ayuda tenerlo cerca, es una persona que sabe de economía mucho mejor que nosotras y conoce el campo.
Tomo la caja más cercana, miro en la etiqueta cuál es su contenido y la apilo junto a las demás. Estamos separando mercancía por marcas, de las más baratas a las más caras. Nuestra reserva de dinero está considerablemente más baja que cuando iniciamos este proyecto, pero tenemos fe de que va a ser un éxito.
—Mamá está emocionada —comenta Jaz, pasando por mi lado, llevando una caja hacia la pila de lo económico—. Dice que es la primera vez que hago algo que vale realmente la pena.
Ya sabía que la madre de Jaz es una desgraciada, pero no deja de sorprenderme hasta qué nivel puede serlo.
—Qué tierna —mascullo, con los dientes apretados por el esfuerzo—. Uff, esta cosa pesa. ¿Qué demonios hay aquí?
La dejo sobre el suelo y miro la etiqueta; collares de oro y plata, con razón.
—Tenías que haberle dicho a tu novio que nos viniera a echar una mano — comenta Jaz. Le lanzo una mirada envenenada—. Ups, cierto que tienen dos semanas que no hablan.
Dice la verdad, Kurt y yo no hemos hablando desde esa noche en mi apartamento cuando lo escuché al teléfono con el Liam que no conozco. Después de que se fue, me enfurecí porque me dejó con un millón de preguntas en la cabeza y otro motón de preocupaciones. ¿Y si estaba metido en un problema? ¿Y si los hombres de Billy lo habían buscado por su muerte? Me creé un escenario tras otro, donde la situación empeora en cada uno de ellos, me devané los sesos buscando una explicación, pero no obtuve ninguna respuesta. Y me enfadé aún más con Kurt, por dejarme con la angustia. Nada le cuesta venir a explicarme lo que sucede. Pero no, ya han pasado dos semanas y el señor ni siquiera se ha atrevido a enviar un mensaje diciendo que está bien.
Sé que se encuentra en perfecto estado, Blake me llamó dos días después de la huida de su hermano de mi apartamento para preguntarme si estábamos peleados, le dije que sí, pero no le expliqué la razón. Rezongando, le dije cortante que le preguntara a él. Desde entonces, ha llamado todos los días para tratar se sonsacarme información, pero no he soltado prenda y creo que mi renuencia a hablar la está llevando al límite.
—Eres muy chistosa, Jaz, de verdad que sí —contesto con ironía.
—Lo sé, por eso me aman.
—Tu hermana es la única que te ama.
Jazmine ríe, yendo por otra caja y poniéndola en una de las pilas.
Cuando terminamos de separar la mercancía, Jaz se estira, elevando los brazos sobre su cabeza, con los dedos entrelazados y poniéndose de puntillas, suelta un suspiro ruidoso antes de bajar los brazos y sonarse el cuello.
—Podías haberle dicho a tu nuevo novio que viniera a ayudarnos — la pincho y ella sonríe.
—Keith estaba ocupado —es su respuesta.
Mi amiga está oficialmente saliendo con el hombre de sus sueños, el gerente general de la empresa en la que estaba trabajando, un tipo apuesto y adinerado que cumple con los requisitos para hacer feliz a Jazmine y a su familia. No lo he conocido en persona aún, pero por lo que dice Jaz, es un buen hombre.
—¿Vamos a comer sushi? —propone y asiento, pero el estómago se me revuelve de pronto. Niego, cambiando de opinión—. ¿Sí o no? Decide.
—No —sacudo la cabeza—, no quiero sushi. Con solo nombrarlo se me revuelve el estómago. —Jazmine alza una ceja con desconfianza. Frunzo el ceño—. ¿Qué?
Duda, le hago una seña con la mano para que hable y ella suspira.
—Es que no es la primera vez que te pasa en esta semana. —Levanta un dedo—. Primero, fue cuando traje una magdalena y terminaste vomitando, creíste que estaba en mal estado. —Levanta un segundo dedo—. Luego, fue el pollo asado, no toleraste ni tenerlo en frente y terminaste almorzando solo lechuga y tomate.
—Tenía ganas de ensalada ese día —interrumpo, Jaz pone los ojos en blanco y continúa:
—Ayer, te negaste a comer conmigo en mi restaurante italiano favorito porque la pasta te provocaba arcadas —gesticula—. ¿A quién en su sano juicio la pasta le provoca arcadas?
—¿A mí? —respondo a su pregunta retórica con una sonrisa forzada que desaparece cuando ella alza una ceja—. ¿A dónde quieres llegar con esto?
Sin embargo, no necesito su respuesta, sé muy bien cuál es su punto, pero no quiero decirlo en voz alta.
Las náuseas por la mañana, la aversión a ciertas comidas, el retraso de cinco días de mi menstruación. Todo apunta a una sola cosa. Le habría hecho caso a los síntomas antes, pero que el posible padre esté perdido en acción, no ayuda.
¿Con qué cara voy a ir a decirle a Kurt que estoy embarazada cuando no nos hablamos?