Epílogo
Jordan
Miro el pañuelo negro y luego a Kurt, una ceja alzada en mi cara, preguntando silenciosamente si lo dice en serio.
—Vamos, Fresita, es una sorpresa y no puedes ver.
Tomo una respiración profunda, regresando la mirada hasta el pañuelo.
—¿Y si cierro los ojos? —propongo. Kurt niega.
—No me garantiza que no vas a ser una fisgona y espiar.
—Kurt —gimo—. Te prometo que no voy a ver.
Vuelve a negar.
—No seas una aguafiestas y hazme caso, por favor. —Me rodea y pasa el pañuelo frente a mi cara—. Te va a gustar la sorpresa.
—Más te vale —le concedo, derrotada.
Posa la venda en mis ojos y hace un nudo detrás de mi cabeza, hala unos cuantos cabellos y me quejo, él se disculpa.
No sé a dónde me lleva. Se suponía que íbamos a almorzar con su padre y Hadley hoy, pero llegó antes de la hora prevista a casa, apresurándome para estar lista. Estábamos viviendo juntos desde hace un mes y ha sido la mejor experiencia de mi vida. Es lo último que veo al dormirme y lo primero al despertarme, no me puedo quejar, es una vista hermosa. Por fin me lo pidió luego de que prácticamente le rogara hacerlo luego de su propuesta de matrimonio, pero se negaba porque quería que tuviéramos una casa antes de hacerlo, alegando que debíamos conseguir un lugar más grande para cuando naciera el bebé. A mí, particularmente, no me importaba en lo más mínimo dónde viviéramos con tal de que fuese juntos, pero entendía por qué lo hacía. Para Kurt, hacer las cosas bien es su móvil, tener todo bien organizado y bajo control, y estar viviendo en un lugar pequeño con un bebé no hablaría muy bien de su capacidad de mantenernos a los tres. Sin embargo, seguí insistiendo, haciéndole saber que la única opinión que debía importarle era la mía y yo quería vivir con él.
Y funcionó.
Esta mañana de sábado, mientras yo dormía plácidamente en nuestra cama, él se fue sin avisar. Lleva unos días extraño, más emocionado y estresado de lo normal, y Kurt nunca ha mezclado esas dos emociones, para él, una no tiene que ver con la otra. Cuando le pregunté hace unos días, me dijo que eran cosas mías, que él está como siempre.
No le creí, solo quiere despistarme.
Voy a atribuir su comportamiento a la sorpresa de hoy.
—¿No vamos a almorzar con tu padre y Hadley? —inquiero. Ya vamos en su camioneta rumbo a donde sea que va a llevarme.
—Luego de la sorpresa —responde, escueto.
No va soltar prenda.
—¿Puedes, al menos, darme una pista? —pido, amable.
—No.
Otra respuesta escueta. Suspiro.
—A veces me caes mal.
Lo escucho reír.
—Mentira, amas todo de mí.
Tienes razón, es imposible negarlo.
Pone música en la radio, dejando una emisora que pone solo rap y hip hop. Diría que es considerado conmigo, pero no, a él también le gusta ese tipo de música. Y es una suerte, solo puedo imaginar los altercados que tendríamos solo por no querer escuchar lo que al otro le gusta.
Distraídamente, llevo una mano a mi creciente abdomen, que ya se nota con las 16 semanas. La próxima semana sabremos el sexo del bebé y estoy rogando al cielo, al universo, al olimpo, a quien sea que me esté escuchando, que sea un niño. Lucy se ríe cada vez que lo digo, aseverando que las cosas no funcionan siempre como queremos.
Lo sé y es lo que más me asusta.
Lucy prefiere una niña, aunque vaya a tener que perder la manta que compró, ella cree que, al Blake estar embarazada de una niña y si el mío es un niño, sería como tener a Blake y Kurt nuevamente. Le dije que siempre podrían ser como Cam y yo, después de todo, esos niños van a ser primos, pero ella volvió a reírse de mi comentario para luego afirmar que los genes de ese par son tan fuertes que no le extrañaría que sean iguales a ellos, tanto físicamente como en la personalidad.
A mí no me importaría que fuera una mini versión de Kurt, puedo controlarlo, incluso más de lo que podría controlar una versión pequeña de mí.
Sí, es mejor que sea como su padre.
La camioneta baja de velocidad hasta detenerse. Llevo una mano a la venda para quitarla, pero Kurt me detiene.
—¡Eh, todavía no!
Luego de asegurarse de que no me voy a quitar el pañuelo, baja y, segundos después, me ayuda a bajar a mí.
—Tanto misterio, ¿para qué? —refunfuño.
—Me gusta tenerte en ascuas.
—Idiota —mascullo, él ríe.
—Te amo.
Y así, nada más, me desarma.
Aunque no estoy tan molesta como le hago creer, solo quiero saber lo que tiene planeado para mí, pero a la vez me emociona que se tome tantas atenciones.
Con su brazo en mi cintura, me guía por un camino que creo es de concreto. Se detiene para avisarme de dos escalones y luego me suelta. Unas llaves tintinean y una puerta es abierta, rechinando un poco al abrirse.