Solyra

Capítulo 1: El día que todo se rompió… y algo empezó a despertar

Solyra sintió que el aire pesaba distinto esa mañana.

No era el clima.

No era el silencio.

Era algo más profundo, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración… esperando que algo dentro de ella terminara de quebrarse.

El despertador sonó a las 6:03.

No a las 6:00 como siempre.

Ese pequeño desfase le pareció un error insignificante… pero su pecho se apretó como si su alma supiera que nada volvería a encajar en su lugar.

Abrió los ojos con lentitud.

El techo blanco seguía ahí.

Las grietas diminutas en la esquina también.

Pero ya no eran las mismas.

O tal vez era ella.

Se incorporó despacio, con esa pesadez que no viene del cuerpo… sino del alma cansada de sostener lo que nadie ve.

El teléfono vibró.

Un mensaje.

Solo uno.

No tenía nombre.

No tenía explicación.

Solo decía:

“Hoy vas a entenderlo todo.”

Solyra frunció el ceño.

Sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda.

Quiso ignorarlo.

Quiso convencerse de que era un error, un número equivocado, una coincidencia absurda.

Pero algo dentro de ella… se activó.

Como una memoria que no recordaba haber vivido.

Como una voz antigua que susurraba desde un lugar al que nunca había prestado atención.

Se levantó.

El suelo estaba frío.

Demasiado frío.

Caminó hacia la ventana.

El amanecer apenas comenzaba a pintar el cielo con tonos suaves, pero esa luz no le transmitía calma.

Le transmitía… advertencia.

Respiró hondo.

Intentó seguir con su rutina.

Baño.

Café.

Ropa.

Todo en automático.

Todo sin sentir.

Porque sentir… dolía.

Siempre dolía.

Y ella llevaba demasiado tiempo huyendo de ese dolor como para permitirle entrar sin aviso.

Pero el mensaje seguía ahí.

Clavado en su mente.

“Hoy vas a entenderlo todo.”

—¿Entender qué? —murmuró, con la voz quebrada.

No hubo respuesta.

Solo silencio.

Y ese silencio… empezó a pesar más que cualquier palabra.

Solyra no sabía que ese día iba a perderlo todo.

No sabía que cada cosa que creía estable iba a desmoronarse.

No sabía que la vida, en su forma más cruda y perfecta… estaba a punto de romperla para reconstruirla desde cero.

Salió de su casa sin mirar atrás.

Como siempre.

Pero algo en su pecho le gritaba que debía hacerlo.

Que debía detenerse.

Que debía observar.

Que debía… despedirse.

No lo hizo.

Nunca lo hacemos.

Caminó por la calle con la mirada perdida.

La gente pasaba.

Los autos avanzaban.

El mundo seguía girando como si nada estuviera a punto de cambiar.

Como si nadie supiera que en ese preciso instante… una vida estaba a punto de partirse en dos.

Entró al edificio.

El ascensor tardó más de lo normal.

Otro detalle insignificante.

Otro aviso ignorado.

Cuando las puertas se abrieron, su reflejo le devolvió una imagen que no reconoció del todo.

Cansada.

Vacía.

Sostenida por costumbre.

No por sentido.

Y entonces lo sintió.

Ese nudo.

Ese quiebre interno que no tiene explicación lógica.

Esa certeza absurda de que algo va a pasar… y no vas a poder evitarlo.

El ascensor subió.

Piso 3.

Piso 5.

Piso 7.

Cada número era como un latido.

Más fuerte.

Más pesado.

Más inevitable.

Cuando llegó al piso 10, las puertas se abrieron… y el mundo cambió.

No hubo explosiones.

No hubo gritos.

No hubo escenas dramáticas como en las películas.

Solo una frase.

Una sola.

Suficiente para destruirlo todo.

—Tenemos que hablar.

Solyra sintió cómo su cuerpo se tensaba.

Cómo su respiración se detenía.

Cómo su alma… se preparaba para caer.

Porque en esas tres palabras… siempre hay una despedida escondida.

Y ella lo sabía.

Siempre lo había sabido.

Pero esta vez… no estaba preparada.

Nunca lo estamos.

Lo que vino después no fue una conversación.

Fue un derrumbe.

Fue la confirmación de todo lo que había ignorado.

De todo lo que había sentido… pero no quiso ver.

De todas las veces que su intuición gritó… y ella eligió callarla.

Las palabras caían como golpes.

Una tras otra.

Sin pausa.

Sin piedad.

Hasta que algo dentro de ella… dejó de resistir.

Y simplemente… se quebró.

El mundo no se detuvo.

Nadie corrió a salvarla.

No hubo música triste de fondo.

Solo el eco de una verdad que dolía más que cualquier mentira.

Solyra salió de ese lugar sin saber cómo.

Sin sentir sus pasos.

Sin entender nada.

Solo con una certeza…

Todo había terminado.

O eso creyó.

Caminó sin rumbo.

Las calles se volvieron borrosas.

El ruido desapareció.

Y por primera vez en mucho tiempo… no estaba huyendo del dolor.

Estaba dentro de él.

Sumergida.

Sin salida.

Sin defensa.

Y fue ahí… en ese punto exacto donde todo parecía perdido… donde ocurrió algo que no esperaba.

Algo que no podía explicar.

Algo que cambiaría todo.

Su teléfono vibró otra vez.

El mismo número.

El mismo misterio.

El mismo peso.

Sus manos temblaban mientras lo desbloqueaba.

Un nuevo mensaje apareció.

Esta vez más claro.

Más directo.

Más imposible de ignorar.

“Esto no es el final. Es el comienzo de quien realmente eres.”

Solyra sintió que algo dentro de su pecho… latía diferente.

No era alivio.

No era felicidad.

Era… una chispa.

Pequeña.

Débil.

Pero real.

Como si en medio de toda esa oscuridad… alguien hubiera encendido una luz que no sabía que existía.

Levantó la mirada.

El cielo ya no era el mismo.




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