Solyra

Capítulo 2: La mirada que lo sabía todo

Solyra no pudo moverse.

El tiempo no se detuvo… pero su cuerpo sí.

Esa persona estaba ahí.

Inmóvil.

Observándola con una calma que no era normal… ni humana del todo.

No era una mirada invasiva.

Era peor.

Era una mirada que parecía conocerla.

No como la gente cree conocer a alguien…

Sino como si hubiera estado dentro de cada uno de sus pensamientos más oscuros, de cada herida que nunca mostró, de cada noche en la que se rompió en silencio.

Solyra sintió un vacío en el estómago.

—¿Quién… sos? —preguntó, apenas audible.

La persona no respondió de inmediato.

Solo dio un paso hacia ella.

Lento.

Seguro.

Como si no existiera ninguna posibilidad de rechazo.

Como si supiera que ese encuentro… era inevitable.

—Alguien que llegó cuando dejaste de poder sostenerte sola.

La voz era serena.

Pero cada palabra atravesó a Solyra como un eco profundo.

Algo en su pecho reaccionó.

No miedo.

No exactamente.

Era reconocimiento.

Y eso… la asustó más que cualquier otra cosa.

—No te conozco —dijo, retrocediendo un paso.

—No todavía.

Silencio.

El mundo alrededor volvió a sonar.

Autos.

Pasos.

Voces.

Pero todo se sentía lejano.

Distorsionado.

Como si estuviera dentro de otra realidad.

—¿Cómo tenés mi número? —preguntó de golpe, recordando los mensajes.

La persona sonrió apenas.

No con burla.

No con superioridad.

Sino con una ternura extraña… como si estuviera viendo a alguien despertar.

—No te preguntaste por qué lo abriste… y no lo ignoraste como hacés con todo lo demás que te incomoda.

El golpe fue directo.

Solyra apretó los labios.

Porque era verdad.

Siempre ignoraba.

Siempre evitaba.

Siempre postergaba lo que dolía.

Pero esta vez… no había podido.

—No respondiste —insistió.

—Porque la pregunta correcta no es cómo —respondió—. Es por qué ahora.

Solyra sintió un escalofrío.

Su mente intentaba encontrar lógica.

Una explicación.

Algo racional a lo que aferrarse.

Pero todo se le escapaba.

—Estoy pasando por un mal momento —dijo, intentando recuperar el control—. No estoy para… lo que sea que esto sea.

La persona la observó en silencio.

Y luego dijo algo que hizo que su respiración se quebrara.

—No es un mal momento, Solyra. Es el momento que pediste… sin saber que lo estabas haciendo.

Su nombre.

Dicho con una certeza absoluta.

Sin dudas.

Sin error.

Sin presentación previa.

El corazón de Solyra empezó a latir con fuerza.

—¿Quién sos? —repitió, esta vez con más urgencia.

La persona inclinó levemente la cabeza.

—Soy el reflejo de la parte de vos que evitaste durante años… y que ahora ya no puede seguir esperando.

Solyra sintió que algo dentro de ella se rompía otra vez.

Pero esta vez… no era solo dolor.

Era verdad.

Y la verdad… duele distinto.

Más profundo.

Más real.

Más imposible de ignorar.

—Esto no tiene sentido —murmuró.

—Lo tiene —respondió—. Solo que todavía estás mirando desde el lugar donde te lastimaron… no desde donde estás empezando a sanar.

Esas palabras…

La desarmaron.

Porque en algún lugar… muy dentro… ella sabía que algo estaba cambiando.

Aunque doliera.

Aunque asustara.

Aunque no lo entendiera.

—¿Qué querés de mí? —preguntó, casi en un susurro.

La persona dio un paso más cerca.

Y entonces Solyra lo vio.

Sus ojos.

No eran normales.

No brillaban… pero tampoco eran opacos.

Eran profundos.

Como si dentro de ellos hubiera historias que no pertenecían al tiempo.

—Que dejes de sobrevivir… y empieces a vivir.

Silencio.

Pero esta vez… no pesaba.

Esta vez… contenía algo.

Una posibilidad.

Una puerta.

Una elección.

—No sé cómo hacer eso —admitió Solyra, por primera vez sin defenderse.

Y esa rendición… fue el inicio de todo.

La persona asintió.

—Por eso estoy acá.

Solyra bajó la mirada.

Las lágrimas comenzaron a acumularse.

Pero no eran como antes.

No eran solo de dolor.

Eran… liberación.

—Perdí todo —dijo.

—No —respondió la voz con suavidad—. Te quitaron lo que ya no era para vos… para que finalmente veas lo que sí es.

Solyra cerró los ojos.

Y por primera vez… no intentó escapar.

Se permitió sentir.

Todo.

El dolor.

La bronca.

La tristeza.

El vacío.

Y en medio de todo eso… algo más.

Algo pequeño.

Casi imperceptible.

Pero presente.

Esperanza.

Cuando volvió a abrirlos, la persona seguía ahí.

Esperando.

Sin apuro.

Sin presión.

Como si supiera que cada segundo era parte del proceso.

—¿Y ahora qué? —preguntó Solyra.

La respuesta llegó sin demora.

—Ahora empezás a ver.

—¿Ver qué?

La persona levantó la mano y señaló algo detrás de ella.

Solyra se giró lentamente.

Y lo que vio… hizo que su corazón se detuviera.

Porque frente a ella…

Había algo que no podía estar ahí.

Algo que no pertenecía a ese lugar.

Algo que desafiaba toda lógica.

Una puerta.

Antigua.

Imponente.

Como si hubiera estado esperando siglos… solo para ese momento.

Solyra sintió un miedo diferente.

No el miedo que paraliza.

Sino el que aparece justo antes de cambiar para siempre.

—Esa puerta… —susurró.

—No apareció —dijo la voz detrás de ella—. Siempre estuvo.

Solyra giró lentamente.

—Entonces… ¿por qué recién ahora la veo?

La persona la miró con una intensidad que le atravesó el alma.

—Porque recién ahora estás lista para cruzarla.

El aire se volvió denso.

El tiempo… incierto.




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