Solyra

Capítulo 3: Lo que habita detrás de lo que evitaste

La puerta no se abrió…

Se reveló.

Como si no fuera un objeto, sino un límite.

Una frontera entre lo que Solyra había sido… y lo que estaba a punto de descubrir.

El aire cambió.

Se volvió más denso.

Más lento.

Como si el tiempo mismo dudara en avanzar.

Solyra no respiraba.

No podía.

Porque lo que había del otro lado… no era un lugar.

Era un recuerdo.

Pero no uno cualquiera.

Era ese recuerdo.

El que había enterrado.

El que nunca nombraba.

El que cada noche volvía disfrazado de ansiedad, de vacío, de cansancio sin explicación.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Retrocedió un paso.

—No… —susurró—. No puede ser.

Pero sí era.

Era la misma habitación.

La misma luz tenue.

El mismo olor a pasado.

El mismo instante congelado en el tiempo.

Y en el centro…

Ella.

Más joven.

Más frágil.

Más rota de lo que jamás se había permitido recordar.

Solyra sintió que el pecho se le partía en dos.

—¿Qué es esto? —preguntó, con la voz quebrada.

La respuesta llegó detrás de ella.

—Es el lugar donde empezaste a dejar de ser vos.

Solyra no giró.

No podía.

Sus ojos estaban clavados en esa versión suya.

En esa escena.

En ese momento que había decidido olvidar… para poder seguir funcionando.

Pero olvidar… no es sanar.

Nunca lo fue.

—Yo ya pasé por esto… —murmuró.

—No —dijo la voz—. Sobreviviste. Pero nunca lo atravesaste.

Las palabras cayeron como verdad pura.

Sin adornos.

Sin suavidad.

Y por eso… dolieron más.

Solyra dio un paso hacia adelante.

Sus piernas temblaban.

Cada paso era como caminar sobre una herida abierta.

Pero algo dentro de ella… ya no quería huir.

Ya no podía.

Se acercó más.

Hasta quedar a pocos metros de esa escena.

Y entonces lo vio con claridad.

El instante exacto donde todo cambió.

Las palabras que la rompieron.

El silencio que la dejó sola.

La emoción que no supo cómo sostener… y que decidió esconder para siempre.

Solyra sintió que las lágrimas caían sin control.

—Yo… no sabía cómo seguir —susurró.

—Y aun así seguiste —respondió la voz—. Pero dejando partes tuyas atrás.

Solyra cerró los ojos.

Y por primera vez…

No intentó apagar lo que sentía.

Lo dejó crecer.

El dolor.

La tristeza.

La impotencia.

Todo.

Como una ola que arrasa.

Pero que también… limpia.

Cuando volvió a abrirlos, algo había cambiado.

La escena seguía ahí.

Pero ya no la paralizaba.

Ahora… la invitaba.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Y luego:

—Entrar.

Solyra sintió miedo.

Pero no el mismo de antes.

Este era distinto.

Era el miedo de quien sabe que lo que viene… va a cambiarlo todo.

—Si entro… —dijo— ¿voy a sentirlo otra vez?

La respuesta fue inmediata.

—Sí.

Solyra tragó saliva.

Sus manos temblaban.

Su corazón latía con fuerza.

Pero algo dentro de ella… se alineó.

Como si por primera vez… no estuviera luchando contra sí misma.

Y entonces entendió.

No era castigo.

No era sufrimiento sin sentido.

Era proceso.

Era transformación.

Era el único camino hacia algo real.

—Está bien —susurró.

Y dio el paso.

El mundo desapareció.

El sonido se apagó.

La luz cambió.

Y en un instante… ya no estaba mirando el recuerdo.

Estaba dentro de él.

Sintiendo todo.

Otra vez.

Pero esta vez… con conciencia.

El dolor volvió.

Fuerte.

Crudo.

Sin filtro.

Pero también volvió algo más.

Una presencia.

Una fuerza.

Una parte de ella que antes no estaba.

—No estás sola —dijo la voz.

Solyra giró.

Y lo vio.

Esa persona… también estaba ahí.

Dentro del recuerdo.

A su lado.

—Nunca lo estuve… ¿verdad? —preguntó, con lágrimas en los ojos.

La respuesta fue suave.

—Nunca. Pero no sabías cómo verlo.

Solyra miró a su versión pasada.

Esa chica rota.

Perdida.

Abandonada emocionalmente.

Y sintió algo nuevo.

Compasión.

Amor.

Comprensión.

—Hice lo que pude… —susurró.

Y en ese instante… algo increíble ocurrió.

Esa versión suya… levantó la mirada.

Y la vio.

Directamente.

Sin miedo.

Sin sorpresa.

Como si siempre hubiera sabido que este momento iba a llegar.

Solyra sintió que el tiempo se rompía.

—¿Podés… verme? —preguntó.

La versión más joven asintió.

—Te estuve esperando.

El corazón de Solyra se detuvo por un segundo.

Todo encajó.

Todo tuvo sentido.

Ese dolor…

Esa herida…

Ese vacío…

Nunca fue un final.

Fue una pausa.

Una espera.

Hasta que ella estuviera lista para volver.

Solyra se acercó.

Lentamente.

Y extendió la mano.

—Lo siento… —dijo, con la voz quebrada—. Por haberte dejado sola tanto tiempo.

La otra Solyra sonrió.

Una sonrisa suave.

Profunda.

Sanadora.

—No me dejaste… solo te perdiste.

Y en ese instante…

Se abrazaron.

No fue un abrazo físico.

Fue algo más.

Una integración.

Una unión.

Como si todas las partes rotas… volvieran a encajar.

El dolor no desapareció.

Pero cambió.

Se transformó.

De herida… a fuerza.

De carga… a impulso.

De pasado… a propósito.

La luz empezó a crecer.

La escena comenzó a desvanecerse.

Y Solyra sintió algo que hacía mucho no sentía.

Paz.

Pero no una paz vacía.

Una paz real.

Construida.

Elegida.

Ganada.

Cuando todo desapareció, volvió a estar frente a la puerta.




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