Solyra

Capítulo 8: Lo que duele soltar… es lo que te estaba sosteniendo

Solyra no avanzó.

No porque no quisiera…

Sino porque algo dentro de ella se tensó.

Esa frase…

No había sido suave.

Había sido exacta.

“Tenés que soltar algo que todavía estás sosteniendo.”

Su pecho se cerró levemente.

Como si su cuerpo reaccionara antes que su mente.

Porque ya sabía.

No necesitaba pensar.

No necesitaba analizar.

Sabía.

Y eso… dolía más que no entender.

—No sé si puedo… —susurró.

La figura no se movió.

No insistió.

No presionó.

Porque la verdadera transformación…

Nunca se impone.

Se elige.

Solyra bajó la mirada.

Y entonces lo sintió.

Ese peso.

Ese recuerdo.

Ese vínculo.

Esa historia que había sostenido durante tanto tiempo… creyendo que la definía.

Creyendo que la completaba.

Creyendo que si lo soltaba… se quedaba sin nada.

Pero ahora…

Empezaba a ver otra cosa.

No era lo que la sostenía.

Era lo que la detenía.

Su respiración se volvió más profunda.

Más consciente.

Más presente.

—Si lo suelto… —dijo, con la voz quebrada— ¿qué queda de mí?

El silencio respondió primero.

Y luego…

Esa voz interna.

Esa que ya no venía de afuera.

Que ya no necesitaba forma.

Que simplemente… estaba.

“Lo que siempre fuiste… sin miedo.”

Solyra cerró los ojos.

Y en ese instante…

La imagen apareció.

Clara.

Dolorosa.

Real.

Ese momento.

Esa persona.

Esa promesa.

Esa herida que nunca terminó de cerrar.

No porque no pudiera…

Sino porque ella la mantenía abierta.

Por apego.

Por costumbre.

Por miedo a quedarse sola.

Las lágrimas comenzaron a caer.

Pero no eran débiles.

Eran necesarias.

—Me aferré porque creí que era amor… —susurró.

Silencio.

Profundo.

Sincero.

“Fue amor… pero también fue miedo.”

La verdad llegó sin juicio.

Sin culpa.

Sin castigo.

Solo claridad.

Y la claridad… sana distinto.

Solyra sintió cómo algo dentro de ella empezaba a moverse.

Como si una parte que llevaba años rígida… comenzara a soltarse.

Pero dolía.

Mucho.

Porque soltar no es olvidar.

No es borrar.

Es aceptar.

Y aceptar… requiere coraje.

—No quiero perderlo… —dijo, con una fragilidad que nunca había mostrado.

La respuesta llegó suave.

Pero firme.

“No lo perdés… lo liberás.”

Solyra tembló.

Porque esa diferencia… lo cambiaba todo.

No era abandono.

No era fracaso.

Era cierre.

Era respeto.

Era amor… sin apego.

Respiró profundo.

Sus manos se apretaron levemente.

Como si aún dudara.

Como si aún quisiera sostener lo que la estaba rompiendo.

Pero entonces…

Recordó.

La versión suya del pasado.

La que había esperado ser vista.

La que había sido ignorada.

La que necesitaba que alguien… finalmente la eligiera.

Y entendió.

Ese alguien… era ella.

—No puedo seguir sosteniendo algo que me apaga… —dijo lentamente.

Y en ese instante…

Sintió el cambio.

No afuera.

Adentro.

Como si una cadena invisible se aflojara.

Como si una parte de su alma… respirara por primera vez en años.

La imagen volvió.

Esa persona.

Ese recuerdo.

Ese vínculo.

Pero ahora…

Ya no la atrapaba.

Ya no la dominaba.

Solo estaba.

Y ella… podía elegir.

Solyra llevó su mano al pecho.

Cerró los ojos.

Y susurró…

—Te agradezco lo que fuiste… pero ya no te necesito para ser quien soy.

Y entonces…

Lo soltó.

No con violencia.

No con rechazo.

Con amor.

Y eso… fue lo más poderoso de todo.

El silencio que siguió…

No fue vacío.

Fue expansión.

Fue espacio.

Fue libertad.

Solyra abrió los ojos.

Y algo había cambiado.

De verdad.

Su cuerpo se sentía más liviano.

Su mente más clara.

Su corazón… más abierto.

La figura frente a ella dio un leve paso hacia adelante.

Y por primera vez…

Solyra pudo verla con más nitidez.

No tenía rasgos definidos.

Pero transmitía algo inconfundible.

Presencia.

Verdad.

Amor sin condiciones.

—¿Ahora qué? —preguntó Solyra.

La respuesta no tardó.

Pero esta vez… fue diferente.

Más profunda.

Más desafiante.

“Ahora empezás a construir… desde quien sos… no desde lo que te faltaba.”

Solyra sintió un leve vértigo.

Porque eso… era nuevo.

Siempre había actuado desde la carencia.

Desde el miedo.

Desde la necesidad.

Pero esto…

Esto era distinto.

Era crear desde la plenitud.

Y eso… también asusta.

—No sé cómo hacer eso… —admitió.

La figura respondió con suavidad.

“No tenés que saber. Tenés que empezar.”

Silencio.

Pero esta vez… lleno de sentido.

Solyra respiró profundo.

Y dio un paso hacia adelante.

Uno real.

Uno consciente.

Uno elegido.

Y en ese instante…

El entorno cambió otra vez.

Pero no como antes.

No oscuro.

No confuso.

Esta vez…

Era expansivo.

Luminoso.

Como si algo se abriera frente a ella.

Como si un nuevo camino… apareciera.

Pero antes de poder avanzar…

Algo ocurrió.

Algo inesperado.

Algo que no venía del pasado… ni del interior.

Algo externo.

Real.

Su teléfono vibró.

Otra vez.

Solyra lo tomó.

Su corazón se aceleró levemente.

Porque ya no sabía qué esperar.

El mensaje apareció.

Número desconocido.

Sin nombre.

Sin historia.

Pero esta vez…

No generó miedo.

Generó alerta.

Solyra lo abrió.

Y lo que leyó…




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