Sombras de poder.

Parte 2.

—Azalea, por favor no te vayas —suplicó entre sollozos aquel lobezno.

El deseo de venganza la consumía y permanecer más tiempo entre aquellos lobos la asqueaba en sobremanera. Después de todo no hubo día después del juicio que todos en aquella manada no le recordaran que no era bienvenida entre ellos.

—Ya no tengo nada por qué quedarme.

— ¿Yo soy nadie para ti?

—Eres como mi hermano, Lazarus... —y aquello era cierto, la madre del pequeño había muerto dando a luz y su padre había fallecido a los pocos años en medio de una guerra entre clanes rivales contra los vampiros de las sombras.

Aquellos enemigos jurados de los lobos, no hacían más que portarse peor que unos parásitos. Vivían a costillas de los lobos, eran solo unos parias.

—Entonces me voy contigo. 

—No —soltó tajante—. Sabes bien que ningún clan querrá entre los suyos a una loba albina. No puedo arrastrarte conmigo.

—Pero Dashiel... Los vampiros... —de un solo movimiento se volcó al niño cubriéndole la boca con más fuerza de la necesaria, asustandolo en el proceso—. Él está luchando por territorio, acepta a todo aquel... 

—Callate —medio lo zarandeo de sus brazos—. No vuelvas a pronunciar ese nombre —lo soltó al darse cuenta del miedo que ensuciaba los ojos del niño—. El clan podría despellejarte vivo si te escucha...

—No me dejes —suplicó el cachorrito, sus ojos al borde de las lágrimas.

—Te prometo que volveré por ti —y aquello para ella, más que una promesa se hizo un juramento.

Entonces, aquella madrugada partió. Las patrullas del clan que cuidaban a la manada, la dejaron irse

De todos modos no representaba ninguna amenaza para nadie; iba en su forma humana, con apenas una pequeña mochila al hombro. Uno de aquellos guardas de hecho corrió a dar la buena nueva de su partida.

La mayoría pensó que llevaría con ella aquel cachorrito que su madre cuidaba como si fuese su hijo mismo. El que lo dejara atrás dejó sorprendidos a muchos pero de igual forma más de algún lobo se apiadaría del joven y, por lastima o por lo que sea, lo cuidaría.

Azalea sabía que sin manada no sobreviviría por mucho tiempo, si la atrapaban  cazando dentro del territorio de otra manada, la matarían por ser una proscrita. Además su olor la delataría a kilómetros y le darían caza, sin tregua.

Su primera opción fue el clan del fiordo, ahí apenas y logró poner un pie dentro del territorio, sus patrullas no la dejaron ni siquiera hablar con su alfa, pensaron que dejar entrar a una loba blanca iba a ser de mala suerte. Peor que condenar al clan a una muerte segura.

Las crías albinas solían ser muy débiles de hecho la mayoría de ellos morían a las pocas semanas de haber nacido, los que no lo hacían morían de cachorros por alguna enfermedad de la que las crías normales se recuperaban con naturalidad. Aquellos pocos, casi inexistentes, que llegaban a ser adultos y se reproducían... Transmitían su mala sangre a sus descendientes y nacían mucho más débiles y enfermos.

Ningún clan quería sangre débil en sus filas. Sería la perdición para toda la manada.

Azalea les rogó asilo pero aquella manada  le dijo que mejor buscará  a los humanos, que ellos sí estaban a su nivel y no les importaría su sangre débil.  Suplicó un poco de compasión, pero ellos ni siquiera se conmovieron; por lo que la loba albina les juro que algún día ellos le rogarían piedad a ella. Todos los guerreros de la patrulla se burlaron de ella.

El clan de la montaña era el vecino de su antiguo clan y del de fiordo; tal vez ellos la aceptarían.

Pero más equivocada no pudo estar. Le dijeron que si ganaba un combate con lo más fiero de su clan entonces tendría un lugar en su manada. Aunque nunca dijeron que se enfrentaría con el mejor guerrero, por supuesto que no.

Después de todo, los lobos nunca cazan solos. Se enfrentó a la jauría, un conjunto de lobos entrenados en el arte de la muerte, los mejores guerreros de los clanes eran los únicos dignos de ser parte de la jauría. Apenas y logró deshacerse de uno de aquellos lobos.

 El resto le aplicaron la ley del colmillo y la dejaron tirada medio muerta en los límites del territorio de la montaña, cerca del bosque aquel inhóspito territorio de nadie, donde solo los solitarios hombres oso se aventuraban, a sabiendas de los demonios chupasangre que ahí habitaban.

Toda maltrecha y malherida, con su cuello sangrando no tendría ninguna oportunidad contra aquellos vampiros que atraídos por su sangre se habían congregado alrededor de su cuerpo lobuno antes blanco puro y ahora de un fuerte rojo carmesí demasiado rápido se estaba volviendo oscuro en demasía.

Estaba muerta, después de todo, no iba a terminar de morir sin primero luchar, así que lanzó la primera mordida. 

 

 




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